Archivo mensual: febrero 2015

Crear comissionats

“Vostè és una persona que cada vegada que parla té un grau d’excitació més gran i cada vegada la toca menys, perquè, fixi’s, ahir no es van crear comissions, es van crear comissionats, que no és el mateix… Són coses molt elementals que una diputada amb l’experiència de vostè ja hauria de saber a aquestes alçades”, li va etzibar amb aires de suficiència el president Mas a la presidenta del PP català, Alícia Sánchez-Camacho.

De fet, Sánchez-Camacho havia fet servir els dos termes -comissió primer i comissionat després- amb el mateix sentit, però, posats a filar prim, quan s’equivoca no és -com pretén el president- quan empra el substantiu “comissió” sinó quan utilitza l’adjectiu “comissionat”. Segons el diccionari de l’Institut d’Estudis Catalans, comissionat o comissionada és la persona encarregada de portar a terme alguna activitat concreta, és a dir, de portar a terme una comissió, que -segons el mateix diccionari- és el “poder confiat a algú per l’autoritat en una circumstància i per un temps determinat”. Humilment crec que vostè, benvolgut president, que encara és l’autoritat -per molt que de tant en tant es disfressi de revolucionari-, el que ha fet nomenant Bassols i Viver Pi-Sunyer és, precisament, això: confiar un poder a algú en una circumstància i per un temps determinat. El comissionat és la persona que assumeix una comissió, però no deixa de ser una persona. És per això que resulta especialment inquietant la supèrbia amb què el president va corregir Sánchez-Camacho, dient que “es van crear comissionats”, tot i que segurament per algú que és capaç de desafiar l’Estat del qual ell n’és la màxima representació a Catalunya no hi ha res impossible, ni tan sols fer persones com el suprem faedor. A la resta de mortals no ens és donat això de “crear” comissionats. El president Mas, però, el que sí que pot fer és nomenar comissionats per exercir una comissió, que tampoc no és qualsevol cosa.

Entenc que aquest ús incorrecte i, tot s’ha de dir, una mica cursi i pedantesc de l’adjectiu comissionat s’ha estès de tal manera que a molts ja els sembla absolutament correcte, i per això no se m’acudeix anar pel món corregint tot aquell que l’usa. Però, en realitat, qui s’equivoca és el mateix Mas atrevint-se a corregir algú per dir correctament alguna cosa, com a mínim un parell de vegades. Ara bé, la resposta ràpida de Mas sembla  d’allò més efectista, perquè, lluny d’aportar alguna dada interessant per al debat parlamentari, pretén fer l’efecte de ridiculitzar la seva interlocutora, una diputada experimentada que a aquestes alçades hauria de saber coses tan elementals com les que li descobreix el molt honorable… filòleg. Curiosament el mateix Mas, cofoi com el púgil convençut d’haver noquejat l’adversari al primer assalt, també va acusar Sánchez-Camacho de falta d’educació i de fer de tertuliana al Parlament. Cap geperut no és veu el seu gep…

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Tres anécdotas bastante categóricas

Perich lengua

Primera. Recuerdo la contrariedad de Pilar Rahola con un reportero del programa Migdia de 8TV por dirigirse en castellano a un entrevistado, concretamente el primer alumno gitano de un conocido colegio de Badalona que accedía a la universidad. “No entiendo por qué le habla en castellano, me parece una discriminación”, recriminó impasible Rahola, que acto seguido soltó como un resorte algunos de los tópicos más habituales del victimismo lingüístico. Que si los catalanohablantes todavía tienen el “estigma” de hablar en castellano cuando les hablan en castellano, que si “los únicos que cambian de lengua son los catalanohablantes”, que si “el catalán siempre cede” y blablablá. Ni que decir tiene que tales manifestaciones no son nuevas ni originales, sino que, por desgracia, forman parte de nuestra cotidianidad, de ahí que Rahola y compañía las presenten como lo más normal del mundo y que cuando alguien se las rebate le acaben diciendo, en el mejor de los casos, cosas como lo que me dijo a mí Rahola: “¡Hijo mío, qué pesado eres…!” Claro, ¡con lo fácil que sería que todos aceptáramos su verdad sin rechistar! Y es que ¿a quién se le ocurre preguntarle en castellano a un castellanohablante? ¡Discriminación!

En honor a la verdad, cabe decir que aquel día la patrona nacionalista no hiperventiló ni se enfureció como otras veces. Habló de discriminación a un castellanohablante ¡por hablarle en castellano!, y lo hizo como quien dice algo la mar de normal (véase el vídeo). Sin acritud, o mejor dicho, sin más acritud que de costumbre.

Segunda. Rahola habló con la misma naturalidad con que otra tertuliana -de origen castellanohablante pero ferviente activista pro “derecho a vivir plenamente en catalán”-, de cuyo nombre no quiero acordarme porque a pesar de todo le tengo simpatía, me llamó la atención por hablarle en castellano al personal de seguridad del edificio del Grupo Godó. “Pero ¿por qué les hablas en castellano?”, me preguntó preocupada. “Los vigilantes de seguridad también hablan catalán, no les discrimines”, añadió. En lugar de limitarme a decirle que se metiera en sus asuntos mi natural dialogante, unido a la tolerancia a la estupidez que he ido desarrollando en el fragor de los medios, me llevó a darle de entrada una explicación razonada sobre la base de mi reconfortante costumbre de adaptarme siempre que puedo a la lengua de mi interlocutor. Resulta que siempre que he oído hablar a esos dos guardas entre ellos, así como con las recepcionistas, lo hacían en castellano, de ahí que yo me dirija a ellos también en esa lengua, que por otra parte es mi lengua materna. “Ya, pero hablándoles en castellano les haces de menos… Así no se integrarán nunca”, repuso ella en tono compasivo. Vaya, así que les hago de menos por hablarles en su lengua, que para más inri es la lengua materna de la mayoría de los catalanes, por lo que no hay duda de que mi ofensiva actitud supone un obstáculo para su integración social. Constaté la gravedad del caso y preferí cambiar de tema.

Pero de nada sirve mirar hacia otro lado, pues la lógica esencialista que destilan propuestas como la del derecho a vivir plenamente en catalán se encuentra en la base de nuestro sistema educativo. Poco importa que un sistema de “inmersión lingüística” (hasta el término resulta inquietante) como el nuestro no exista en ningún otro país civilizado; tampoco que no pocos expertos se hayan manifestado en contra de este sistema, que pretende educar al 50% de los alumnos en una lengua distinta de la materna, con el impacto que eso tiene sobre el aprendizaje.

Poco importa, obviamente, que la imposición del catalán como única lengua vehicular de la escolaridad pública sea una barrera de entrada para “extranjeros” (por supuesto incluyendo, a efectos nacionalistas/independentistas, a otros españoles) que quieran venir un tiempo a Cataluña a vivir con sus hijos, con lo enriquecedor que ello puede resultar para todos.

Tercera. A tal respecto, me permito contar una última anécdota personal que me parece de lo más reveladora de hasta qué punto ha calado esa absurda lógica. Tuvo lugar en una guardería privada de Barcelona. Mientras mi mujer, mi hijo de año y medio y yo esperábamos en la entrada a que la directora saliese a recibirnos, me fijé en que, más allá de los típicos murales de clase, las paredes del centro estaban empapeladas con recortes de prensa. En seguida observé que uno de ellos estaba repetido varias veces, lo cual me llevó a deducir que se trataba de algo importante para el centro. Era un artículo sobre la importancia de la lengua materna, que, a grandes rasgos, hablaba de un estudio con niños chinos adoptados en Canadá que demostraba que su cerebro seguía respondiendo a la lengua materna aunque hubieran salido de su lugar de origen en los primeros meses de vida y no hubieran vuelto a practicar el chino. El artículo me pareció interesante.

Poco después, la directora nos hizo pasar a su despacho y nos explicó las líneas maestras de su proyecto educativo, que me pareció más que correcto. Sin embargo, la directora se encargó de echarlo todo por tierra cuando -antes de que yo le preguntara por el tema lingüístico- me dijo: “Veo que tú le hablas -al niño- en catalán y tu mujer en castellano”. No sé qué le hizo suponer tal cosa, pero el caso es que normalmente los dos le hablamos al pequeño en castellano -sin perjuicio de que con frecuencia le digamos cosas en catalán, entre otras cosas porque es la lengua en la que le habla parte de su familia materna- y así se lo hice saber a la directora, a lo que ella, con la misma naturalidad con que Rahola reconvino al reportero de 8TV, respondió: “Tranquilos, que aquí ‘sólo’ se le hablará en catalán”. Claro, ya se sabe que eso de la lengua materna es importante para todo el mundo… excepto para los niños castellanohablantes (Véase la viñeta que “El Perich” publicaba en El Periódico el 21/09/1993).

Por supuesto, me fui “tranquilamente”… para no volver. Busqué y encontré otra guardería, también privada, en la que castellano y catalán tienen una presencia equilibrada en el aula. Lo malo es que de esa lógica perversa uno puede escapar mientras se pueda permitir llevar a sus hijos a centros privados bilingües o incluso trilingües, como hacen la mayoría de nuestros políticos, empezando por el presidente Mas. De momento, al resto no le queda otra que estar tranquilo, que aquí “sólo” se les hablará en catalán.

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