Archivo mensual: octubre 2016

… Y al salir de Catalunya Ràdio

Miércoles 12 de octubre de 2016. Salgo de Catalunya Ràdio cansado, por no decir hasta las narices, de rebatir -siempre en minoría unipersonal- las falacias que copan por completo el debate público catalán. Por orgullo prefiero pensar que acabo de participar en un debate, aunque en el fondo soy consciente de que he sido objeto de un atropello, el enésimo, impropio de una sociedad democrática, tratándose como se trata de una radio pública que pagamos entre todos los ciudadanos, compartamos o no el descarado objetivo de los medios dependientes de la Generalitat, que no es otro que la ruptura entre Cataluña y el resto de España.

En esta ocasión el tema del día era la celebración de la fiesta nacional de España, la Hispanidad, y tres de los cuatro tertulianos compartían sin apenas matices la grotesca tesis de que se trata de una fiesta de origen franquista, que conmemora nada menos que un genocidio perpetrado por “los españoles”, lo que, en definitiva, se supone que demuestra una vez más el carácter esencialmente antidemocrático, incluso inhumano y en cualquier caso perverso de España y de los españoles.

Poco importa el hecho de que el 12 de octubre se celebre por todo el mundo desde mucho antes de que naciera el dictador de El Ferrol. En España, por lo menos desde 1918. Da igual, el día de la Hispanidad es una fiesta franquista y sanseacabó, lo cual por supuesto supone la constatación de que el actual Estado español no es más que la continuación del régimen franquista. También el himno, la Marcha Real de 1761, y la bandera de España, de 1785, son por arte de bilibirloque nacionalista obra de Franco, nacido en 1892. Cuando, el otro día en Catalunya Ràdio, trataba de que mis contertulios asumieran que Franco no fue un hombre excepcional de longevidad sobrenatural como Fausto, que vendió su alma a Mefistófeles a cambio de la inmortalidad, y que por tanto no tenía ningún sentido atribuirle tanto alcance histórico, uno de ellos exclamó: “¡Ah!, ¿no? ¿Y entonces por qué ahora el himno no tiene letra? Antes tenía una, la de Pemán, pero se la tuvieron que quitar porque era franquista”, concluyó respondiéndose a su pregunta bajo la atenta mirada de los otros dos contertulios, arrobados ante tamaño despliegue de conocimiento.

La verdad es que para alguien medianamente leído no resulta fácil estar a la altura en este tipo de coloquios. El caso es que la letra de Pemán ni siquiera es del periodo franquista, sino que el poeta gaditano la escribió por encargo de otro dictador, Miguel Primo de Rivera, que por cierto se enseñoreó del poder en España espoleado por la burguesía catalana, que -como explica el historiador israelí Shlomo Ben Ami- fue la que creó la atmósfera histérica que ungió a Primo de Rivera con la aureola de “salvador”. Pero eso forma parte de la historia de Cataluña que los nacionalistas han tenido a bien borrar para franquear el paso hacia Ítaca. Lo mismo ocurre con la importante participación de catalanes en el descubrimiento y colonización de América. Los nombres de, entre otros, Pere Margarit, Gaspar de Portolà, Pere Alberni o Joan Orpí, fundador de la Nueva Barcelona en Venezuela, han sido debidamente obviados para que en días como el de la tertulia de marras mis contertulios pudieran hablar cómodamente del genocidio cometido por “los españoles”.

Sea como fuere, la letra de Pemán solo fue oficial durante apenas 35 años de los ¡255! que tiene la Marcha Real. Pero el himno de España, al igual que su bandera, es una herencia franquista, ¡claro que sí! Los nacionalistas lo reconstruyen todo, o directamente se lo inventan. Y si la Historia no coincide con su interpretación, pues tanto peor para la Historia. Tan convencidos están de la potencia de su aparato de propaganda que ni siquiera les preocupa que su reconstrucción de autoconsumo no sea de ninguna manera compatible con la historiografía rigurosa de los principales historiadores de aquí, como Jaume Vicens Vives, y de fuera, como John H. Elliot.

De la misma manera que pretenden borrar de la historia la participación catalana en la conquista de América, tampoco les interesa que trascienda que los diputados catalanes, entre otros Ramon Llàtzer de Dou, fueron de los más escépticos cuando las Cortes de Cádiz abolieron el Santo Oficio; ni que algunos de los principales esclavistas españoles fueron catalanes. Presentan a España -Cataluña aparte, claro está- como un país atrasado, ultraconservador y oscurantista, pero soslayan episodios incómodos como la Guerra dels Malcontents, una insurrección de carácter absolutista y antiliberal, antecedente de las Guerras Carlistas, que estalló en Cataluña en 1827 al grito de “Visca el Rei i mori el mal govern!”. Ni que decir tiene que tampoco eran catalanes algunos de los principales patrocinadores del alzamiento del 18 de julio de 1936, como Francesc Cambó y Joaquim Bau; ni dos de los principales ideólogos del nacionalcatolicismo, Isidre Gomà y Enric Pla i Deniel; ni muchos de los ministros de Franco como Pere Gual i Villalbí o Laureano López Rodó.

Los nacionalistas han trazado una línea divisoria moral que recorre la historia desde la Antigüedad hasta nuestros días. A un lado, quedan “los españoles” con su colonización, su imperialismo, su tráfico de esclavos, su militarismo, su Inquisición, su absolutismo, su autoritarismo, su africanidad y su naturaleza corrupta y costumbres bárbaras. Al otro, los catalanes, que nada tenemos que ver con toda esa inmundicia española y que nos parecemos mucho más a los europeos septentrionales. De ahí que nos queramos ir. Así de fácil. No hay duda de que todo eso flota en el ambiente de la Cataluña nacionalista.

“Los españoles”, claro, están siempre en el lado oscuro de la historia. Así, la colonización española, a diferencia de la inglesa, fue esencialmente destructora, un “genocidio” por emplear el término más repetido estos días por políticos y tertulianos nacionalistas y populistas. Debe de resultar tan cómodo opinar sin necesidad de documentarse previamente leyendo, por ejemplo, a uno de los hispanistas más prestigiosos, Elliot, que, en su obra Imperios del mundo atlántico. España y Gran Bretaña en América (1492-1830), analiza las similitudes y diferencias entre ambas colonizaciones. Elliot concluye que “la colonización española fue mucho más inclusiva que la británica” y atribuye el juicio en contrario a una mezcla de “pereza intelectual, narcisismo anglosajón y prejuicios creados por la Leyenda Negra”. Basta cambiar “anglosajón” por “nacionalista catalán” para entender el festival de ignorancia que hemos visto estos días por estos pagos, donde predomina la pereza intelectual y la Leyenda Negra se ha convertido en dogma de fe.

Lo preocupante es que ese tipo de cosas las dicen sin ningún rubor periodistas, historiadores, profesores de Universidad, etcétera. Así pues, es probable que, por decirlo en palabras de Julián Marías, todo ello no proceda de la “falta de información”, sino del “exceso de deformación”, y eso “tiene menos que ver con la ciencia histórica que con la política”.

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¡Que hablen los independentistas!

(Artículo publicado en catalán el pasado 21 de agosto en la edición digital de El País)

El miércoles 3 de agosto coincidí en la tertulia de El Món a Rac1 con Marta Pascal, flamante coordinadora del Partit Demòcrata Català (PDC). Mantuve con ella un intercambio de impresiones que creo que vale la pena reproducir tal cual, pues pone de manifiesto hasta qué punto los independentistas tienen interiorizada la ominosa doctrina decisionista de Carl Schmitt, que supone la destrucción de la Constitución y del Estado de Derecho y la sustitución de la institucionalidad deliberativa por la democracia aclamativa de las muchedumbres en plazas y calles.

A cuento de la polémica sobre el fallido intento del PDC de obtener grupo propio en el Congreso, Pascal traía a colación unas supuestas palabras del diputado del PP Pablo Casado, que habría exigido a los nacionalistas que se retractasen de su voto en el Parlament a favor de la desconexión unilateral con la legalidad española. Pascal acusaba a Casado y, de paso, al Tribunal Constitucional (TC) de tratar de impedir el debate en el Parlament y en la calle, a lo que yo repuse:

-Lo que se está intentando impedir por el TC es que ustedes tomen decisiones más allá de las competencias que tiene el Parlament, que vulneren la legalidad, no solo la Constitución sino también el Estatuto de Autonomía, y que tomen decisiones como si tuvieran la mayoría que no tienen para tirar adelante su proyecto político.

-Nosotros estamos situados en un clamor (sic), que nos dice la gente: “Escuchad, dad salida política a un nuevo Estado para Cataluña”, y nosotros a través del Parlament y de las instituciones y haciendo caso absoluto a la voluntad de la gente -con el 47,8% de los votos, conviene recordarlo- le estamos dando viabilidad. Y yo no quiero formar parte de un Estado que a sus parlamentarios no les deja hacer el debate ni les deja tomar decisiones en base a una mayoría parlamentaria que existe, porque la mayoría parlamentaria de 72 diputados sale de la gente el 27 de septiembre (2015).

-Esa mayoría que no les permite ni siquiera hacer una ley electoral catalana -la mayoría cualificada que establece el Estatut para la toma de decisiones de especial trascendencia es de 90 diputados-, ¿me está diciendo que les permite tirar adelante un proceso de desconexión con la legalidad española e internacional? No me parece demasiado coherente.

-Usted, que conoce los sistemas parlamentarios, sabe que si tienes la mayoría absoluta puedes tirar adelante determinadas leyes… ¿Estamos de acuerdo o no?

-Determinadas leyes, según sus competencias. Exactamente.

-Pues están las leyes de mayoría cualificada, por ejemplo, vale, el caso de la ley electoral…

-¡Ah, la independencia no necesita una mayoría cualificada…! Yo pensaba que era una decisión de especial trascendencia.

-La independencia lo que necesita es que la mayoría esté situada en las calles y las plazas (sic), y lo que usted me demuestra es que se pasea poco por las calles y plazas de este país.

Escuchando de nuevo la tertulia, me doy cuenta de que tienen razón quienes me acusan de hablar demasiado. Está claro que debería hablar menos y dejar que los políticos y tertulianos independentistas con los que coincido diariamente se despachen a gusto, pues su discurso de un tirón, sin interrupciones, resulta demoledor para su propia causa. El discurso de Pascal, por ejemplo, es fiel trasunto del deterioro que de un tiempo a esta parte viene sufriendo el debate público en Cataluña. Le digo que no tienen mayoría suficiente para hacer lo que están haciendo y ella me recrimina que pasee poco. Alucinante. Si no fuera porque es dramático, resultaría hasta divertido. En todo caso, señora Pascal, le aseguro que pasearía hasta la extenuación siempre que nuestros gobernantes se comprometieran, a cambio, a respetar la Constitución, el Estatuto de Autonomía y las resoluciones del TC, que son las bases de nuestro Estado democrático de Derecho y la garantía de nuestros derechos y libertades fundamentales como ciudadanos.

Por cierto, en la misma tertulia el periodista Vicent Sanchís me recriminó mi propensión a defender la Constitución en los debates en los que participo, tildándome de “pesado” por decir “siempre lo mismo”. En otras muchas ocasiones me he encontrado en debates con políticos y comentaristas reconviniéndome ora con paternalismo, ora con indignación por mi defensa de la Constitución como si, en lugar de defender el cumplimiento de la ley, estuviera defendiendo el tráfico de drogas, la trata de blancas o, en cualquier caso, algo muy grave. ¿Acaso alguien se imagina ese tipo de reprimendas en algún otro país civilizado, Estados Unidos por ejemplo? Come on, look at you. You are always defending the Constitution, for God’s sake! Please stop it! Quizá algún día Donald Trump… Hasta ese punto de degradación pública hemos llegado en Cataluña al calor del proceso.

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Al salir de TV3

Martes 20 de septiembre de 2016. Salgo de TV3 cansado, por no decir hasta las narices, de rebatir -siempre en minoría unipersonal- las falacias que copan por completo el debate público catalán. Que si “no nos dejan votar”; que si “Cataluña es una colonia”; que si “España maltrata a Cataluña”; que si “la gente tiene derecho a decidir”; que si “España nos roba” o, lo que es lo mismo, “nos expolia”; que si “ya está bien de solidaridad con los andaluces, que se pasan el día en el bar con el dinero de los catalanes”, que si “lo que hay que hacer no es darles pescado sino enseñarles a pescar”; que si “los niños extremeños tienen ordenadores y los catalanes no”; que si “la Constitución del 78 es herencia del franquismo”, que si “no es legítima porque la mayoría de los catalanes de hoy no la votamos”; que si “España es un Estado de baja calidad democrática”; que si “un Tribunal nunca puede estar por encima de la voluntad de un pueblo”; que si “la Guerra de Sucesión fue una guerra de España contra Cataluña, al igual que la Guerra Civil”; que si “los que se oponen al sistema de inmersión lingüística obligatoria en catalán no son partidarios de un modelo bilingüe o trilingüe como dicen, sino de exterminar la lengua catalana”; que si “Mas está procesado por poner urnas”; que si “con España no hay nada que hacer”…

Estas son algunas de las principales obscenidades que presiden nuestro malsano debate público. Ningún observador mínimamente ecuánime podrá negar la abrumadora omnipresencia en las alocuciones políticas y tertulias catalanas de toda esa patulea, que es la base argumental sobre la que se construye un género muy arraigado por estos pagos: la tertulia de tesis, esto es, aquella que se plantea como objetivo principal el desarrollo y la promoción de una determinada opinión o ideología. En Cataluña la tesis es que ésta es una nación natural, telúrica, esencialmente buena, que desde hace al menos tres siglos vive una situación de opresión insostenible dentro de un Estado artificial y pérfido, España, que por supuesto no es una nación.

La tertulia de tesis puede presentarse en dos modalidades. Por un lado, tenemos el tipo “Todos a una”, generalmente un debate a cuatro entre un independentista de toda la vida, un independentista sobrevenido, un independentista en vías de desarrollo y un “no independentista” que votó Sí-Sí en la kermés del 9-N. A veces incluso hay un quinto tertuliano, pretendidamente ambivalente pero partidario acérrimo del derecho a la autodeterminación de Cataluña, aunque lo más habitual es que hable del “derecho de la gente a decidir”, sin precisar que la única gente que tiene derecho a decidir somos los catalanes. Ni el conjunto de los españoles, ni los barceloneses ni ninguna otra gente.

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La otra modalidad de tertulia de tesis es la de “Todos contra uno”, más perversa si cabe por lo que tiene de impostada pluralidad. Cuando la realidad se reduce a un único tema, la secesión, y las tertulias resultan monográficas, entonces la presencia de un solo tertuliano opuesto a la tesis de la tertulia -que defienden de consuno los otros tres o cuatro opinantes además del moderador, a veces incluso reforzados por la opinión de algún telespectador que entra por teléfono- solo sirve para proyectar la idea de que se trata de una posición minoritaria, incluso extravagante, en la sociedad catalana. Esa pluralidad impostada, distorsionada, es la misma que se da en las series de televisión de TV3 en las que -como en su día denunció el corresponsal en España de The Wall Street Journal- “solo hablan castellano prostitutas y delincuentes”. Si de verdad tuvieran la intención de reflejar la pluralidad lingüística de Cataluña, al menos la mitad de los personajes de las series de TV3 tendrían que hablar habitualmente en castellano y el uso alternativo de ambas lenguas en el trabajo, en la calle y en los hogares de los protagonistas debería ser lo más natural. Pero, al igual que tras las tertulias de tesis separatista subyace la pretensión de que lo “normal” es ser independentista, existe en esas series de TV3 una indisimulada intención de instalar en el imaginario colectivo de los catalanes la idea de que lo “normal” en Cataluña es hablar en catalán y que el castellano es cosa de marginales e inadaptados.

Alguien que no acepte la retahíla de sinrazones de la opinión prevaleciente en los medios catalanes, y que se atreva a manifestarlo tantas veces como le parezca preciso, se verá indefectiblemente sometido a un agotador acoso y derribo por parte de sus contertulios. Es triste reconocerlo, pero la convivencia en Cataluña, si se quiere tranquila, se levanta hoy sobre la resignada asunción por muchos catalanes no nacionalistas del ofensivo decálogo nacionalista, basado en el desprecio a España y a los españoles pero sobre todo a los catalanes que nos sentimos españoles. Cada vez que oigo al presidente de la Generalitat referirse a “los demócratas del no” o a “los partidos que no quieren la independencia pero que son demócratas”, es decir los que se declaran partidarios del referéndum pero no de la secesión, se me revuelve el estómago. El resto, claro, no somos demócratas. Y Puigdemont se queda tan ancho.

Solo hay que repasar la hemeroteca para darse cuenta de que si el resto de los catalanes, los que nos sentimos en mayor o menor medida comprometidos con el proyecto común español, mostrásemos el mismo desprecio por ellos que el que ellos muestran por nosotros, la convivencia en Cataluña sería insostenible. De ahí que muchos catalanes -posiblemente la mayoría- hayan decidido mirar hacia otro lado y prefieran no discutir con la Rahola de turno, no solo en las tertulias de radio y televisión sino también en las cenas y reuniones con amigos y familiares.

Lo peor de esa actitud de resignación es que por su culpa el rosario de falacias que detallaba en el primer párrafo de este artículo ha ido calando progresivamente en la sociedad catalana, incluso entre capas de la población tradicionalmente refractarias al discurso nacionalista. Ello ha permitido a los nacionalistas erigirse en representantes exclusivos y abusivos de la catalanidad, monopolio que no solo resulta hoy por hoy fatigoso sino que puede acabar teniendo consecuencias aciagas en el futuro. En este sentido, tengo muy presente el testimonio de un ciudadano británico de a pie que el día antes del referéndum sobre la continuidad del Reino Unido en la UE, cuando todos los analistas políticos daban por hecho que la opción continuista se impondría, respondía así a la pregunta de un periodista de Antena 3: “Creo que el Brexit va a ganar, porque sus partidarios no llevan cuarenta días, como los partidarios del Brimain, sino cuarenta años haciendo campaña en contra de la UE”. Seguramente los partidarios de la continuidad del Reino Unido en la UE también pensaban que el Brexit no ocurriría nunca.

Decía al principio que aquel día salía de TV3 hasta las narices de rebatir siempre las mismas falacias. Al salir, cojo un taxi, me arrellano en el asiento y respiro tranquilo… hasta la próxima tertulia. Poco me dura la tranquilidad. El taxista, que me ha visto salir de TV3 con Carod Rovira, tiene ganas de hablar de política. Me cuenta que su familia es originaria de Salamanca y que, aunque él nació en Barcelona, sigue teniendo allí mucha familia. Me dice que él no es nacionalista, que el nacionalismo es de derechas y blablablá, pero que lo que sí que le parece innegociable es el referéndum sobre la independencia, “porque es lo más democrático, porque la gente tiene derecho a decidir…”. Ya estamos otra vez. Me malicio que el taxista no considera “gente” a sus parientes salmantinos, porque solo así se explicaría que les niegue el derecho de la gente a decidir. Supongo que “la gente” se acaba más allá del Ebro.

Después de una intensa tertulia con Carod y Empar Moliner, prefiero no entrar al trapo. Necesito un respiro. El taxista sigue hablando. Lo oigo pero no lo escucho… Me resisto a interrumpirle hasta que me dice que, como catalán, está harto de ser solidario con los andaluces. Suspiro y asumo que mi responsabilidad como ciudadano comprometido no se acaba en las tertulias. Empiezo por constatar que los impuestos no los pagan los territorios sino los ciudadanos, que la redistribución de la riqueza es un principio universal de justicia social…, pero en seguida compruebo que el prejuicio nacionalista ha hecho mella en él, que dice no ser nacionalista. Decido asumir su lenguaje por un momento y le pregunto que si, de la misma forma que como catalán está harto de ser solidario con los andaluces, también está harto como barcelonés de ser solidario con el resto de los catalanes, puesto que el “déficit fiscal” -sigo utilizando la terminología nacionalista- entre Barcelona y el resto de Cataluña es mucho mayor que el de Cataluña con el resto de España, y aquí a nadie se le ocurre decir que “Catalunya ens roba” o que Barcelona sufre un “expolio fiscal”. Me dice que quizá tenga razón, que nunca se lo había planteado desde ese punto de vista. Claro. Ya puestos, le pregunto si realmente, como barcelonés de origen charro, se siente más vinculado a un desconocido de Olot que a sus parientes de Salamanca, si de verdad cuando piensa en su “gente” piensa en el olotense y no en el salmantino. No y no. Fin de trayecto.

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