Cataluña y la Unión Europea

(Artículo publicado en el ABC el 23/09/2013)

El vicepresidente de la Comisión Europea Joaquín Almunia ha vuelto a reiterar por enésima vez la opinión de la UE sobre la hipotética independencia de una región de un Estado miembro: el nuevo Estado se convertiría en un Estado tercero y partiría de cero a la hora de solicitar su entrada en la Unión. Pero los independentistas catalanes no están dispuestos a permitir que nada ni nadie les agüe la fiesta; y si para ello tienen que inventarse una realidad paralela, lo harán si inmutarse.

Entre las posibilidades de ese nuevo orden internacional que se caracteriza por su elasticidad para adaptarse a los designios de sus hacedores, destaca en primer lugar, y por orden cronológico, la teoría de la ampliación interna de la UE. La idea que entre otros defiende –aunque es cierto que cada vez con menos ahínco por culpa de la terquedad de Barroso, Almunia y compañía- Oriol Junqueras consiste esencialmente en que, en el caso de que Cataluña se independizara, el nuevo Estado catalán no quedaría automáticamente fuera de la UE y tendría el mismo derecho que España –“lo que quedara de España”, dicen- a erigirse como sucesor del Estado español en la UE y en el resto de las organizaciones internacionales de las que a día de hoy forma parte. Parece increíble que aquellos que desde siempre han basado su estrategia separatista en la contraposición no ya entre Cataluña y Castilla o el resto de España, sino directamente entre Cataluña y España, sobre la base de que Cataluña no es España, pretendan ahora decir que España sin Cataluña deja de ser España.

La Vía Catalana de la Diada se inspiró en la Cadena Báltica que en 1989 atravesó Estonia, Letonia y Lituania en pro de la independencia de las tres repúblicas de la Unión Soviética, poco antes de la caída del Muro de Berlín y del desmembramiento de la URSS. Pues bien, el caso de la Unión Soviética es considerado por la doctrina internacionalista más autorizada como un caso de secesión de Estados –las repúblicas bálticas y el resto de las repúblicas soviéticas-, de ahí que tras el desmembramiento Rusia asumiera la personalidad jurídica de la URSS en las organizaciones internacionales y tratados suscritos por esta, mientras que los nuevos Estados, incluidas por supuesto las repúblicas bálticas, tuvieron que solicitar de nuevo su ingreso. Ni que decir tiene que el caso de España, un Estado democrático de Derecho, nada tiene que ver con el de la Unión Soviética, un Estado totalitario donde no se respetaban ni los principios democráticos ni los derechos fundamentales, pero el ejemplo permite comprobar cómo opera en caso de secesión el principio de la continuidad de los Estados. En el caso de una hipotética independencia de Cataluña, el principio de continuidad hace que España permanezca en la UE, mientras que el territorio desgajado tendría que solicitar su entrada en organizaciones internacionales como la ONU, la OTAN o la UE, de acuerdo con las normas relativas a la adquisición de la calidad de miembro, que en el caso de la UE exigen la unanimidad de los Estados miembros.

Debilitada la hipótesis de la ampliación interna de la UE, los separatistas se apuntan ahora a la no menos incierta modalidad de la independencia a la carta, que, según el llamado Consejo Asesor para la Transición Nacional, consistiría en que las autoridades catalanas proclamaran la independencia permitiendo a los ciudadanos optar por conservar la nacionalidad española como subterfugio para asegurar la permanencia de Cataluña en la UE. Dejando a un lado la evidencia de que las autoridades del hipotético Estado catalán independiente no serían competentes en la atribución o pérdida de la nacionalidad española, la idea es sencillamente delirante, pues la condición de miembro de la UE la ostentan los Estados y no los ciudadanos. ¿Pero es que no se dan cuenta de que ni siquiera el hecho de que la mayoría de los ciudadanos de Cataluña mantuviéramos la nacionalidad española convertiría a su anhelado Estado catalán en miembro de pleno derecho de la UE con voz y voto en sus principales órganos de decisión? ¿No son capaces de distinguir el ámbito privado de la esfera pública? Parece ser que no.

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4 comentarios

Archivado bajo Internacional, La cuestión catalana, Nacional

4 Respuestas a “Cataluña y la Unión Europea

  1. margaritarosique

    Felicidades por tu intervención ayer en 8TV, fue un soplo de aire fresco. Necesitamos más personas como tú. Gracias.

    • Te agradezco tu comentario. Creo que en Cataluña hay mucha gente que comparte lo esencial de lo que dije ayer, pero a menudo no lo dice por no contravenir el discurso dominante en la esfera pública. Pero sinceramente creo que los argumentos a favor de seguir formando parte de España son mucho mayores y numerosos que los favorables a la independencia.

      Un saludo.

  2. Edu

    Muchas gracias por el artículo, Nacho. La brillante idea de la doble nacionalidad habla a las claras del minucioso plan que tienen para nosotros los políticos separatistas.

    Mi posicionamiento a favor o en contra del independentismo depende principalmente del impacto económico que tenga. Es por eso que comentarios como estos me dan miedo: en esta huída hacia adelante los independentistas tocan de oído y pretenden sortear los problemas tal y como vengan, a ver qué tal sale todo. Y si no nos aceptan en la UE ya veremos qué hacemos. Suiza tampoco está.

    Por lo que voy leyendo, la discusión en Escocia se está centrando en el impacto económico, que es lo que importa. Y los partidarios de permanecer unidos (Better Together) parece que lo están haciendo bien.

    Aquí, la discusión económica se limita al Madrit ens roba, Cataluña “aporta” (querrán decir los que pagan impuestos en Cataluña, which is not the same thing) más de lo que recibe y a decir que seríamos la Suiza del sur de Europa.

    Me pregunto qué pensarán de temas como la salida de la UE y la propuesta de “doble nacionalidad” los partidarios de la independencia que sean gente medianamente preparada y cabal, que alguno habrá. ¿Se puede abogar decididamente por la independencia sin tener claras las consecuencias? ¿Qué impacto tendría quedar fuera de la UE? Si nuestros cinco mayores clientes son comunidades autónomas del resto de España, ¿cómo va a afectar a nuestra economía la salida? ¿Y al empleo? Si el impacto inicial es negativo, como dicen muchos expertos y la experiencia, y baja la recaudación de impuestos, ¿aumentará la presión fiscal? ¿Cuánto y por cuánto tiempo? ¿Qué parte de la deuda española nos correspondería? ¿Tendría el Estado Catalán acceso a financiación en los mercados internacionales? ¿A qué precio? ¿Qué coste tiene que Cataluña tenga “estructuras de Estado”? ¿Cuánto tardará en tenerlas? ¿Qué tardaremos en tener convenios (sobre comercio, fiscales, etc.) con terceros países y qué pasará hasta que los tengamos? ¿Qué tardaremos en tener leyes mercantiles y reguladores que las apliquen (Banco de España, CNMV, DGS, CNC, etc.) y qué haremos mientras no los tenemos? En resumidas cuentas: ¿cuántos años de travesía por el desierto serán necesarios para que Cataluña sea un país más próspero de lo que sería Cataluña de seguir formando parte de España? Y la más importante (y sin embargo la más fácil de contestar): ¿a quién le pido responsabilidades si los pronósticos no se cumplen, por negligencia o por mala fe?

    • Edu, ya lo hemos hablado muchas veces, coincido contigo en que el aspecto económico es uno de los más importantes en la actual coyuntura, de hecho creo que el innegable auge del independentismo tiene mucho que ver con la crisis económica. Pero sé que, en tu comentario, no te refieres a esa dimensión del aspecto económico sino al de los efectos económicos que tendría la independencia sobre nuestra economía, y en en este sentido resulta bastante ilustrativo el ejemplo de Quebec, donde coincidiendo con los dos referendums sobre la independencia (1980 y 1995) de la provincia se produjo -no ya de resultas de la independencia, que no la hubo, sino a consecuencia de la sola celebración del referéndum- un notable éxodo de empresas, así como una pérdida de competitividad de la economía quebequesa en relación con otras provincias canadienses como Alberta, Ontario o British Columbia. De ello, y del desastre emocional que supone para una sociedad un proceso de independencia como el que plantea el Govern, ha hablado en su reciente visita a Barcelona Stéphane Dion, quebequés y exministro de Relaciones Intergubernamentales de Canadá, el factótum de la Ley de Claridad.

      El otro aspecto del que habla Dion, el emocional, me parece de todas maneras no menos importante que el económico, porque creo que desde el punto de vista de la convivencia la construcción de un nuevo Estado con cerca de la mitad de los ciudadanos en contra resulta muy complicada, por no decir imposible. El pasado fin de semana una de las personas que conozco más perspicaces en cuestiones políticas, el profesor de Derecho Constitucional del que siempre te hablo, de quien en ningún caso se podrá decir que sea ni un sentimental ni un nacionalista español, me decía que, puestos a elegir, desde el punto de vista de los valores son preferibles los valores de la Constitución de 1978, de consenso, transacción e integración de las particularidades de las nacionalidades y regiones, a los que propugna el independentismo, basados en buena parte en la insolidaridad y el monolitismo. Coincido con mi profesor: me quedo con los valores de la Constitución del 78, que como cualquier otra debe tener voluntad de permanencia, lo cual no quiere decir en ningún caso que no pueda ser reformada.

      Por otra parte, también estoy de acuerdo sobre la necesidad de explicar en detalle todos los extremos de una hipotética independencia, sobre todo en punto a la exigencia de responsabilidades: la rendición de cuentas. Seguiremos hablando de ello.

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