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Lo que nos jugamos mañana

No era la primera vez en los últimos tiempos que Artur Mas se desmadraba, pero cuando el otro día leí sus palabras hablando como si fuera un jefe indio y comparando Cataluña con una reserva sioux, sentí una mezcla entre vergüenza ajena e indignación. Hace tiempo que Mas no está a la altura de su posición institucional, pero esto ya pasa de castaño oscuro. Es urgente recuperar el prestigio de la Generalitat y dejar atrás este periodo de descrédito de Cataluña tanto en el resto de España como en el mundo. (Algunos todavía no nos hemos repuesto de imágenes como la de Roger Albinyana, secretario de asuntos exteriores de la Generalitat, posando ufano al lado de un puñado de congresistas estadounidenses partidarios del “derecho a decidir”, todos ellos extremistas próximos al Tea Party).

Por supuesto, tampoco es la primera vez que un nacionalista compara impunemente la situación de Cataluña con la de una colonia o con la de una reserva india. De hecho, se trata de un lugar común en nuestro debate público. Yo aguanto a diario esa clase de comparaciones ulcerantes en tertulias de radio y televisión, proferidas con toda naturalidad por mis contertulios, algunos de ellos indígenas, otros criollos y otros directamente colonos arrepentidos, por utilizar su repugnante lenguaje. Pero una cosa es que lo hagan tertulianos y políticos de medio pelo, y otra muy distinta es que lo haga todo un presidente de la Generalitat.

Cuando Mas llama “grandes jefes” a Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias que vienen aquí, a la “reserva catalana” (sic) “a decirnos lo que nos conviene”, no solo les está llamando a ellos colonizadores sino que nos está llamando colonos, y por tanto habitantes ilegítimos de Cataluña, a los potenciales votantes de esos partidos. Sus palabras denotan hasta qué punto se ha echado al monte y lo poco que le importa ya la convivencia entre los catalanes, y entre estos y el resto de los españoles.

Rajoy, Sánchez e Iglesias tienen el mismo derecho que Mas a dirigirse a la sociedad catalana. Pero Mas solo quiere precipitar la ruptura, y qué mejor manera de hacerlo que dividiendo a los catalanes entre colonos, que apoyan a los “grandes jefes” de la metrópoli, y aborígenes, que lógicamente apoyan al libertador del siglo XXI, Artur Mas i Gavarró. Ese es el primer paso para que una vez proclamada la independencia se inicie el correspondiente proceso de descolonización. Quiero pensar que Mas no es consciente de hasta qué punto pueden llegar a resultar ofensivas sus palabras para cientos de miles de catalanes que ni se consideran colonos ni tienen la sensación de vivir en una reserva india, salvo cuando ven a alguno de sus gobernantes hacer el indio como lo ha hecho Mas.

El proceso de descolonización asoma cuando los líderes independentistas invitan a los bancos catalanes a marcharse de Cataluña en caso de independencia; cuando la CUP propone “replantear” la continuidad de funcionarios del Estado español en Barcelona; o cuando el Gobierno presidido por Mas pone en marcha a través del juez Santiago Vidal un proceso de reclutamiento de jueces para cubrir las plazas que queden vacantes en una hipotética Cataluña independiente. Al parecer, la Generalitat estima que unos 250 jueces de los 800 con destino actualmente en Cataluña se irían de aquí en caso de secesión. Déu n’hi do! En este irregular proceso para acceder a la judicatura del Estado catalán los candidatos no tendrían por qué ser jueces de carrera, ni siquiera por el tercer turno como el propio Vidal: basta con ser abogado. Entre esto y la diplomacia en manos de Albinyana… ¡Dios salve a Cataluña!

¡Que se vayan los bancos! ¡Que se vayan los jueces! ¡Que se vayan los empresarios desafectos!, claman Mas, Junqueras, Romeva, Forcadell, Fernández el de la chancla y compañía, autoerigidos en propietarios de Cataluña. Ellos determinan quiénes son los adversarios del pueblo de Cataluña; quiénes forman parte del pueblo catalán y quiénes no; replantean a su sabor la continuidad de funcionarios en Barcelona y proponen cortes de mangas colectivos a los “grandes jefes de Madrid”. Todo con una sonrisa democrática.

Poco les interesa a los nacionalistas la importancia de esas entidades bancarias para la economía catalana. Tanto les da que esos funcionarios del Estado español cuya presencia pretenden “replantear” tengan aquí su familia, sus amigos, su vida. Sé de alguno que, aun siendo madrileño, en cuanto pudo elegir destino no dudó en pedir Barcelona porque siempre fue un enamorado de Cataluña. De eso hace ya 35 años. Su tercer hijo nació aquí, también sus nietos. Son catalanes y no quieren dejar de ser españoles. Pero no por el abyecto interés de mantener la nacionalidad española para preservar la ciudadanía europea, sino porque se sienten parte de esa realidad humana, política y social y no quieren dejar en la estacada al resto de los españoles en la prosecución de ese proyecto sugestivo de vida en común llamado España. Nadie tiene derecho a dejarlos fuera. Conviene tenerlo muy presente mañana. Nos jugamos mucho. La convivencia entre catalanes y la concordia con el resto de los españoles, ni más ni menos.

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Crear comissionats

“Vostè és una persona que cada vegada que parla té un grau d’excitació més gran i cada vegada la toca menys, perquè, fixi’s, ahir no es van crear comissions, es van crear comissionats, que no és el mateix… Són coses molt elementals que una diputada amb l’experiència de vostè ja hauria de saber a aquestes alçades”, li va etzibar amb aires de suficiència el president Mas a la presidenta del PP català, Alícia Sánchez-Camacho.

De fet, Sánchez-Camacho havia fet servir els dos termes -comissió primer i comissionat després- amb el mateix sentit, però, posats a filar prim, quan s’equivoca no és -com pretén el president- quan empra el substantiu “comissió” sinó quan utilitza l’adjectiu “comissionat”. Segons el diccionari de l’Institut d’Estudis Catalans, comissionat o comissionada és la persona encarregada de portar a terme alguna activitat concreta, és a dir, de portar a terme una comissió, que -segons el mateix diccionari- és el “poder confiat a algú per l’autoritat en una circumstància i per un temps determinat”. Humilment crec que vostè, benvolgut president, que encara és l’autoritat -per molt que de tant en tant es disfressi de revolucionari-, el que ha fet nomenant Bassols i Viver Pi-Sunyer és, precisament, això: confiar un poder a algú en una circumstància i per un temps determinat. El comissionat és la persona que assumeix una comissió, però no deixa de ser una persona. És per això que resulta especialment inquietant la supèrbia amb què el president va corregir Sánchez-Camacho, dient que “es van crear comissionats”, tot i que segurament per algú que és capaç de desafiar l’Estat del qual ell n’és la màxima representació a Catalunya no hi ha res impossible, ni tan sols fer persones com el suprem faedor. A la resta de mortals no ens és donat això de “crear” comissionats. El president Mas, però, el que sí que pot fer és nomenar comissionats per exercir una comissió, que tampoc no és qualsevol cosa.

Entenc que aquest ús incorrecte i, tot s’ha de dir, una mica cursi i pedantesc de l’adjectiu comissionat s’ha estès de tal manera que a molts ja els sembla absolutament correcte, i per això no se m’acudeix anar pel món corregint tot aquell que l’usa. Però, en realitat, qui s’equivoca és el mateix Mas atrevint-se a corregir algú per dir correctament alguna cosa, com a mínim un parell de vegades. Ara bé, la resposta ràpida de Mas sembla  d’allò més efectista, perquè, lluny d’aportar alguna dada interessant per al debat parlamentari, pretén fer l’efecte de ridiculitzar la seva interlocutora, una diputada experimentada que a aquestes alçades hauria de saber coses tan elementals com les que li descobreix el molt honorable… filòleg. Curiosament el mateix Mas, cofoi com el púgil convençut d’haver noquejat l’adversari al primer assalt, també va acusar Sánchez-Camacho de falta d’educació i de fer de tertuliana al Parlament. Cap geperut no és veu el seu gep…

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Tres anécdotas bastante categóricas

Perich lengua

Primera. Recuerdo la contrariedad de Pilar Rahola con un reportero del programa Migdia de 8TV por dirigirse en castellano a un entrevistado, concretamente el primer alumno gitano de un conocido colegio de Badalona que accedía a la universidad. “No entiendo por qué le habla en castellano, me parece una discriminación”, recriminó impasible Rahola, que acto seguido soltó como un resorte algunos de los tópicos más habituales del victimismo lingüístico. Que si los catalanohablantes todavía tienen el “estigma” de hablar en castellano cuando les hablan en castellano, que si “los únicos que cambian de lengua son los catalanohablantes”, que si “el catalán siempre cede” y blablablá. Ni que decir tiene que tales manifestaciones no son nuevas ni originales, sino que, por desgracia, forman parte de nuestra cotidianidad, de ahí que Rahola y compañía las presenten como lo más normal del mundo y que cuando alguien se las rebate le acaben diciendo, en el mejor de los casos, cosas como lo que me dijo a mí Rahola: “¡Hijo mío, qué pesado eres…!” Claro, ¡con lo fácil que sería que todos aceptáramos su verdad sin rechistar! Y es que ¿a quién se le ocurre preguntarle en castellano a un castellanohablante? ¡Discriminación!

En honor a la verdad, cabe decir que aquel día la patrona nacionalista no hiperventiló ni se enfureció como otras veces. Habló de discriminación a un castellanohablante ¡por hablarle en castellano!, y lo hizo como quien dice algo la mar de normal (véase el vídeo). Sin acritud, o mejor dicho, sin más acritud que de costumbre.

Segunda. Rahola habló con la misma naturalidad con que otra tertuliana -de origen castellanohablante pero ferviente activista pro “derecho a vivir plenamente en catalán”-, de cuyo nombre no quiero acordarme porque a pesar de todo le tengo simpatía, me llamó la atención por hablarle en castellano al personal de seguridad del edificio del Grupo Godó. “Pero ¿por qué les hablas en castellano?”, me preguntó preocupada. “Los vigilantes de seguridad también hablan catalán, no les discrimines”, añadió. En lugar de limitarme a decirle que se metiera en sus asuntos mi natural dialogante, unido a la tolerancia a la estupidez que he ido desarrollando en el fragor de los medios, me llevó a darle de entrada una explicación razonada sobre la base de mi reconfortante costumbre de adaptarme siempre que puedo a la lengua de mi interlocutor. Resulta que siempre que he oído hablar a esos dos guardas entre ellos, así como con las recepcionistas, lo hacían en castellano, de ahí que yo me dirija a ellos también en esa lengua, que por otra parte es mi lengua materna. “Ya, pero hablándoles en castellano les haces de menos… Así no se integrarán nunca”, repuso ella en tono compasivo. Vaya, así que les hago de menos por hablarles en su lengua, que para más inri es la lengua materna de la mayoría de los catalanes, por lo que no hay duda de que mi ofensiva actitud supone un obstáculo para su integración social. Constaté la gravedad del caso y preferí cambiar de tema.

Pero de nada sirve mirar hacia otro lado, pues la lógica esencialista que destilan propuestas como la del derecho a vivir plenamente en catalán se encuentra en la base de nuestro sistema educativo. Poco importa que un sistema de “inmersión lingüística” (hasta el término resulta inquietante) como el nuestro no exista en ningún otro país civilizado; tampoco que no pocos expertos se hayan manifestado en contra de este sistema, que pretende educar al 50% de los alumnos en una lengua distinta de la materna, con el impacto que eso tiene sobre el aprendizaje.

Poco importa, obviamente, que la imposición del catalán como única lengua vehicular de la escolaridad pública sea una barrera de entrada para “extranjeros” (por supuesto incluyendo, a efectos nacionalistas/independentistas, a otros españoles) que quieran venir un tiempo a Cataluña a vivir con sus hijos, con lo enriquecedor que ello puede resultar para todos.

Tercera. A tal respecto, me permito contar una última anécdota personal que me parece de lo más reveladora de hasta qué punto ha calado esa absurda lógica. Tuvo lugar en una guardería privada de Barcelona. Mientras mi mujer, mi hijo de año y medio y yo esperábamos en la entrada a que la directora saliese a recibirnos, me fijé en que, más allá de los típicos murales de clase, las paredes del centro estaban empapeladas con recortes de prensa. En seguida observé que uno de ellos estaba repetido varias veces, lo cual me llevó a deducir que se trataba de algo importante para el centro. Era un artículo sobre la importancia de la lengua materna, que, a grandes rasgos, hablaba de un estudio con niños chinos adoptados en Canadá que demostraba que su cerebro seguía respondiendo a la lengua materna aunque hubieran salido de su lugar de origen en los primeros meses de vida y no hubieran vuelto a practicar el chino. El artículo me pareció interesante.

Poco después, la directora nos hizo pasar a su despacho y nos explicó las líneas maestras de su proyecto educativo, que me pareció más que correcto. Sin embargo, la directora se encargó de echarlo todo por tierra cuando -antes de que yo le preguntara por el tema lingüístico- me dijo: “Veo que tú le hablas -al niño- en catalán y tu mujer en castellano”. No sé qué le hizo suponer tal cosa, pero el caso es que normalmente los dos le hablamos al pequeño en castellano -sin perjuicio de que con frecuencia le digamos cosas en catalán, entre otras cosas porque es la lengua en la que le habla parte de su familia materna- y así se lo hice saber a la directora, a lo que ella, con la misma naturalidad con que Rahola reconvino al reportero de 8TV, respondió: “Tranquilos, que aquí ‘sólo’ se le hablará en catalán”. Claro, ya se sabe que eso de la lengua materna es importante para todo el mundo… excepto para los niños castellanohablantes (Véase la viñeta que “El Perich” publicaba en El Periódico el 21/09/1993).

Por supuesto, me fui “tranquilamente”… para no volver. Busqué y encontré otra guardería, también privada, en la que castellano y catalán tienen una presencia equilibrada en el aula. Lo malo es que de esa lógica perversa uno puede escapar mientras se pueda permitir llevar a sus hijos a centros privados bilingües o incluso trilingües, como hacen la mayoría de nuestros políticos, empezando por el presidente Mas. De momento, al resto no le queda otra que estar tranquilo, que aquí “sólo” se les hablará en catalán.

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¿Relatos? No, gracias

(Extensión del artículo publicado en El País el 16 de enero del 2015)

Uno de los argumentos más repetidos últimamente en Cataluña para explicar el auge del independentismo -que a mi juicio es, en todo caso, anterior al inicio oficial del proceso soberanista, como ya apuntaba en mi penúltimo artículo en Crónica Global- consiste en la idea de que los independentistas han sabido construir un relato ilusionante sobre las bondades de la secesión, mientras que los unionistas o, mejor, los constitucionalistas hemos sido incapaces de elaborar un relato sugestivo en pro de la unidad de España.

De entrada, sorprende la naturalidad con que algunos, implícitamente, reconocen satisfechos que la secesión se basa en un relato inventado, una fábula, un cuento para no dormir basado en una espuria reconstrucción del pasado, una obscena interpretación del presente y una utópica proyección del futuro posterior al inminente advenimiento de la independencia, cuando por fin los catalanes volveremos a ser libres después de trescientos años de opresión española.

Poco importa que la versión oficial de una Cataluña soberana y democrática anterior a 1714 se compadezca mal con la historia generalmente aceptada por los historiadores serios –Raymond Carr, John H. Elliott o Henry Kamen, entre otros, han mostrado su estupefacción ante ese relato mágico construido por el nacionalismo en aras de la independencia-. Pero ¿qué necesidad tienen los independentistas de ajustarse a la realidad histórica, pudiendo inventársela a placer prevaliéndose del -relativamente comprensible- desconocimiento general a tal respecto? Se non è vero, è ben trovato, que dicen en italiano.

Pasado, presente y futuro configuran en el imaginario nacionalista un relato coherente basado en la persecución sistemática del pueblo catalán por el Estado español -curiosa persecución aquella que, en la práctica, ha desembocado en una eclosión independentista radicada en la región más rica y más avanzada de España, ¡dichoso hostigamiento!-. La persecución se extiende, al menos, desde 1714 hasta nuestros días estableciendo un continuo que va desde Felipe V hasta Felipe VI y de Rafael Casanova a Artur Mas. Todo cuadra, la narración histórica es redonda. Nada falta ni sobra.

Por supuesto, la historia que narran los nacionalistas es teleológica, es decir, tiene un propósito que subyace en todo momento de esa historia y que no es otro que la independencia de Cataluña. Así, los catalanes siempre han aspirado a librarse del resto de España, es decir, en realidad siempre han sido independentistas -diga lo que diga la historiografía más solvente, Rafael Casanova, Antoni de Capmany, el general Prim o Francesc Pi i i Margall eran independentistas a carta cabal-, por lo que los catalanes de hoy no tenemos más remedio que actuar de acuerdo con el guión escrito, desempeñando cada cual su papel en esta tragicomedia. Los que siempre han vivido conforme al relato dominante no tienen más que seguir haciéndolo a su sabor, mientras que los que ni siquiera hemos leído el libreto subyacente sólo tenemos que aceptar a tientas nuestro papel de comparsa y plegarnos a esa etérea voluntad del pueblo a la que apelaba el presidente Mas en las elecciones del 2012.

El nacional-independentismo constituye un ejemplo paradigmático de lo que el pensador británico John Gray denomina “religiones políticas” contemporáneas, basadas en “mitos laicos” que “reproducen la forma narrativa del género apocalíptico cristiano” y que no son más que “modos de aceptar aquello que es imposible saber”. Así, el nacionalismo, en la medida en que renuncia a un conocimiento mínimamente ecuánime de la realidad, sólo puede ser un acto de fe en una comunidad imaginada como blanco de una conspiración planetaria -esencialmente española- cuyo objetivo es acabar con dicha comunidad. “Lo único que nos podría y nos podrá salvar -del intento de España de ‘residualizar’ (sic) a los catalanes- sería y será el pensamiento y la actitud independentistas”, decía en marzo del 2012 uno de los padres de la criatura, Jordi Pujol. Y esa es precisamente la base apocalíptica del relato independentista que su sucesor, Artur Mas, propala a los cuatro vientos, sin ir más lejos en su último mensaje de fin de año: “El Estado nos quiere divididos porque sabe que así somos más vulnerables”.

Señala Gray que “los espejismos colectivos de persecución sirven para fortalecer una frágil sensación de acción propia”, observación que me parece perfectamente aplicable al caso que nos ocupa, pues la acción de gobierno de la Generalitat en estos últimos dos años ha estado definitivamente marcada por el victimismo y el ensimismamiento. Pero lo cierto es que esa pretendida autoafirmación reactiva conlleva necesariamente el alejamiento entre los catalanes que creen experimentarla y los que no vivimos nuestra catalanidad conforme a ese relato divisivo que, desgraciadamente, preside nuestra vida pública como una suerte de fe revelada.

De ahí la importancia de seguir poniendo en cuestión los dogmas de ese “credo secular” que es el independentismo, aun a riesgo de pasar a engrosar la ya de por sí abundante demonología del nacionalismo, lo cual, bien mirado, no dejaría de ser un honor comoquiera que ésta incluye en una sola lista negra a pensadores foráneos de la talla de Carr, Elliott, Kamen o, más recientemente, Jürgen Habermas, que se unen a demonios patrios como Félix de Azúa, Fernando Savater, Mario Vargas Llosa o cualquiera que cuestione el “relato”. La pregunta es clara: ¿hay alguien que se oponga al relato dominante que no sea un facha según el propio relato? Gray concluye que esos credos seculares “son más irracionales que ninguna fe tradicional, aunque sólo sea porque se esfuerzan mucho más por dar muestras de racionalidad”. Supongo que ese esfuerzo es lo que en su día llevó a Jaume Sobrequés, director del simposio España contra Cataluña, una mirada histórica (1714-2014) perpetrado al calor del relato, a catalogar de “científico y académico” lo que el demonio Elliot había tildado de disparate.

La historia no está escrita, sino que somos nosotros como individuos, y no como meros espectadores de un relato sumamente reduccionista que todo lo explica, los responsables de ella. España -Cataluña incluida- es como es: esencialmente imperfecta, con sus grandezas y sus miserias. Por supuesto que es perfectible, pero sólo desde el realismo reformista y no a partir de relatos basados en sueños de liberación colectiva que hablan de países nuevos, que por alguna impenetrable razón nada tendrán que ver con los viejos, sueños que, al despertar, sólo pueden generar frustración.

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El rerefons de la independència

(Article publicat a Crònica Global el 18/09/2013)

Admeto que, mentre escoltava atentament els discursos dels líders dels grups parlamentaris catalans amb motiu del Debat de Política General intentant fer-ne una anàlisi des del punt de vista de la comunicació política, de sobte em va assaltar un sorprenent sentiment de fraternitat cap alguns amb qui pràcticament no comparteixo cap altra cosa que la condició de català, com ara el mateix president Mas. No el conec personalment i, per tant, més enllà de les profundes discrepàncies ideològiques sóc incapaç de sentir una animadversió personal cap a ell, però l’altre dia em vaig adonar d’una cosa que ja intuïa però que mai no havia vist amb tanta claredat: no vull separar-me ni d’ell ni de la immensa majoria dels meus conciutadans, sigui quina sigui la seva ideologia. Entenc que quan dic això estic desposseint la política catalana i, per extensió, l’espanyola d’una de les seves principals raons de ser avui dia, per no dir la més fonamental: la confrontació entre partidaris i detractors de la independència, essencialment basada en la dialèctica amic/enemic de la qual parlava Carl Schmitt. Aquesta dialèctica consisteix a tenir molt clar quins són els nostres amics, és a dir, els qui demostren la seva adhesió indestructible a la nostra causa, sense matisos. Tota la resta són enemics: o estàs amb mi o estàs contra mi. A la Catalunya d’avui “la moderació serà estigmatitzada com a virtut de covards”, parafrasejant un del pares del pensament liberal conservador, Edmund Burke, a la seva obra Reflexions sobre la Revolució Francesa. Si t’entestes a trobar fórmules transaccionals o de concòrdia et penjaran el capell d’anticatalà o botifler.

Òbviament, a mi el que em preocupa no són ni Mas ni Junqueras, sinó en Jaume, l’amo del bar de la cantonada amb qui sempre he mantingut una relació personal estupenda però que, des que va començar el procés de reduïment de la política catalana a la qüestió de la independència, s’ha enterbolit considerablement. El problema per a mi no són els líders polítics sinó en Jaume, o el veí del quart, o encara més, el meu sogre. Insisteixo, jo no em vull separar d’ells i per això no entenc la seva fixació, perquè no ens enganyéssim, la independència que Mas i Junqueras interessadament plantegen en termes estrictament territorials o polítics (ahir van arribar a dir que estimen Espanya, però que no es fien de l’Estat espanyol) cal plantejar-la també o, més ben dit, sobretot des d’un altre punt de vista al meu parer més important. Perquè és molt probable que es doni el cas que aquell amb qui no volen conviure no sigui el qui viu a Madrid, a Sevilla o a Santander, sinó el seu veí, el seu company de feina o el seu cunyat, en definitiva amb el català que viu la seva catalanitat d’una altra manera, que pot ser tant o més intensa que la dels independentistes i que, en tot cas, fins ara s’ha sentit part i d’alguna manera artífex de la societat catalana. Els independentistes haurien d’entendre que la seva anhelada independència no només suposa el trencament amb la resta d’Espanya sinó també amb prop de la meitat del poble català, aquells que preferim continuar essent plurals i diversos en la nostra pròpia identitat i que considerem que catalanitat i espanyolitat són perfectament compatibles, perquè ser catalans és la nostra manera de ser espanyols.

Abans deia que si t’entestes a trobar fórmules transaccionals o de concòrdia et penjaran el capell d’anticatalà o botifler, cosa que em sembla especialment perillosa, perquè, seguint Burke, sóc partidari de trobar solucions intermèdies que no comportin grans ruptures amb la nostra constitució històrica, en la mesura en què correm el risc de perdre herències importants que en bona part expliquen la nostra història i ens donen claus per a la interpretació del nostre present així com del nostre futur. En aquest sentit, s’ha de dir que quan els independentistes proposen acabar amb el proverbial pactisme català i desespanyolitzar Catalunya mitjançant un trencament abrupte del paraigua jurídic i de l’espai de convivència de què catalans i espanyols no catalans ens hem anat dotant, per bé o per mal, al llarg de més de cinc-cents anys el que en definitiva proposen és descatalanitzar Catalunya, en la mesura en què Catalunya és part indissociable d’Espanya i viceversa.

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El compromiso de Rajoy con Cataluña

Se espera con expectación, sobre todo desde Cataluña, que en otoño Rajoy responda a la carta de Mas y que la respuesta esté a la altura del presidente del Gobierno de un Estado democrático de Derecho. Sin embargo, a menudo se deja de lado que el destinatario de la carta debe responder al contenido de esta, que no olvidemos que parte de una serie de apriorismos como el llamado “derecho a decidir” de todo punto inaceptables, no ya para el Gobierno español de turno sino para cualquier Estado democrático de Derecho.

De entrada, porque el remitente se empeña en proclamar el carácter democrático de su aspiración, olvidando que la democracia no es sólo la regla de la mayoría, sino también la sujeción de los poderes públicos a la ley; el respeto a los derechos y libertades fundamentales de los ciudadanos como tales, con independencia de sus adscripción ideológica o identitaria; y la protección de las minorías. Es decir, a pesar de prescindir de aspectos tan esenciales de la concepción contemporánea de la democracia, o sea, de la democracia constitucional, la carta presenta la consulta como la quintaesencia de la democracia. Primer apriorismo inaceptable de la carta.

Por otra parte, la carta plantea la independencia de Cataluña no como un objetivo político sino como un derecho, es decir, apelando al derecho de autodeterminación de Cataluña en los términos que recoge la ONU, aunque disimulando bajo el eufemismo del “derecho a decidir”. Pues bien, tan evidente resulta a la luz de las resoluciones y acuerdos de las Naciones Unidas que este derecho se limita al caso de pueblos que se hallen en una situación de dominación colonial u ocupación militar, como que ni Cataluña, ni el País Vasco ni ninguna otra nacionalidad o región española se hallan en esta situación. Pero a pesar de la puerilidad de tal pretensión el apunte no es accesorio, puesto que en la práctica hace referencia a un aspecto medular de la carta de marras y, en general, del discurso del Gobierno catalán. Soslayando la evidencia, los independentistas insisten en atribuir de entrada al pueblo de Cataluña la condición de sujeto político y jurídico soberano –véase la declaración soberanista aprobada el pasado 23 de enero por el Parlamento de Cataluña, ahora suspendida por el Tribunal Constitucional-, contraviniendo así los dos primeros artículos de la Constitución española, que atribuyen la soberanía nacional al conjunto del pueblo español y consagran la indisoluble unidad de la nación española. Segundo apriorismo inaceptable de la carta.

Es decir, el punto de partida institucional de la travesía a Ítaca es a todas luces inconstitucional y el canal es, por tanto, innavegable; y eso no es culpa de Madrid, sino del patrón Mas y su contramaestre Junqueras, que parece ser quien dirige las maniobras desde la sombra con el único objetivo de provocar el tan traído y llevado “choque de barcos”. Quieren llegar a Ítaca rápido y a toda costa, aunque sea en cuadro y tras un calamitoso naufragio. Cuando digo que quien imposibilita el diálogo a este respecto no es Madrid me refiero a que en España -a diferencia de otros países como Alemania, donde la Constitución prevé algunas cláusulas de intangibilidad, es decir, preceptos como el de la unidad del Estado que son irreformables- la secesión es un objetivo político perfectamente legal y legítimo siempre que se acometa desde el más escrupuloso respeto a la legalidad y no tratando de eludirla mediante apriorismos inaceptables, como digo, para cualquier Estado democrático de Derecho. Prueba de ello es que no hay en el mundo ni un solo Estado democrático que reconozca a sus territorios integrantes el derecho a la autodeterminación, ni siquiera Canadá o el Reino Unido, los casos que los nacionalistas catalanes traen siempre en la boca. De hecho, las habituales alusiones de políticos y tertulianos nacionalistas al caso de Canadá o, mejor dicho, de Quebec, donde ya se han celebrado dos referéndums sobre la independencia, resultan especialmente equívocas porque suelen obviar el hecho de que los dos referéndums (1980 y 1995) son anteriores a la aprobación de la Ley de Claridad (2000). Conviene recordar que desde su aprobación no se ha vuelto a celebrar ningún referéndum, precisamente porque su letra choca frontalmente con la interpretación unilateral de la democracia que propugnaban antaño los partidarios de la secesión de Quebec y hogaño los de la independencia de Cataluña, en la medida en que establece entre otras cosas que “la secesión de una provincia, para ser legal, requeriría una reforma de la Constitución de Canadá” y que “una modificación de ese tipo exigiría necesariamente negociaciones sobre la secesión en las que participarían en especial los gobiernos del conjunto de las provincias y de Canadá”. Es decir, nada de subjetividad política y jurídica, ni de derecho de autodeterminación ni de contraponer legalidad y legitimidad democrática. Democracia constitucional, nada más.

CiU y ERC no persiguen una consulta ajustada a los procedimientos que establece la Constitución de cara a una modificación tan sustancial del marco de convivencia de todos los españoles, sino precisamente la supresión de ese espacio en un intento descarado de aprovechar pro domo súa la crisis que desde hace un lustro viene sufriendo nuestro país. Pero resulta que la Constitución española, como todas en mayor o menor medida, tiene como uno de sus principales objetivos preservar la estabilidad política y la predictibilidad en la actuación de los poderes públicos, principios que en definitiva tienden a garantizar la seguridad jurídica que debe presidir el funcionamiento de todo Estado de Derecho. La Constitución actúa, en palabras del noruego Jon Elster, como una suerte de precompromiso o autorrestricción que nos blinda contra nuestra propia inclinación a tomar decisiones oportunistas e inopinadas en momentos de crisis como los actuales. Rajoy debe mostrar su disposición dialogadora en el marco de la Constitución, cuya reforma es y debe ser difícil aunque no imposible, y sobre todo mantenerse firme en su compromiso constitucional con los ciudadanos de Cataluña y del conjunto de España. 

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