El “familismo amoral” de los Pujol

(Artículo publicado en ABC el 31/07/2014)

En su obra Las bases morales de una sociedad atrasada (1958), el politólogo estadounidense Edward C. Banfield emplea el concepto de “familismo amoral” para describir la cultura política predominante en una población del sur de Italia caracterizada por la ausencia de cualquier tipo de compromiso ni ético ni moral entre ciudadanos. Al habitante medio de esa población sólo le concierne lo que le ocurra a su familia nuclear, es decir, a su cónyuge y/o a sus hijos, mientras que lo que le pueda suceder al resto de su familia, y no digamos ya al resto de la sociedad, le trae sin cuidado. Así, el interés particular está por encima de todo y el interés público brilla por su ausencia. Este patrón de conducta es propio de sociedades económica y culturalmente atrasadas en las que predomina el clientelismo y una honda desconfianza en las instituciones sociales y políticas, de ahí que estas resulten en la práctica completamente inservibles para el fin que se les supone.

Está claro que ese no es el caso de la sociedad catalana, históricamente una de las comunidades más desarrolladas económica y culturalmente del sur de Europa; la única región de España que, gracias tanto a la mentalidad menestral de su sociedad como a la incontestable hegemonía de su industria en el otrora vasto mercado español, se incorporó a la primera revolución industrial. Sin embargo, después de la escandalosa confesión del expresidente Pujol sobre su evasión fiscal cabe concluir que, paradójicamente, en Cataluña el familismo amoral ha alcanzado la sublimación. No en vano aquí el problema no es que el ciudadano de a pie anteponga los intereses de su familia nuclear al interés general o desprecie las instituciones, sino que quien ha confesado haber hecho ambas cosas ha sido precisamente aquel que durante más de tres décadas se ha autoerigido en garante de los intereses generales de Cataluña con un discurso moralizante rayano en lo mesiánico. Pujol, como buen nacionalista, no se cansó de exigir a los catalanes sacrificios en aras del bien común, pero él no dudó en demediar el bienestar de sus “administrados” sustrayéndose de sus obligaciones con la hacienda pública en beneficio y utilidad de su señora e hijos y, si nos atenemos a la inconexa versión oficial, en perjuicio incluso de su hermana que supuestamente nada sabía de sus turbios manejos. Familismo amoral de libro.

A lo largo de su dilatada carrera, Pujol confundió sistemáticamente lo privado con lo público, desterrando a tal efecto el concepto acuñado por Tarradellas de “ciudadano de Cataluña”, entonces tan necesario como inaudito tras cuarenta años de nacionalismo enajenante, y resituando en el centro del debate público en Cataluña conceptos como el de “pueblo” o “nación”, tan fatigosos entonces como ahora.

Cuando Pujol se posicionó públicamente a favor de la independencia, es decir, después de treinta años cocinándola a hurtadillas y proclamando su lealtad a España, muchos de sus feligreses lo entendieron como la señal de San Pedro, símbolo de los arrepentidos, y abrazaron maquinalmente la causa independentista, como si, al igual que se supone que San Pedro tiene las llaves del paraíso celestial, Pujol tuviera las del paraíso terrenal. Lo que, sin duda, no esperaban es que las únicas llaves de Pujol fueran las del paraíso fiscal.

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Archivado bajo La cuestión catalana, Nacional, Regeneración democrática

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