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El precio de cuestionar la inmersión

El debate sobre la lengua en Cataluña resulta kafkiano para cualquiera que no comulgue con el dogma del nacionalismo lingüístico dominante en el debate público catalán. El adjetivo no es gratuito, sino que describe fielmente la sensación que muchos catalanes experimentamos cada vez que tratamos de debatir con honestidad sobre el modelo de inmersión obligatoria que impera en Cataluña. La situación resulta invariablemente absurda y angustiosa, esto es kafkiana, lo cual suele provocar que la mayoría de los discrepantes acaben resignándose y rehuyendo la discusión, por no adentrarse en la ciénaga de falsedades e imposturas que los nacionalistas llevan más de tres décadas espesando para evitar el debate racional. Doy fe de que la experiencia resulta agotadora por la desfachatez con que políticos y tertulianos nacionalistas distorsionan la realidad, pervirtiendo las palabras y atribuyendo indefectiblemente a quienes criticamos la inmersión veleidades anticatalanas. De ahí que entienda la resignación de algunos, aunque no la comparta.

Cualquier observador de la realidad política y mediática catalana sabe que hay temas que, en un momento u otro, aparecen en casi todos los debates. Son temas recurrentes como el de la inmersión lingüística, que los nacionalistas tratan con la comodidad de saber que el debate está neutralizado de antemano. Ello es así no solo por su facilidad para desenfocar a conveniencia sus propios planteamientos, sino sobre todo por la naturalidad con que los nacionalistas desvirtúan los de quienes cuestionamos la inmersión, empeñándose en asegurar que defendemos lo que la mayoría de los críticos nunca hemos defendido: un modelo monolingüe en castellano o la separación de los alumnos por razón de lengua. Demuestran muy poca confianza en la bondad del sistema de inmersión que defienden, cuando necesitan tergiversar sistemáticamente los planteamientos de quienes nos oponemos. Así neutralizan el debate, y lo hacen porque saben positivamente que si éste se abriese ahora en el seno de la sociedad catalana, y se permitiese que cada cual defendiese en igualdad de condiciones sus posiciones sin que nadie las falsee, es muy probable que la mayoría de los catalanes apostásemos por abandonar el monolingüismo actual en pro de un modelo bilingüe o trilingüe.

Hace pocos días, concretamente el martes pasado en la tertulia de Els Matins de TV3, viví uno más de esos episodios kafkianos que llevan a muchos catalanes a desistir de la esperanza de que algún día en Cataluña podamos disfrutar de un sistema educativo respetuoso con el bilingüismo estructural de nuestra sociedad. La composición de la mesa era tan plural como de costumbre: en esta ocasión había un independentista de extrema izquierda (Marc Sallas, de la CUP), un independentista de izquierda (Josep-Lluís Carod-Rovira), una humorista independentista (Empar Moliner) y finalmente, para poder presentar la francachela nacionalista como un debate equilibrado, un servidor.

Carod sacó el tema de la lengua, y la discusión subsiguiente fue un ejemplo paradigmático de la deshonestidad con que los nacionalistas plantean este debate:

1) Los nacionalistas acusando a Ciudadanos, al PP y a cualquiera que se atreva a discutir la inmersión de defender el monolingüismo en castellano y de querer acabar así con la lengua catalana.

2) Los nacionalistas (sí, los mismos que promueven escraches a familias que piden educación bilingüe para sus hijos) negando que la inmersión suponga la exclusión del castellano de la escolaridad pública. (La pregunta es: ¿entonces por qué se ponen histéricos cuando el Tribunal Constitucional dice que el castellano ha de ser también vehicular en las aulas catalanas o cuando el TSJC, ante los reiterados incumplimientos de sus sentencias, fija en un 25% el número de horas de castellano a la semana?).

3) Los nacionalistas acusando al discrepante -en este caso, yo- de mentir sobre la realidad de las escuelas catalanas, e incluso de querer “practicarle la eutanasia” (sic) a la lengua catalana, a pesar de que yo no había hecho ningún juicio de valor, sino que me había limitado a manifestar mi preferencia por un modelo bilingüe.

Y 4) los nacionalistas negándose a responder preguntas tan sencillas como: a) ¿debería el castellano ser lengua vehicular en las escuelas catalanas junto con el catalán? Y b) ¿sois partidarios -Marc, Josep-Lluís, Empar- de un sistema bilingüe?

Como se puede ver en el vídeo adjunto, ninguno de mis tres contertulios se dignó responder a mis preguntas, exactamente las mismas que le hice a la consejera de Educación de la Generalitat, Meritxell Ruiz, el pasado 1 de diciembre en El Debat de la 1, que también escurrió el bulto. Se niegan a responder porque saben que su modelo es injusto, primero porque lesiona el derecho de los niños castellanohablantes a recibir la enseñanza también en su lengua materna, pero no solo, pues el actual sistema perjudica sobremanera a los hijos de familias catalanohablantes que viven en entornos prácticamente monolingües de la Cataluña interior.

La alternativa a la inmersión lingüística no es la segregación por razón de lengua. De hecho, no hay ningún partido con representación en el Parlamento catalán que pida nada semejante. El PP y Ciudadanos proponen un modelo en el que el catalán y el castellano -como lenguas propias de la mayoría de los catalanes- y ahora también el inglés tengan una presencia equilibrada, las tres como lenguas vehiculares. No pretenden ni hacer desparecer el catalán, ni perpetrar un genocidio lingüístico ni ninguna de las maldades que los nacionalistas les acostumbran a atribuir. Por tanto, atáqueseles por lo que pretenden, el trilingüismo en las aulas, pero no por lo que a los nacionalistas les gustaría que pretendieran.

¿Qué necesidad tienen los partidarios de la inmersión de distorsionar la propuesta de Ciudadanos y el PP? ¿Por qué no la critican sin desnaturalizarla? ¿No será porque en el fondo la consideran de lo más razonable? ¿Quizá porque coincide con lo que muchos de ellos ofrecen a sus hijos? ¿Por qué razón habrían de criminalizar una propuesta que coincide con el proyecto educativo de los colegios privados y concertados que muchos de ellos escogen para su prole? Pues bien, en lugar de admitir que les gusta y que comparten la propuesta de Ciudadanos y el PP y que por ello llevan a sus hijos a colegios trilingües, estos defensores de la inmersión de los hijos de los demás deforman la realidad para presentar la generalización de su opción como una amenaza para la supervivencia del catalán.

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… Y al salir de Catalunya Ràdio

Miércoles 12 de octubre de 2016. Salgo de Catalunya Ràdio cansado, por no decir hasta las narices, de rebatir -siempre en minoría unipersonal- las falacias que copan por completo el debate público catalán. Por orgullo prefiero pensar que acabo de participar en un debate, aunque en el fondo soy consciente de que he sido objeto de un atropello, el enésimo, impropio de una sociedad democrática, tratándose como se trata de una radio pública que pagamos entre todos los ciudadanos, compartamos o no el descarado objetivo de los medios dependientes de la Generalitat, que no es otro que la ruptura entre Cataluña y el resto de España.

En esta ocasión el tema del día era la celebración de la fiesta nacional de España, la Hispanidad, y tres de los cuatro tertulianos compartían sin apenas matices la grotesca tesis de que se trata de una fiesta de origen franquista, que conmemora nada menos que un genocidio perpetrado por “los españoles”, lo que, en definitiva, se supone que demuestra una vez más el carácter esencialmente antidemocrático, incluso inhumano y en cualquier caso perverso de España y de los españoles.

Poco importa el hecho de que el 12 de octubre se celebre por todo el mundo desde mucho antes de que naciera el dictador de El Ferrol. En España, por lo menos desde 1918. Da igual, el día de la Hispanidad es una fiesta franquista y sanseacabó, lo cual por supuesto supone la constatación de que el actual Estado español no es más que la continuación del régimen franquista. También el himno, la Marcha Real de 1761, y la bandera de España, de 1785, son por arte de bilibirloque nacionalista obra de Franco, nacido en 1892. Cuando, el otro día en Catalunya Ràdio, trataba de que mis contertulios asumieran que Franco no fue un hombre excepcional de longevidad sobrenatural como Fausto, que vendió su alma a Mefistófeles a cambio de la inmortalidad, y que por tanto no tenía ningún sentido atribuirle tanto alcance histórico, uno de ellos exclamó: “¡Ah!, ¿no? ¿Y entonces por qué ahora el himno no tiene letra? Antes tenía una, la de Pemán, pero se la tuvieron que quitar porque era franquista”, concluyó respondiéndose a su pregunta bajo la atenta mirada de los otros dos contertulios, arrobados ante tamaño despliegue de conocimiento.

La verdad es que para alguien medianamente leído no resulta fácil estar a la altura en este tipo de coloquios. El caso es que la letra de Pemán ni siquiera es del periodo franquista, sino que el poeta gaditano la escribió por encargo de otro dictador, Miguel Primo de Rivera, que por cierto se enseñoreó del poder en España espoleado por la burguesía catalana, que -como explica el historiador israelí Shlomo Ben Ami- fue la que creó la atmósfera histérica que ungió a Primo de Rivera con la aureola de “salvador”. Pero eso forma parte de la historia de Cataluña que los nacionalistas han tenido a bien borrar para franquear el paso hacia Ítaca. Lo mismo ocurre con la importante participación de catalanes en el descubrimiento y colonización de América. Los nombres de, entre otros, Pere Margarit, Gaspar de Portolà, Pere Alberni o Joan Orpí, fundador de la Nueva Barcelona en Venezuela, han sido debidamente obviados para que en días como el de la tertulia de marras mis contertulios pudieran hablar cómodamente del genocidio cometido por “los españoles”.

Sea como fuere, la letra de Pemán solo fue oficial durante apenas 35 años de los ¡255! que tiene la Marcha Real. Pero el himno de España, al igual que su bandera, es una herencia franquista, ¡claro que sí! Los nacionalistas lo reconstruyen todo, o directamente se lo inventan. Y si la Historia no coincide con su interpretación, pues tanto peor para la Historia. Tan convencidos están de la potencia de su aparato de propaganda que ni siquiera les preocupa que su reconstrucción de autoconsumo no sea de ninguna manera compatible con la historiografía rigurosa de los principales historiadores de aquí, como Jaume Vicens Vives, y de fuera, como John H. Elliot.

De la misma manera que pretenden borrar de la historia la participación catalana en la conquista de América, tampoco les interesa que trascienda que los diputados catalanes, entre otros Ramon Llàtzer de Dou, fueron de los más escépticos cuando las Cortes de Cádiz abolieron el Santo Oficio; ni que algunos de los principales esclavistas españoles fueron catalanes. Presentan a España -Cataluña aparte, claro está- como un país atrasado, ultraconservador y oscurantista, pero soslayan episodios incómodos como la Guerra dels Malcontents, una insurrección de carácter absolutista y antiliberal, antecedente de las Guerras Carlistas, que estalló en Cataluña en 1827 al grito de “Visca el Rei i mori el mal govern!”. Ni que decir tiene que tampoco eran catalanes algunos de los principales patrocinadores del alzamiento del 18 de julio de 1936, como Francesc Cambó y Joaquim Bau; ni dos de los principales ideólogos del nacionalcatolicismo, Isidre Gomà y Enric Pla i Deniel; ni muchos de los ministros de Franco como Pere Gual i Villalbí o Laureano López Rodó.

Los nacionalistas han trazado una línea divisoria moral que recorre la historia desde la Antigüedad hasta nuestros días. A un lado, quedan “los españoles” con su colonización, su imperialismo, su tráfico de esclavos, su militarismo, su Inquisición, su absolutismo, su autoritarismo, su africanidad y su naturaleza corrupta y costumbres bárbaras. Al otro, los catalanes, que nada tenemos que ver con toda esa inmundicia española y que nos parecemos mucho más a los europeos septentrionales. De ahí que nos queramos ir. Así de fácil. No hay duda de que todo eso flota en el ambiente de la Cataluña nacionalista.

“Los españoles”, claro, están siempre en el lado oscuro de la historia. Así, la colonización española, a diferencia de la inglesa, fue esencialmente destructora, un “genocidio” por emplear el término más repetido estos días por políticos y tertulianos nacionalistas y populistas. Debe de resultar tan cómodo opinar sin necesidad de documentarse previamente leyendo, por ejemplo, a uno de los hispanistas más prestigiosos, Elliot, que, en su obra Imperios del mundo atlántico. España y Gran Bretaña en América (1492-1830), analiza las similitudes y diferencias entre ambas colonizaciones. Elliot concluye que “la colonización española fue mucho más inclusiva que la británica” y atribuye el juicio en contrario a una mezcla de “pereza intelectual, narcisismo anglosajón y prejuicios creados por la Leyenda Negra”. Basta cambiar “anglosajón” por “nacionalista catalán” para entender el festival de ignorancia que hemos visto estos días por estos pagos, donde predomina la pereza intelectual y la Leyenda Negra se ha convertido en dogma de fe.

Lo preocupante es que ese tipo de cosas las dicen sin ningún rubor periodistas, historiadores, profesores de Universidad, etcétera. Así pues, es probable que, por decirlo en palabras de Julián Marías, todo ello no proceda de la “falta de información”, sino del “exceso de deformación”, y eso “tiene menos que ver con la ciencia histórica que con la política”.

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¡Que hablen los independentistas!

(Artículo publicado en catalán el pasado 21 de agosto en la edición digital de El País)

El miércoles 3 de agosto coincidí en la tertulia de El Món a Rac1 con Marta Pascal, flamante coordinadora del Partit Demòcrata Català (PDC). Mantuve con ella un intercambio de impresiones que creo que vale la pena reproducir tal cual, pues pone de manifiesto hasta qué punto los independentistas tienen interiorizada la ominosa doctrina decisionista de Carl Schmitt, que supone la destrucción de la Constitución y del Estado de Derecho y la sustitución de la institucionalidad deliberativa por la democracia aclamativa de las muchedumbres en plazas y calles.

A cuento de la polémica sobre el fallido intento del PDC de obtener grupo propio en el Congreso, Pascal traía a colación unas supuestas palabras del diputado del PP Pablo Casado, que habría exigido a los nacionalistas que se retractasen de su voto en el Parlament a favor de la desconexión unilateral con la legalidad española. Pascal acusaba a Casado y, de paso, al Tribunal Constitucional (TC) de tratar de impedir el debate en el Parlament y en la calle, a lo que yo repuse:

-Lo que se está intentando impedir por el TC es que ustedes tomen decisiones más allá de las competencias que tiene el Parlament, que vulneren la legalidad, no solo la Constitución sino también el Estatuto de Autonomía, y que tomen decisiones como si tuvieran la mayoría que no tienen para tirar adelante su proyecto político.

-Nosotros estamos situados en un clamor (sic), que nos dice la gente: “Escuchad, dad salida política a un nuevo Estado para Cataluña”, y nosotros a través del Parlament y de las instituciones y haciendo caso absoluto a la voluntad de la gente -con el 47,8% de los votos, conviene recordarlo- le estamos dando viabilidad. Y yo no quiero formar parte de un Estado que a sus parlamentarios no les deja hacer el debate ni les deja tomar decisiones en base a una mayoría parlamentaria que existe, porque la mayoría parlamentaria de 72 diputados sale de la gente el 27 de septiembre (2015).

-Esa mayoría que no les permite ni siquiera hacer una ley electoral catalana -la mayoría cualificada que establece el Estatut para la toma de decisiones de especial trascendencia es de 90 diputados-, ¿me está diciendo que les permite tirar adelante un proceso de desconexión con la legalidad española e internacional? No me parece demasiado coherente.

-Usted, que conoce los sistemas parlamentarios, sabe que si tienes la mayoría absoluta puedes tirar adelante determinadas leyes… ¿Estamos de acuerdo o no?

-Determinadas leyes, según sus competencias. Exactamente.

-Pues están las leyes de mayoría cualificada, por ejemplo, vale, el caso de la ley electoral…

-¡Ah, la independencia no necesita una mayoría cualificada…! Yo pensaba que era una decisión de especial trascendencia.

-La independencia lo que necesita es que la mayoría esté situada en las calles y las plazas (sic), y lo que usted me demuestra es que se pasea poco por las calles y plazas de este país.

Escuchando de nuevo la tertulia, me doy cuenta de que tienen razón quienes me acusan de hablar demasiado. Está claro que debería hablar menos y dejar que los políticos y tertulianos independentistas con los que coincido diariamente se despachen a gusto, pues su discurso de un tirón, sin interrupciones, resulta demoledor para su propia causa. El discurso de Pascal, por ejemplo, es fiel trasunto del deterioro que de un tiempo a esta parte viene sufriendo el debate público en Cataluña. Le digo que no tienen mayoría suficiente para hacer lo que están haciendo y ella me recrimina que pasee poco. Alucinante. Si no fuera porque es dramático, resultaría hasta divertido. En todo caso, señora Pascal, le aseguro que pasearía hasta la extenuación siempre que nuestros gobernantes se comprometieran, a cambio, a respetar la Constitución, el Estatuto de Autonomía y las resoluciones del TC, que son las bases de nuestro Estado democrático de Derecho y la garantía de nuestros derechos y libertades fundamentales como ciudadanos.

Por cierto, en la misma tertulia el periodista Vicent Sanchís me recriminó mi propensión a defender la Constitución en los debates en los que participo, tildándome de “pesado” por decir “siempre lo mismo”. En otras muchas ocasiones me he encontrado en debates con políticos y comentaristas reconviniéndome ora con paternalismo, ora con indignación por mi defensa de la Constitución como si, en lugar de defender el cumplimiento de la ley, estuviera defendiendo el tráfico de drogas, la trata de blancas o, en cualquier caso, algo muy grave. ¿Acaso alguien se imagina ese tipo de reprimendas en algún otro país civilizado, Estados Unidos por ejemplo? Come on, look at you. You are always defending the Constitution, for God’s sake! Please stop it! Quizá algún día Donald Trump… Hasta ese punto de degradación pública hemos llegado en Cataluña al calor del proceso.

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Al salir de TV3

Martes 20 de septiembre de 2016. Salgo de TV3 cansado, por no decir hasta las narices, de rebatir -siempre en minoría unipersonal- las falacias que copan por completo el debate público catalán. Que si “no nos dejan votar”; que si “Cataluña es una colonia”; que si “España maltrata a Cataluña”; que si “la gente tiene derecho a decidir”; que si “España nos roba” o, lo que es lo mismo, “nos expolia”; que si “ya está bien de solidaridad con los andaluces, que se pasan el día en el bar con el dinero de los catalanes”, que si “lo que hay que hacer no es darles pescado sino enseñarles a pescar”; que si “los niños extremeños tienen ordenadores y los catalanes no”; que si “la Constitución del 78 es herencia del franquismo”, que si “no es legítima porque la mayoría de los catalanes de hoy no la votamos”; que si “España es un Estado de baja calidad democrática”; que si “un Tribunal nunca puede estar por encima de la voluntad de un pueblo”; que si “la Guerra de Sucesión fue una guerra de España contra Cataluña, al igual que la Guerra Civil”; que si “los que se oponen al sistema de inmersión lingüística obligatoria en catalán no son partidarios de un modelo bilingüe o trilingüe como dicen, sino de exterminar la lengua catalana”; que si “Mas está procesado por poner urnas”; que si “con España no hay nada que hacer”…

Estas son algunas de las principales obscenidades que presiden nuestro malsano debate público. Ningún observador mínimamente ecuánime podrá negar la abrumadora omnipresencia en las alocuciones políticas y tertulias catalanas de toda esa patulea, que es la base argumental sobre la que se construye un género muy arraigado por estos pagos: la tertulia de tesis, esto es, aquella que se plantea como objetivo principal el desarrollo y la promoción de una determinada opinión o ideología. En Cataluña la tesis es que ésta es una nación natural, telúrica, esencialmente buena, que desde hace al menos tres siglos vive una situación de opresión insostenible dentro de un Estado artificial y pérfido, España, que por supuesto no es una nación.

La tertulia de tesis puede presentarse en dos modalidades. Por un lado, tenemos el tipo “Todos a una”, generalmente un debate a cuatro entre un independentista de toda la vida, un independentista sobrevenido, un independentista en vías de desarrollo y un “no independentista” que votó Sí-Sí en la kermés del 9-N. A veces incluso hay un quinto tertuliano, pretendidamente ambivalente pero partidario acérrimo del derecho a la autodeterminación de Cataluña, aunque lo más habitual es que hable del “derecho de la gente a decidir”, sin precisar que la única gente que tiene derecho a decidir somos los catalanes. Ni el conjunto de los españoles, ni los barceloneses ni ninguna otra gente.

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La otra modalidad de tertulia de tesis es la de “Todos contra uno”, más perversa si cabe por lo que tiene de impostada pluralidad. Cuando la realidad se reduce a un único tema, la secesión, y las tertulias resultan monográficas, entonces la presencia de un solo tertuliano opuesto a la tesis de la tertulia -que defienden de consuno los otros tres o cuatro opinantes además del moderador, a veces incluso reforzados por la opinión de algún telespectador que entra por teléfono- solo sirve para proyectar la idea de que se trata de una posición minoritaria, incluso extravagante, en la sociedad catalana. Esa pluralidad impostada, distorsionada, es la misma que se da en las series de televisión de TV3 en las que -como en su día denunció el corresponsal en España de The Wall Street Journal- “solo hablan castellano prostitutas y delincuentes”. Si de verdad tuvieran la intención de reflejar la pluralidad lingüística de Cataluña, al menos la mitad de los personajes de las series de TV3 tendrían que hablar habitualmente en castellano y el uso alternativo de ambas lenguas en el trabajo, en la calle y en los hogares de los protagonistas debería ser lo más natural. Pero, al igual que tras las tertulias de tesis separatista subyace la pretensión de que lo “normal” es ser independentista, existe en esas series de TV3 una indisimulada intención de instalar en el imaginario colectivo de los catalanes la idea de que lo “normal” en Cataluña es hablar en catalán y que el castellano es cosa de marginales e inadaptados.

Alguien que no acepte la retahíla de sinrazones de la opinión prevaleciente en los medios catalanes, y que se atreva a manifestarlo tantas veces como le parezca preciso, se verá indefectiblemente sometido a un agotador acoso y derribo por parte de sus contertulios. Es triste reconocerlo, pero la convivencia en Cataluña, si se quiere tranquila, se levanta hoy sobre la resignada asunción por muchos catalanes no nacionalistas del ofensivo decálogo nacionalista, basado en el desprecio a España y a los españoles pero sobre todo a los catalanes que nos sentimos españoles. Cada vez que oigo al presidente de la Generalitat referirse a “los demócratas del no” o a “los partidos que no quieren la independencia pero que son demócratas”, es decir los que se declaran partidarios del referéndum pero no de la secesión, se me revuelve el estómago. El resto, claro, no somos demócratas. Y Puigdemont se queda tan ancho.

Solo hay que repasar la hemeroteca para darse cuenta de que si el resto de los catalanes, los que nos sentimos en mayor o menor medida comprometidos con el proyecto común español, mostrásemos el mismo desprecio por ellos que el que ellos muestran por nosotros, la convivencia en Cataluña sería insostenible. De ahí que muchos catalanes -posiblemente la mayoría- hayan decidido mirar hacia otro lado y prefieran no discutir con la Rahola de turno, no solo en las tertulias de radio y televisión sino también en las cenas y reuniones con amigos y familiares.

Lo peor de esa actitud de resignación es que por su culpa el rosario de falacias que detallaba en el primer párrafo de este artículo ha ido calando progresivamente en la sociedad catalana, incluso entre capas de la población tradicionalmente refractarias al discurso nacionalista. Ello ha permitido a los nacionalistas erigirse en representantes exclusivos y abusivos de la catalanidad, monopolio que no solo resulta hoy por hoy fatigoso sino que puede acabar teniendo consecuencias aciagas en el futuro. En este sentido, tengo muy presente el testimonio de un ciudadano británico de a pie que el día antes del referéndum sobre la continuidad del Reino Unido en la UE, cuando todos los analistas políticos daban por hecho que la opción continuista se impondría, respondía así a la pregunta de un periodista de Antena 3: “Creo que el Brexit va a ganar, porque sus partidarios no llevan cuarenta días, como los partidarios del Brimain, sino cuarenta años haciendo campaña en contra de la UE”. Seguramente los partidarios de la continuidad del Reino Unido en la UE también pensaban que el Brexit no ocurriría nunca.

Decía al principio que aquel día salía de TV3 hasta las narices de rebatir siempre las mismas falacias. Al salir, cojo un taxi, me arrellano en el asiento y respiro tranquilo… hasta la próxima tertulia. Poco me dura la tranquilidad. El taxista, que me ha visto salir de TV3 con Carod Rovira, tiene ganas de hablar de política. Me cuenta que su familia es originaria de Salamanca y que, aunque él nació en Barcelona, sigue teniendo allí mucha familia. Me dice que él no es nacionalista, que el nacionalismo es de derechas y blablablá, pero que lo que sí que le parece innegociable es el referéndum sobre la independencia, “porque es lo más democrático, porque la gente tiene derecho a decidir…”. Ya estamos otra vez. Me malicio que el taxista no considera “gente” a sus parientes salmantinos, porque solo así se explicaría que les niegue el derecho de la gente a decidir. Supongo que “la gente” se acaba más allá del Ebro.

Después de una intensa tertulia con Carod y Empar Moliner, prefiero no entrar al trapo. Necesito un respiro. El taxista sigue hablando. Lo oigo pero no lo escucho… Me resisto a interrumpirle hasta que me dice que, como catalán, está harto de ser solidario con los andaluces. Suspiro y asumo que mi responsabilidad como ciudadano comprometido no se acaba en las tertulias. Empiezo por constatar que los impuestos no los pagan los territorios sino los ciudadanos, que la redistribución de la riqueza es un principio universal de justicia social…, pero en seguida compruebo que el prejuicio nacionalista ha hecho mella en él, que dice no ser nacionalista. Decido asumir su lenguaje por un momento y le pregunto que si, de la misma forma que como catalán está harto de ser solidario con los andaluces, también está harto como barcelonés de ser solidario con el resto de los catalanes, puesto que el “déficit fiscal” -sigo utilizando la terminología nacionalista- entre Barcelona y el resto de Cataluña es mucho mayor que el de Cataluña con el resto de España, y aquí a nadie se le ocurre decir que “Catalunya ens roba” o que Barcelona sufre un “expolio fiscal”. Me dice que quizá tenga razón, que nunca se lo había planteado desde ese punto de vista. Claro. Ya puestos, le pregunto si realmente, como barcelonés de origen charro, se siente más vinculado a un desconocido de Olot que a sus parientes de Salamanca, si de verdad cuando piensa en su “gente” piensa en el olotense y no en el salmantino. No y no. Fin de trayecto.

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Lo que nos jugamos mañana

No era la primera vez en los últimos tiempos que Artur Mas se desmadraba, pero cuando el otro día leí sus palabras hablando como si fuera un jefe indio y comparando Cataluña con una reserva sioux, sentí una mezcla entre vergüenza ajena e indignación. Hace tiempo que Mas no está a la altura de su posición institucional, pero esto ya pasa de castaño oscuro. Es urgente recuperar el prestigio de la Generalitat y dejar atrás este periodo de descrédito de Cataluña tanto en el resto de España como en el mundo. (Algunos todavía no nos hemos repuesto de imágenes como la de Roger Albinyana, secretario de asuntos exteriores de la Generalitat, posando ufano al lado de un puñado de congresistas estadounidenses partidarios del “derecho a decidir”, todos ellos extremistas próximos al Tea Party).

Por supuesto, tampoco es la primera vez que un nacionalista compara impunemente la situación de Cataluña con la de una colonia o con la de una reserva india. De hecho, se trata de un lugar común en nuestro debate público. Yo aguanto a diario esa clase de comparaciones ulcerantes en tertulias de radio y televisión, proferidas con toda naturalidad por mis contertulios, algunos de ellos indígenas, otros criollos y otros directamente colonos arrepentidos, por utilizar su repugnante lenguaje. Pero una cosa es que lo hagan tertulianos y políticos de medio pelo, y otra muy distinta es que lo haga todo un presidente de la Generalitat.

Cuando Mas llama “grandes jefes” a Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias que vienen aquí, a la “reserva catalana” (sic) “a decirnos lo que nos conviene”, no solo les está llamando a ellos colonizadores sino que nos está llamando colonos, y por tanto habitantes ilegítimos de Cataluña, a los potenciales votantes de esos partidos. Sus palabras denotan hasta qué punto se ha echado al monte y lo poco que le importa ya la convivencia entre los catalanes, y entre estos y el resto de los españoles.

Rajoy, Sánchez e Iglesias tienen el mismo derecho que Mas a dirigirse a la sociedad catalana. Pero Mas solo quiere precipitar la ruptura, y qué mejor manera de hacerlo que dividiendo a los catalanes entre colonos, que apoyan a los “grandes jefes” de la metrópoli, y aborígenes, que lógicamente apoyan al libertador del siglo XXI, Artur Mas i Gavarró. Ese es el primer paso para que una vez proclamada la independencia se inicie el correspondiente proceso de descolonización. Quiero pensar que Mas no es consciente de hasta qué punto pueden llegar a resultar ofensivas sus palabras para cientos de miles de catalanes que ni se consideran colonos ni tienen la sensación de vivir en una reserva india, salvo cuando ven a alguno de sus gobernantes hacer el indio como lo ha hecho Mas.

El proceso de descolonización asoma cuando los líderes independentistas invitan a los bancos catalanes a marcharse de Cataluña en caso de independencia; cuando la CUP propone “replantear” la continuidad de funcionarios del Estado español en Barcelona; o cuando el Gobierno presidido por Mas pone en marcha a través del juez Santiago Vidal un proceso de reclutamiento de jueces para cubrir las plazas que queden vacantes en una hipotética Cataluña independiente. Al parecer, la Generalitat estima que unos 250 jueces de los 800 con destino actualmente en Cataluña se irían de aquí en caso de secesión. Déu n’hi do! En este irregular proceso para acceder a la judicatura del Estado catalán los candidatos no tendrían por qué ser jueces de carrera, ni siquiera por el tercer turno como el propio Vidal: basta con ser abogado. Entre esto y la diplomacia en manos de Albinyana… ¡Dios salve a Cataluña!

¡Que se vayan los bancos! ¡Que se vayan los jueces! ¡Que se vayan los empresarios desafectos!, claman Mas, Junqueras, Romeva, Forcadell, Fernández el de la chancla y compañía, autoerigidos en propietarios de Cataluña. Ellos determinan quiénes son los adversarios del pueblo de Cataluña; quiénes forman parte del pueblo catalán y quiénes no; replantean a su sabor la continuidad de funcionarios en Barcelona y proponen cortes de mangas colectivos a los “grandes jefes de Madrid”. Todo con una sonrisa democrática.

Poco les interesa a los nacionalistas la importancia de esas entidades bancarias para la economía catalana. Tanto les da que esos funcionarios del Estado español cuya presencia pretenden “replantear” tengan aquí su familia, sus amigos, su vida. Sé de alguno que, aun siendo madrileño, en cuanto pudo elegir destino no dudó en pedir Barcelona porque siempre fue un enamorado de Cataluña. De eso hace ya 35 años. Su tercer hijo nació aquí, también sus nietos. Son catalanes y no quieren dejar de ser españoles. Pero no por el abyecto interés de mantener la nacionalidad española para preservar la ciudadanía europea, sino porque se sienten parte de esa realidad humana, política y social y no quieren dejar en la estacada al resto de los españoles en la prosecución de ese proyecto sugestivo de vida en común llamado España. Nadie tiene derecho a dejarlos fuera. Conviene tenerlo muy presente mañana. Nos jugamos mucho. La convivencia entre catalanes y la concordia con el resto de los españoles, ni más ni menos.

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Tres anécdotas bastante categóricas

Perich lengua

Primera. Recuerdo la contrariedad de Pilar Rahola con un reportero del programa Migdia de 8TV por dirigirse en castellano a un entrevistado, concretamente el primer alumno gitano de un conocido colegio de Badalona que accedía a la universidad. “No entiendo por qué le habla en castellano, me parece una discriminación”, recriminó impasible Rahola, que acto seguido soltó como un resorte algunos de los tópicos más habituales del victimismo lingüístico. Que si los catalanohablantes todavía tienen el “estigma” de hablar en castellano cuando les hablan en castellano, que si “los únicos que cambian de lengua son los catalanohablantes”, que si “el catalán siempre cede” y blablablá. Ni que decir tiene que tales manifestaciones no son nuevas ni originales, sino que, por desgracia, forman parte de nuestra cotidianidad, de ahí que Rahola y compañía las presenten como lo más normal del mundo y que cuando alguien se las rebate le acaben diciendo, en el mejor de los casos, cosas como lo que me dijo a mí Rahola: “¡Hijo mío, qué pesado eres…!” Claro, ¡con lo fácil que sería que todos aceptáramos su verdad sin rechistar! Y es que ¿a quién se le ocurre preguntarle en castellano a un castellanohablante? ¡Discriminación!

En honor a la verdad, cabe decir que aquel día la patrona nacionalista no hiperventiló ni se enfureció como otras veces. Habló de discriminación a un castellanohablante ¡por hablarle en castellano!, y lo hizo como quien dice algo la mar de normal (véase el vídeo). Sin acritud, o mejor dicho, sin más acritud que de costumbre.

Segunda. Rahola habló con la misma naturalidad con que otra tertuliana -de origen castellanohablante pero ferviente activista pro “derecho a vivir plenamente en catalán”-, de cuyo nombre no quiero acordarme porque a pesar de todo le tengo simpatía, me llamó la atención por hablarle en castellano al personal de seguridad del edificio del Grupo Godó. “Pero ¿por qué les hablas en castellano?”, me preguntó preocupada. “Los vigilantes de seguridad también hablan catalán, no les discrimines”, añadió. En lugar de limitarme a decirle que se metiera en sus asuntos mi natural dialogante, unido a la tolerancia a la estupidez que he ido desarrollando en el fragor de los medios, me llevó a darle de entrada una explicación razonada sobre la base de mi reconfortante costumbre de adaptarme siempre que puedo a la lengua de mi interlocutor. Resulta que siempre que he oído hablar a esos dos guardas entre ellos, así como con las recepcionistas, lo hacían en castellano, de ahí que yo me dirija a ellos también en esa lengua, que por otra parte es mi lengua materna. “Ya, pero hablándoles en castellano les haces de menos… Así no se integrarán nunca”, repuso ella en tono compasivo. Vaya, así que les hago de menos por hablarles en su lengua, que para más inri es la lengua materna de la mayoría de los catalanes, por lo que no hay duda de que mi ofensiva actitud supone un obstáculo para su integración social. Constaté la gravedad del caso y preferí cambiar de tema.

Pero de nada sirve mirar hacia otro lado, pues la lógica esencialista que destilan propuestas como la del derecho a vivir plenamente en catalán se encuentra en la base de nuestro sistema educativo. Poco importa que un sistema de “inmersión lingüística” (hasta el término resulta inquietante) como el nuestro no exista en ningún otro país civilizado; tampoco que no pocos expertos se hayan manifestado en contra de este sistema, que pretende educar al 50% de los alumnos en una lengua distinta de la materna, con el impacto que eso tiene sobre el aprendizaje.

Poco importa, obviamente, que la imposición del catalán como única lengua vehicular de la escolaridad pública sea una barrera de entrada para “extranjeros” (por supuesto incluyendo, a efectos nacionalistas/independentistas, a otros españoles) que quieran venir un tiempo a Cataluña a vivir con sus hijos, con lo enriquecedor que ello puede resultar para todos.

Tercera. A tal respecto, me permito contar una última anécdota personal que me parece de lo más reveladora de hasta qué punto ha calado esa absurda lógica. Tuvo lugar en una guardería privada de Barcelona. Mientras mi mujer, mi hijo de año y medio y yo esperábamos en la entrada a que la directora saliese a recibirnos, me fijé en que, más allá de los típicos murales de clase, las paredes del centro estaban empapeladas con recortes de prensa. En seguida observé que uno de ellos estaba repetido varias veces, lo cual me llevó a deducir que se trataba de algo importante para el centro. Era un artículo sobre la importancia de la lengua materna, que, a grandes rasgos, hablaba de un estudio con niños chinos adoptados en Canadá que demostraba que su cerebro seguía respondiendo a la lengua materna aunque hubieran salido de su lugar de origen en los primeros meses de vida y no hubieran vuelto a practicar el chino. El artículo me pareció interesante.

Poco después, la directora nos hizo pasar a su despacho y nos explicó las líneas maestras de su proyecto educativo, que me pareció más que correcto. Sin embargo, la directora se encargó de echarlo todo por tierra cuando -antes de que yo le preguntara por el tema lingüístico- me dijo: “Veo que tú le hablas -al niño- en catalán y tu mujer en castellano”. No sé qué le hizo suponer tal cosa, pero el caso es que normalmente los dos le hablamos al pequeño en castellano -sin perjuicio de que con frecuencia le digamos cosas en catalán, entre otras cosas porque es la lengua en la que le habla parte de su familia materna- y así se lo hice saber a la directora, a lo que ella, con la misma naturalidad con que Rahola reconvino al reportero de 8TV, respondió: “Tranquilos, que aquí ‘sólo’ se le hablará en catalán”. Claro, ya se sabe que eso de la lengua materna es importante para todo el mundo… excepto para los niños castellanohablantes (Véase la viñeta que “El Perich” publicaba en El Periódico el 21/09/1993).

Por supuesto, me fui “tranquilamente”… para no volver. Busqué y encontré otra guardería, también privada, en la que castellano y catalán tienen una presencia equilibrada en el aula. Lo malo es que de esa lógica perversa uno puede escapar mientras se pueda permitir llevar a sus hijos a centros privados bilingües o incluso trilingües, como hacen la mayoría de nuestros políticos, empezando por el presidente Mas. De momento, al resto no le queda otra que estar tranquilo, que aquí “sólo” se les hablará en catalán.

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¿Relatos? No, gracias

(Extensión del artículo publicado en El País el 16 de enero del 2015)

Uno de los argumentos más repetidos últimamente en Cataluña para explicar el auge del independentismo -que a mi juicio es, en todo caso, anterior al inicio oficial del proceso soberanista, como ya apuntaba en mi penúltimo artículo en Crónica Global- consiste en la idea de que los independentistas han sabido construir un relato ilusionante sobre las bondades de la secesión, mientras que los unionistas o, mejor, los constitucionalistas hemos sido incapaces de elaborar un relato sugestivo en pro de la unidad de España.

De entrada, sorprende la naturalidad con que algunos, implícitamente, reconocen satisfechos que la secesión se basa en un relato inventado, una fábula, un cuento para no dormir basado en una espuria reconstrucción del pasado, una obscena interpretación del presente y una utópica proyección del futuro posterior al inminente advenimiento de la independencia, cuando por fin los catalanes volveremos a ser libres después de trescientos años de opresión española.

Poco importa que la versión oficial de una Cataluña soberana y democrática anterior a 1714 se compadezca mal con la historia generalmente aceptada por los historiadores serios –Raymond Carr, John H. Elliott o Henry Kamen, entre otros, han mostrado su estupefacción ante ese relato mágico construido por el nacionalismo en aras de la independencia-. Pero ¿qué necesidad tienen los independentistas de ajustarse a la realidad histórica, pudiendo inventársela a placer prevaliéndose del -relativamente comprensible- desconocimiento general a tal respecto? Se non è vero, è ben trovato, que dicen en italiano.

Pasado, presente y futuro configuran en el imaginario nacionalista un relato coherente basado en la persecución sistemática del pueblo catalán por el Estado español -curiosa persecución aquella que, en la práctica, ha desembocado en una eclosión independentista radicada en la región más rica y más avanzada de España, ¡dichoso hostigamiento!-. La persecución se extiende, al menos, desde 1714 hasta nuestros días estableciendo un continuo que va desde Felipe V hasta Felipe VI y de Rafael Casanova a Artur Mas. Todo cuadra, la narración histórica es redonda. Nada falta ni sobra.

Por supuesto, la historia que narran los nacionalistas es teleológica, es decir, tiene un propósito que subyace en todo momento de esa historia y que no es otro que la independencia de Cataluña. Así, los catalanes siempre han aspirado a librarse del resto de España, es decir, en realidad siempre han sido independentistas -diga lo que diga la historiografía más solvente, Rafael Casanova, Antoni de Capmany, el general Prim o Francesc Pi i i Margall eran independentistas a carta cabal-, por lo que los catalanes de hoy no tenemos más remedio que actuar de acuerdo con el guión escrito, desempeñando cada cual su papel en esta tragicomedia. Los que siempre han vivido conforme al relato dominante no tienen más que seguir haciéndolo a su sabor, mientras que los que ni siquiera hemos leído el libreto subyacente sólo tenemos que aceptar a tientas nuestro papel de comparsa y plegarnos a esa etérea voluntad del pueblo a la que apelaba el presidente Mas en las elecciones del 2012.

El nacional-independentismo constituye un ejemplo paradigmático de lo que el pensador británico John Gray denomina “religiones políticas” contemporáneas, basadas en “mitos laicos” que “reproducen la forma narrativa del género apocalíptico cristiano” y que no son más que “modos de aceptar aquello que es imposible saber”. Así, el nacionalismo, en la medida en que renuncia a un conocimiento mínimamente ecuánime de la realidad, sólo puede ser un acto de fe en una comunidad imaginada como blanco de una conspiración planetaria -esencialmente española- cuyo objetivo es acabar con dicha comunidad. “Lo único que nos podría y nos podrá salvar -del intento de España de ‘residualizar’ (sic) a los catalanes- sería y será el pensamiento y la actitud independentistas”, decía en marzo del 2012 uno de los padres de la criatura, Jordi Pujol. Y esa es precisamente la base apocalíptica del relato independentista que su sucesor, Artur Mas, propala a los cuatro vientos, sin ir más lejos en su último mensaje de fin de año: “El Estado nos quiere divididos porque sabe que así somos más vulnerables”.

Señala Gray que “los espejismos colectivos de persecución sirven para fortalecer una frágil sensación de acción propia”, observación que me parece perfectamente aplicable al caso que nos ocupa, pues la acción de gobierno de la Generalitat en estos últimos dos años ha estado definitivamente marcada por el victimismo y el ensimismamiento. Pero lo cierto es que esa pretendida autoafirmación reactiva conlleva necesariamente el alejamiento entre los catalanes que creen experimentarla y los que no vivimos nuestra catalanidad conforme a ese relato divisivo que, desgraciadamente, preside nuestra vida pública como una suerte de fe revelada.

De ahí la importancia de seguir poniendo en cuestión los dogmas de ese “credo secular” que es el independentismo, aun a riesgo de pasar a engrosar la ya de por sí abundante demonología del nacionalismo, lo cual, bien mirado, no dejaría de ser un honor comoquiera que ésta incluye en una sola lista negra a pensadores foráneos de la talla de Carr, Elliott, Kamen o, más recientemente, Jürgen Habermas, que se unen a demonios patrios como Félix de Azúa, Fernando Savater, Mario Vargas Llosa o cualquiera que cuestione el “relato”. La pregunta es clara: ¿hay alguien que se oponga al relato dominante que no sea un facha según el propio relato? Gray concluye que esos credos seculares “son más irracionales que ninguna fe tradicional, aunque sólo sea porque se esfuerzan mucho más por dar muestras de racionalidad”. Supongo que ese esfuerzo es lo que en su día llevó a Jaume Sobrequés, director del simposio España contra Cataluña, una mirada histórica (1714-2014) perpetrado al calor del relato, a catalogar de “científico y académico” lo que el demonio Elliot había tildado de disparate.

La historia no está escrita, sino que somos nosotros como individuos, y no como meros espectadores de un relato sumamente reduccionista que todo lo explica, los responsables de ella. España -Cataluña incluida- es como es: esencialmente imperfecta, con sus grandezas y sus miserias. Por supuesto que es perfectible, pero sólo desde el realismo reformista y no a partir de relatos basados en sueños de liberación colectiva que hablan de países nuevos, que por alguna impenetrable razón nada tendrán que ver con los viejos, sueños que, al despertar, sólo pueden generar frustración.

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