Lecciones de Escocia

(Artículo publicado en ABC el 09/10/2013)

A diferencia de lo que ocurre en Escocia (y en Quebec), en Cataluña hay partidos que defienden el derecho a la autodeterminación del pueblo catalán, eufemísticamente denominado “derecho a decidir”, pero que se posicionan en contra de la independencia. Sin embargo, a juzgar por cómo se está planteando la consulta en Cataluña, el “derecho a decidir” sólo puede ser una aspiración independentista. ¿No se dan cuenta quienes, pese a no aspirar a la independencia, defienden la celebración de una consulta sobre el futuro político de Cataluña de que lo que pretenden los independentistas mediante la tensión que genera la convocatoria de esa consulta en el tiempo y en la forma que ellos mismos exigen es precisamente prefigurar de antemano el resultado de la misma?  

El mismo día que, en el 2007, el Parlamento escocés votaba a favor de crear la llamada “Comisión Calman”, orientada a mejorar el autogobierno escocés dentro del Reino Unido, también rechazaba la propuesta del primer ministro, el independentista Alex Salmond, de celebrar una consulta sobre el futuro político de Escocia. La entonces líder parlamentaria del Partido Laborista escocés, Wendy Alexander, expresaba rotundamente su oposición a la consulta: “La propuesta del SNP (Scottish National Party) previsiblemente nos llama a participar en la “Conversación Nacional” –la versión escocesa del Pacte Nacional pel Dret a Decidir-, pero ¿cómo puede el SNP postularse para liderar una conversación cuando ya tiene decidido cuál es el único resultado aceptable?”. Y añadía: “¿Cómo puede el SNP justificar el uso de fondos públicos para algo que es poco más que propaganda?”.  

La propuesta de Salmond, que en principio contemplaba la celebración de un referéndum con una pregunta y cuatro respuestas, fue rechazada por la mayoría absoluta del Parlamento escocés gracias al voto coincidente de partidos por lo demás tan dispares como el Laborista, el Conservador y el Liberal Demócrata. Después, en el 2011, vendría la mayoría absoluta del SNP y a finales del 2012 el acuerdo con el primer ministro británico, David Cameron, para la celebración de un referéndum sobre la independencia de Escocia con una pregunta clara y, por exigencia de Cameron, sólo dos respuestas en septiembre del 2014, nada más y nada menos que siete años después de la llegada al gobierno del SNP con un programa ya entonces explícitamente independentista.

La Comisión Calman ya ha dado sus frutos en forma de revisión de la Scotland Act, una ley del Parlamento británico que equivaldría mutatis mutandis a nuestros Estatutos de Autonomía. En cambio, por el momento el único efecto del referéndum sobre la independencia de Escocia previsto para dentro de un año es el sometimiento de la sociedad escocesa a una considerable tensión interna, así como una creciente desafección hacia los escoceses entre la población del resto del Reino Unido. Prueba de ellos son dos recientes encuestas publicadas en dos diarios británicos tan disímiles como el Sunday Express y The Times. La primera (24/08/2013), arroja un dato demoledor desde el punto de vista de la cohesión social: el 16% de los escoceses se plantearía abandonar Escocia en caso de independencia. La segunda (10/09/2013) apunta que más ingleses (24%) que escoceses (23%) estarían a favor de la independencia de Escocia. En Cataluña, como bien dice Rajoy, aún se está a tiempo de tener “gestos de grandeza”. 

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