La verdad, a la vuelta de la esquina

(Artículo publicado en el ABC el 27/07/2013)

Paseando por Reus me doy de bruces con un cartel que, bajo el lema Tarragona: 300 anys d’ocupació, 300 anys de resistència, informa de una serie de actos conmemorativos del tricentenario del supuesto sometimiento del pueblo catalán. Sin prestar demasiada atención al pasquín, prosigo mi camino con resignación ante lo habitual y me encuentro con la estatua ecuestre del General Prim, el más señero de los reusenses y uno de los estadistas más influyentes y aclamados del siglo XIX español. A juzgar por su trayectoria y sus patrióticos discursos, no parece que Prim viviese la españolidad de Cataluña como una ocupación ni que entendiera su adhesión a España como un acto de resistencia. Pero quién sabe.

Más adelante, me adentro en el Raval de Santa Anna y me doy de manos a boca con la exposición Fortuny, el mite, dedicada a uno de los primeros pintores catalanes de fama internacional, uno de cuyos cuadros más célebres es La batalla de Tetuán, que el artista pintó por encargo de la Diputación de Barcelona con el objetivo de inmortalizar las andanzas del ejército español liderado por O’Donnell y el propio Prim en la Guerra de África. Tampoco parece que Fortuny, casado con la hija de Federico Madrazo, pintor de cámara de la reina Isabel II, viviera acogotado bajo un régimen de ocupación militar ni en actitud de resistencia más o menos activa o pasiva. Pero quién sabe.

No cabe duda de que la historia es importante, pero conviene estudiarla a fondo y no utilizarla al buen tuntún, pues las consecuencias de ello pueden ser devastadoras. La irresponsabilidad con que políticos y, en general, opinantes nacionalistas recurren a la historia para justificar sus anhelos rupturistas resulta de todo punto inaceptable. De continuo hablan de 1714, es decir, de la Guerra de Sucesión Española como de una guerra entre Cataluña y España y no como lo que fue en realidad: un conflicto sucesorio de alcance internacional en el que dos de las principales dinastías europeas, los Borbones y los Habsburgo, se disputaron a la muerte de Carlos II el trono de una España ya venida a menos, pero todavía en posesión de un vasto imperio colonial.

Sentado en la plaza Prim, presidida por la imponente figura del adalid que le da nombre, no puedo evitar el recuerdo del historiador catalán por excelencia en el siglo XX, Jaume Vicens Vives, que siempre fue muy crítico con la interpretación romántica de buena parte de la historiografía catalana ochocentista, empeñada en idealizar la época de la monarquía Habsburgo en España. Queda claro que la verdad está a la vuelta de la esquina: no hay más que darse un paseo por cualquiera de nuestras ciudades para empezar a desmontar la tramoya historicista con que el Govern pretende justificar su anhelada independencia. Para acabarla de derribar, sólo hay que releer a autores como Miquel del Sants Oliver, Gaziel o el propio Vicens Vives, todos ellos catalanistas y a la vez indiscutiblemente comprometidos con el proyecto colectivo de España.

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Archivado bajo Historia, La cuestión catalana, Nacional

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