¿Relatos? No, gracias

(Extensión del artículo publicado en El País el 16 de enero del 2015)

Uno de los argumentos más repetidos últimamente en Cataluña para explicar el auge del independentismo -que a mi juicio es, en todo caso, anterior al inicio oficial del proceso soberanista, como ya apuntaba en mi penúltimo artículo en Crónica Global- consiste en la idea de que los independentistas han sabido construir un relato ilusionante sobre las bondades de la secesión, mientras que los unionistas o, mejor, los constitucionalistas hemos sido incapaces de elaborar un relato sugestivo en pro de la unidad de España.

De entrada, sorprende la naturalidad con que algunos, implícitamente, reconocen satisfechos que la secesión se basa en un relato inventado, una fábula, un cuento para no dormir basado en una espuria reconstrucción del pasado, una obscena interpretación del presente y una utópica proyección del futuro posterior al inminente advenimiento de la independencia, cuando por fin los catalanes volveremos a ser libres después de trescientos años de opresión española.

Poco importa que la versión oficial de una Cataluña soberana y democrática anterior a 1714 se compadezca mal con la historia generalmente aceptada por los historiadores serios –Raymond Carr, John H. Elliott o Henry Kamen, entre otros, han mostrado su estupefacción ante ese relato mágico construido por el nacionalismo en aras de la independencia-. Pero ¿qué necesidad tienen los independentistas de ajustarse a la realidad histórica, pudiendo inventársela a placer prevaliéndose del -relativamente comprensible- desconocimiento general a tal respecto? Se non è vero, è ben trovato, que dicen en italiano.

Pasado, presente y futuro configuran en el imaginario nacionalista un relato coherente basado en la persecución sistemática del pueblo catalán por el Estado español -curiosa persecución aquella que, en la práctica, ha desembocado en una eclosión independentista radicada en la región más rica y más avanzada de España, ¡dichoso hostigamiento!-. La persecución se extiende, al menos, desde 1714 hasta nuestros días estableciendo un continuo que va desde Felipe V hasta Felipe VI y de Rafael Casanova a Artur Mas. Todo cuadra, la narración histórica es redonda. Nada falta ni sobra.

Por supuesto, la historia que narran los nacionalistas es teleológica, es decir, tiene un propósito que subyace en todo momento de esa historia y que no es otro que la independencia de Cataluña. Así, los catalanes siempre han aspirado a librarse del resto de España, es decir, en realidad siempre han sido independentistas -diga lo que diga la historiografía más solvente, Rafael Casanova, Antoni de Capmany, el general Prim o Francesc Pi i i Margall eran independentistas a carta cabal-, por lo que los catalanes de hoy no tenemos más remedio que actuar de acuerdo con el guión escrito, desempeñando cada cual su papel en esta tragicomedia. Los que siempre han vivido conforme al relato dominante no tienen más que seguir haciéndolo a su sabor, mientras que los que ni siquiera hemos leído el libreto subyacente sólo tenemos que aceptar a tientas nuestro papel de comparsa y plegarnos a esa etérea voluntad del pueblo a la que apelaba el presidente Mas en las elecciones del 2012.

El nacional-independentismo constituye un ejemplo paradigmático de lo que el pensador británico John Gray denomina “religiones políticas” contemporáneas, basadas en “mitos laicos” que “reproducen la forma narrativa del género apocalíptico cristiano” y que no son más que “modos de aceptar aquello que es imposible saber”. Así, el nacionalismo, en la medida en que renuncia a un conocimiento mínimamente ecuánime de la realidad, sólo puede ser un acto de fe en una comunidad imaginada como blanco de una conspiración planetaria -esencialmente española- cuyo objetivo es acabar con dicha comunidad. “Lo único que nos podría y nos podrá salvar -del intento de España de ‘residualizar’ (sic) a los catalanes- sería y será el pensamiento y la actitud independentistas”, decía en marzo del 2012 uno de los padres de la criatura, Jordi Pujol. Y esa es precisamente la base apocalíptica del relato independentista que su sucesor, Artur Mas, propala a los cuatro vientos, sin ir más lejos en su último mensaje de fin de año: “El Estado nos quiere divididos porque sabe que así somos más vulnerables”.

Señala Gray que “los espejismos colectivos de persecución sirven para fortalecer una frágil sensación de acción propia”, observación que me parece perfectamente aplicable al caso que nos ocupa, pues la acción de gobierno de la Generalitat en estos últimos dos años ha estado definitivamente marcada por el victimismo y el ensimismamiento. Pero lo cierto es que esa pretendida autoafirmación reactiva conlleva necesariamente el alejamiento entre los catalanes que creen experimentarla y los que no vivimos nuestra catalanidad conforme a ese relato divisivo que, desgraciadamente, preside nuestra vida pública como una suerte de fe revelada.

De ahí la importancia de seguir poniendo en cuestión los dogmas de ese “credo secular” que es el independentismo, aun a riesgo de pasar a engrosar la ya de por sí abundante demonología del nacionalismo, lo cual, bien mirado, no dejaría de ser un honor comoquiera que ésta incluye en una sola lista negra a pensadores foráneos de la talla de Carr, Elliott, Kamen o, más recientemente, Jürgen Habermas, que se unen a demonios patrios como Félix de Azúa, Fernando Savater, Mario Vargas Llosa o cualquiera que cuestione el “relato”. La pregunta es clara: ¿hay alguien que se oponga al relato dominante que no sea un facha según el propio relato? Gray concluye que esos credos seculares “son más irracionales que ninguna fe tradicional, aunque sólo sea porque se esfuerzan mucho más por dar muestras de racionalidad”. Supongo que ese esfuerzo es lo que en su día llevó a Jaume Sobrequés, director del simposio España contra Cataluña, una mirada histórica (1714-2014) perpetrado al calor del relato, a catalogar de “científico y académico” lo que el demonio Elliot había tildado de disparate.

La historia no está escrita, sino que somos nosotros como individuos, y no como meros espectadores de un relato sumamente reduccionista que todo lo explica, los responsables de ella. España -Cataluña incluida- es como es: esencialmente imperfecta, con sus grandezas y sus miserias. Por supuesto que es perfectible, pero sólo desde el realismo reformista y no a partir de relatos basados en sueños de liberación colectiva que hablan de países nuevos, que por alguna impenetrable razón nada tendrán que ver con los viejos, sueños que, al despertar, sólo pueden generar frustración.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “¿Relatos? No, gracias

  1. Sergio

    Entonces lo que vienes a decir es que, a parte de esos relatos fantásticos creados por los nacionalistas, solo hay una historia objetiva y esa historia objetiva justifica el status quo actual, esto es, los estados europeos actuales.

    Todas las fronteras que existen hoy día en Europa son buenas porque se han producido de forma natural, todos los estados existentes y cualquier cambio en estos sería ir (perdón por la redundancia) ir contra natura.

    Los estados, amigo mio, son todos una ficción. Una ficción construída desde los inicios de la misma historia como disciplina en el caso de la española, desde Florez (uno de los primeros que empezo a confundir Castilla con España) hasta la historia que se impuso con el Franquismo (la misma que, con unos pocos cambios de estilo, aún venden los españolistas).

    No sé como se puede construir esta ficción, ese relato de la Cataluña feliz y contenta dentro de España. Para ello tienes que solucionar muchos problemas, entre ellos un amago de separación o renegociación de status quo entre España y Catalunya cada siglo desde el XVII. Otra cosa que tienes que hacer es romper con la castellanización de España, en mi opinión el gran lastre para que gran parte de la Catalunya que opta por la independecia se lo crea. Y que sea de alguna forma un poco más elegante e inteligente que el koiné del Espada.

    • Gracias por tu comentario, que me parece razonable y juicioso, sobre todo por lo que dices de que los Estados son todos ficticios. No sólo estoy de acuerdo, sino que además creo que, en este sentido, no cabe establecer la diferencia entre nación y Estado que a menudo se establece con el objetivo de dejar claro que lo artificial es el Estado y lo natural, la nación. Las naciones -como los Estados- son todas constructos ideológicos, y por tanto artificiales, cuya realización práctica a través de los llamados procesos de construcción nacional casi siempre ha llevado aparejado un grado de violencia notable, a menudo han sido incluso procesos sangrientos. Estados Unidos no se convirtió en una auténtica nación-Estado moderna hasta después de una cruenta guerra civil (1861-1865), y Francia sólo lo logró tras Napoleón. Por supuesto, España no es una excepción y prueba de ello son, entre otras, las tres guerras carlistas del siglo XIX y la Guerra Civil del XX. Se ha escrito mucho sobre el fracaso del Estado liberal español decimonónico, que sin duda se encuentra en el origen de los problemas territoriales de la España de hoy.
      Por otra parte, yo no participo de ningún relato finalista que presente la historia de España como una arcadia feliz en la que los españoles -incluidos los catalanes- hayan vivido y vivan felices y sin ningún problema que les perturbe. Todo lo contrario. Insisto en que España es como es, esencialmente imperfecta, y tengo claro que no hay soluciones mágicas que permitan erradicar de raíz todos los problemas de España, es decir, que no hay remedios prodigiosos que puedan cambiar de la noche a la mañana la naturaleza del país. Como digo en mi artículo, considero que ese tipo de creencias sólo pueden generar frustración.
      Por último, debo decir que suscribo la opinión de Arcadi Espada sobre la importancia de la lengua castellana como koiné que sirve como puente de entendimiento entre españoles. Creo que los españoles tenemos la suerte de contar con una lengua común que, sin perjuicio del resto de las lenguas españolas, facilita el diálogo y la convivencia.

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