Archivo mensual: abril 2013

La república, el franquismo y el “país normal”

La cuestión lingüística es principal en términos de cohesión social, pero no precisamente en los términos que defienden los nacionalistas, pues para ellos la cohesión se basa en la homogeneidad lingüística, es decir, en la idea de que si eres catalán lo “normal” es que hables catalán, al igual que si eres francés lo natural es que hables francés. Recuerdo a este respecto un encuentro que allá por el año 2008 mantuvimos una decena de estudiantes de Periodismo con el expresidente de la Generalitat Jordi Pujol en su despacho de Barcelona. Aquel año tuve la suerte de tener como profesor al periodista que colaboró con Pujol en la redacción de sus memorias, Manuel Cuyàs, que fue quien organizó la visita. Vaya por delante mi agradecimiento a Pujol por su amabilidad al recibirnos, porque lo cortés no quita lo valiente, pero, dicho esto, debo señalar que recuerdo con singular tristeza como un hombre que en 1984 recibía el “Premio Español del Año” del diario ABC nos explicaba con su característica naturalidad que hacía ya un tiempo que él había tomado la decisión de hablar en catalán siempre que se encontrase en Cataluña y en el bien entendido de que su interlocutor entendiese el catalán. Nótese que el expresidente Pujol no dijo en ningún momento que, encontrándose en Cataluña, hablaría catalán invariablemente y con independencia de si su interlocutor lo entendía o no, lo cual, por otra parte, hubiera echado por tierra su reputación de hombre inteligente. Sin embargo, sus palabras estaban preñadas de esa idea perversa del “país normal”.

En las tertulias de los medios de comunicación catalanes abundan las preguntas pretendidamente retóricas tales como: “¿verdad que si te vas a Berlín hablarás alemán y si te vas a París hablarás francés?” Y la conclusión para quienes las formulan es autoevidente: “pues si vienes a Barcelona hablarás catalán”. Esta visión parcial y empobrecedora de la realidad catalana halla su fundamento intelectual en los procesos de construcción nacional que, a partir de la Revolución Francesa, se extendieron por Europa a todo lo largo del siglo XIX y entre los que cabe destacar los casos de Francia, España y el Reino Unido. Ahora bien, ese proceso de construcción nacional, esencialmente inclusivo y aun emancipador, supuso asimismo la adopción de una serie de criterios funcionales orientados a garantizar la viabilidad de los nuevos estados-nación. Existía entonces la convicción más o menos generalizada entre las respectivas élites culturales y políticas (incluidas, por supuesto, las catalanas) de la necesidad de adoptar una lengua nacional para el conjunto del territorio, aunque ello supusiera que “algunas de las nacionalidades y lenguas menores estaban condenadas a desaparecer como tales”.[1]

Es más, en contra de lo que algunos se empeñan en sostener de forma interesada, España y su historia no constituyen una excepción entre el conjunto de las naciones europeas; al contrario, su evolución es perfectamente homologable a la norma del resto de los países de nuestro entorno. Hay quien pretende que la existencia de nacionalismos periféricos en España demuestra que España no es una nación como Francia o Alemania y que la pervivencia en mayor o menor medida de lenguas como el catalán, el euskera o el gallego demuestran la resistencia de los españoles de esos territorios a sumarse a un proyecto nacional conjunto. Sin embargo, el verdadero motivo de la pervivencia de las lenguas españolas diferentes del castellano no es tanto la determinación de catalanes, vascos o gallegos de no ser españoles, sino el fracaso del Estado liberal español allí donde otros Estados liberales triunfaron, a saber: en la obra de alcanzar la unidad nacional necesaria para garantizar el desarrollo económico. A tal respecto, Juan Linz apunta las causas del fracaso del Estado español en la asimilación castellana del conjunto de los ciudadanos españoles: “El asimilacionismo castellano ha fracasado en buena medida porque durante siglos no existió una política expresa en tal sentido, y debido a la debilidad del Estado Español que apoyaba al castellano en el siglo XIX, y la ausencia de una política cultural nacionalista de alta calidad, como la que existió en la Francia post-revolucionaria”.

Ya en el siglo XX, la dictadura de Primo de Rivera y, sobre todo, los cuarenta años de franquismo trataron extemporáneamente de resolver a sangre y fuego las ineficiencias del Estado español en orden a homogeneizar España cultural y lingüísticamente, como habían hecho el Estado francés –a partir de 1789- o incluso, más tarde, el italiano y el alemán. En todo caso, el franquismo exacerbaría sobremanera la intensidad del sentimiento nacionalista en Cataluña y el País Vasco debido a las intempestivas políticas centralistas y homogeneizadoras del régimen ordenadas a aniquilar la diversidad cultural y lingüística de España, remedo anacrónico de las políticas decimonónicas de construcción nacional que en nuestro país –lastrado por la hegemonía nobiliaria y eclesiástica, así como por la debilidad de la burguesía industrial- no alcanzaron el éxito que sí habían logrado en Francia.

El franquismo dio carpetazo entre otras cosas a la denominada ley del bilingüismo, promulgada por el gobierno provisional de la Segunda República a los quince días de su llegada al poder en un comedido intento de normalizar en el ámbito escolar catalán lo que ya era normal en la calle, sobre todo en la Barcelona de los años treinta del siglo pasado: el bilingüismo. La política pertinazmente hostil con respecto a toda manifestación cultural ajena a la lengua castellana y al casticismo en general supuso un torpedo en la línea de flotación del nacionalismo catalán, singularmente apoyado en la lengua, que quiso ver en aquella la confirmación de su inmutable versión de la fatídica historia lingüística de España. Así, y aunque su supresión pueda parecer uno más de la larga lista de agravios perpetrados por el franquismo, la ley del bilingüismo republicana representaba, a mi modo de ver, un hito en la auténtica normalización lingüística de Cataluña. Sin embargo, como ya se ha dicho, el franquismo radicalizó los nacionalismos periféricos hasta el punto de vedar, quién sabe si para siempre, la posibilidad de establecer un marco de convivencia realmente respetuoso con la pluralidad lingüística de España precisamente allí donde probablemente ésta se halle con mayor intensidad, es decir, en Cataluña. Y es que la llegada de la democracia y el subsiguiente traspaso de competencias educativas a las Comunidades Autónomas resultaron en Cataluña en un modelo de inmersión lingüística en el que la presencia del castellano se ha ido reduciendo a marchas forzadas.

Tras la muerte de Franco, resultaba lógica y aun deseable la implantación de un modelo que, sin arrumbar el castellano como lengua docente –es decir, sin limitar su uso a la asignatura de lengua y literatura-, privilegiara el uso de la lengua catalana en la escolaridad pública con objeto de recuperar el tiempo perdido durante la larga noche del franquismo. Pues bien, tanto la Ley 7/1983 del Parlamento catalán como, ya desde un principio, la jurisprudencia del Tribunal Constitucional apuntaban en esa dirección, pero pronto quedó claro que el objetivo de la política lingüística de los sucesivos gobiernos de la Generalitat no era el bilingüismo sino un monolingüismo en catalán a todo trance dispuesto irremisiblemente a lesionar derechos individuales consagrados por la Constitución. Todo ello, empero, en nombre de la normalización lingüística. ¡Dichosa normalidad!


[1] Hobsbawm, E., Naciones y nacionalismo desde 1780, Crítica, Barcelona, 2004, p. 43.

Deja un comentario

Archivado bajo La cuestión catalana, Nacional

La lengua y la espiral del silencio

La crispación por la cuestión lingüística se intensifica por enésima vez en Cataluña. Esta vez a cuento del auto -que el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña (TSJC) dictó hace ya más de un mes, concretamente el 6 de marzo- en el que el TSJC, de acuerdo con la doctrina del Tribunal Constitucional (TC) y del Tribunal Supremo (TS), clarifica su posición con respecto a la presencia del castellano en las aulas catalanas. El aparato político de la Generalitat, con la consejera de Educación Irene Rigau al frente, no ha tardado en pasar el auto por el alambique del victimismo. Este proceso de destilación debidamente amplificado por el correspondiente aparato periodístico, rendido de forma acrítica al discurso político predominante, ha desembocado en un titular tan falaz como perverso: “El TSJC obliga a que la clase sea en castellano si un solo alumno lo ha pedido”.

Pues bien, este último auto del TSJC no dice en ningún caso que basta con que un alumno lo solicite para que todas las clases del grupo del que forma parte el alumno tengan que ser en castellano, que es lo que al fin y al cabo dicen Rigau y compañía que dice el TSJC. No, este auto de 6 de marzo de 2013 viene a precisar otro auto del TSJC de 3 de enero de 2013, en el que el tribunal, con base en la sentencia 31/2010 del Tribunal Constitucional y las sucesivas sentencias del Tribunal Supremo, requería a la consejería de Educación “para que adopte cuantas medidas sean precisas para adaptar el sistema de enseñanza lingüística (…) a la nueva situación creada por la declaración de la sentencia 31/2010 del Tribunal Constitucional, que considera también al castellano como lengua vehicular de la enseñanza de Cataluña junto con el catalán”. Así pues, lo único que hace el TSJC es aplicar la doctrina del TC en esta materia y, concretamente, en este último auto aclarar que la educación en ambas lenguas oficiales, catalán y castellano, no debe implementarse de manera individualizada, es decir, limitada a los alumnos que lo soliciten, sino de forma grupal. En definitiva, las principales precisiones de este auto con respecto a los anteriores del TSJC son dos: por un lado, que no se reduce a la atención individualizada la presencia del castellano como lengua vehicular en el aula; y por otro, que el derecho de los alumnos catalanes a recibir la enseñanza en su lengua habitual, ya sea ésta el catalán o el castellano, no debe estar sujeta a la solicitud expresa de los padres, sino que debe ser entendida como un derecho universal de los niños catalanes.

Se trata, en definitiva, de algo tan lógico y coherente como convertir el castellano junto con el catalán en lengua vehicular de la educación -que es, en definitiva, lo que pide el auto del TSJC-, lo que no significa necesariamente perjudicar al catalán; ni siquiera implica por fuerza equiparar el número de horas de clase que se imparten en cada una de las dos lenguas. Se trata, sencillamente, de adaptar nuestro modelo actual a la realidad social, lo que se podría hacer sin dejar de considerar el catalán la clave de bóveda: el centro de gravedad, en expresión del TC.

Históricamente la implantación de la inmersión lingüística en Cataluña se ha sustentado sobre la base del consenso social que supuestamente concita dicho modelo entre la población catalana. No en vano, en Cataluña parece existir, a tenor del discurso político de los sucesivos gobiernos de la Generalitat, así como de la información publicada por la mayoría de los medios de comunicación de ámbito estrictamente catalán, una muy mayoritaria aquiescencia en torno al modelo educativo de inmersión lingüística en catalán, así como en relación con la plausibilidad del limitado uso público del castellano en lugares como el Parlamento o la televisión pública de Cataluña. Con todo, no resulta fácil encontrar estudios que acrediten fehacientemente ese consenso social al que apelan constantemente los políticos nacionalistas para defender la necesidad de mantener el modelo de inmersión lingüística.

Ese supuesto consenso descansa en tres principios que los inquilinos de la Generalitat, los de hoy y los de ayer, han repetido hasta la saciedad: primero, que la lengua catalana está en peligro de extinción, argumento pro inmersión cuando menos discutible y que, en definitiva, legitima la escasa presencia del castellano, no sólo en la educación sino en la vida pública de las instituciones catalanas. Segundo, que el modelo actual es el único capaz de garantizar la igualdad de oportunidades y el buen funcionamiento del tan traído y llevado “ascensor social”. Y tercero, que la adopción de un modelo educativo en el que la lengua castellana tuviera una mayor presencia derivaría irremisiblemente en un proceso de segregación social por razones lingüísticas. La inconsistencia de estos tres argumentos se cae por su propio peso, pero en este sentido la sociedad catalana es fiel trasunto de lo que la politóloga alemana Elisabeth Noelle-Neumann define como la espiral del silencio, que hace referencia a la opinión pública como una forma de control social en la que los individuos adaptan su comportamiento a las actitudes predominantes sobre lo que es aceptable y lo que no. La espiral del silencio en Cataluña impide un debate sereno y equilibrado sobre el modelo lingüístico y permite a los partidos nacionalistas seguir defendiendo la inmersión lingüística como condición sine qua non para la supervivencia misma del catalán, como si no fuera posible preservarlo e incluso realzarlo con un sistema educativo bilingüe y aun trilingüe.

Ya en 1932 Ortega apuntaba, con motivo de los debates parlamentarios sobre el primer Estatuto de Autonomía de Cataluña, el llamado Estatuto de Nuria, una explicación plausible al décalage que ya entonces existía y hoy sigue existiendo entre el sentir mayoritario y la cotidianidad de los catalanes, que emplean alternativamente el catalán y el castellano con absoluta normalidad, y su posterior comportamiento electoral concediendo a ese nacionalismo cada vez más rupturista la responsabilidad de gobernar con arreglo a su visión parcial y empobrecedora de la realidad catalana.

“Los demás coinciden con ellos –con los nacionalistas catalanes-, por lo menos parcialmente, en el sentimiento, pero no coinciden en las fórmulas políticas; lo que pasa es que no se atreven a decirlo, que no osan manifestar su discrepancia, porque no hay nada más fácil, faltando, claro está a la veracidad, que esos exacerbados les tachen entonces de anticatalanes”, decía Ortega. Pues bien, eso es lo que en mi opinión les ocurre también hoy día a muchos catalanes en cuestiones como la de la lengua: que no se atreven a decir que, sin dejar de defender la necesidad de proteger la lengua catalana, no están dispuestos a aceptar que la lengua castellana ocupe un lugar testimonial en el sistema educativo catalán. De hecho, la interacción y la cotidianidad del uso alternativo de ambas lenguas en la calle, los comercios y las conversaciones con los amigos y con la familia son sin duda un ejemplo de civismo y respeto por los demás, hasta tal punto que no resulta descabellado argumentar que, mal que les pese a los nacionalistas que trasueñan una Cataluña monolingüe, constituye hoy en día nuestro auténtico hecho diferencial, no solo con el resto de España, sino con el resto del mundo. ¿Por qué no trasladar el bilingüismo al sistema educativo?

Deja un comentario

Archivado bajo La cuestión catalana, Nacional

Visions de Catalunya

La polèmica està servida: El diari britànic The Times diu que “Catalunya és una bomba de rellotgeria pitjor que Xipre”. Me’n assabento a través de la premsa local, en què hi trobo interpretacions dissímils i fins tot contradictòries, i m’afanyo de seguida a trobar l’origen d’una manifestació tan controvertida. Descobreixo que l’autor és Matthew Parris, exdiputat conservador al Parlament de Westminster i articulista de l’esmentat diari, a qui per cert tinc el plaer de conèixer personalment a través de la seva família catalana: una gent, per cert,  senzillament encantadora. Doncs bé, la seva anàlisi em sembla prou encertada i clara, tot i que al meu parer cau en l’error d’atribuir al govern espanyol expressions que mai no ha emprat cap membre de l’executiu central com ara l’amenaça d’enviar l’exèrcit en cas de mantenir-se el govern català en la seva voluntat de celebrar un referèndum per la independència. Així i tot, l’article fa una sèrie d’observacions que em semblen molt assenyades. És curiós com sovint els estrangers són els qui més lúcidament entenen la nostra realitat, sigui aquesta quina sigui, catalana, espanyola o ambdues coses alhora.

L’article fa algun comentari que no abunda en la premsa d’aquí i que per això val la pena de comentar, com ara el fet que l’argument de la indispensabilitat de Catalunya per a l’economia espanyola, que paradoxalment tant s’agraden de brandar els independentistes amb l’únic objectiu de palesar la insignificança d’Espanya al marge de Catalunya, és una pretensió reversible, perquè d’una banda serveix els independentistes per enaltir la importància de l’aportació catalana a l’economia espanyola (importància cabdal que el partidaris de la continuïtat de Catalunya a Espanya no només afirmem sinó que ens hi enorgullim en tant que catalans i espanyols), però alhora és un argument letal per als interessos dels partidaris de la independència de Catalunya, perquè posa en relleu la seva ingenuïtat en la mesura que obliden que la pretesa feblesa d’Espanya una vegada consumada la independència catalana seria el pitjor enemic de l’economia catalana independent, atès el fet que en tot cas el que quedés d’Espanya després de l’escissió de Catalunya continuaria essent el primer soci comercial del nou Estat català. Com es pot pretendre promoure el creixement econòmic d’un Estat naixent quan el teu principal soci comercial s’enfonsa? Em sembla un argument substancial i a més diferent dels habituals arguments en contra de l’opció independentista, és a saber, les dificultats que trobaria el nou Estat català per a aconseguir el reconeixement de la comunitat internacional (atès que, en cas d’assolir la independència, Catalunya hauria d’encetar un llarg pelegrinatge sol·licitant l’acceptació de tots i cadascun dels vora de dos-cents estats que integren la comunitat internacional) o el llarg procés en què s’hauria d’embarcar per a entrar a la Unió Europea. Nogensmenys, tot això és cert per bé que els independentistes convençuts s’entestin en desactivar els seus efectes entre els independentistes de nou encuny, els anomenats independentistes de cartera, atribuint-ho a l’anomenat discurs de la por, que s’ha convertit en una mena de comodí versàtil que permet els seus tenidors amagar les pròpies carències argumentals.

D’altra banda crec que, encara que a desgrat meu, possiblement tingui raó Parris quan insta Rajoy a facilitar el referèndum que proposa la coalició o tripartit (CDC, UDC i ERC) que de facto governa Catalunya, però no precisament perquè jo sigui partidari de la celebració d’aquest referèndum; al contrari, no considero que el referèndum per la independència representi cap triomf de la democràcia com pretenen els independentistes, sinó que al meu parer representa el fracàs de la nostra democràcia entesa com a mecanisme per a la gestió de la heterogeneïtat d’una societat determinada. Però ateses les circumstàncies i la disseminació per tot arreu del pervers discurs autodeterminista que domina l’opinió pública catalana i que parteix de la fal·làcia de què els catalans no ens hem autodeterminat fins ara, és a dir, que se’ns ha estat negant un dret que teníem com a poble. Obliden intencionadament que de fet els catalans ja ens autodeterminem junt amb la resta dels espanyols des de l’adveniment de la democràcia en els termes que formulen les Nacions Unides per a casos, com el d’Espanya, d’Estats sobirans i independents que “es condueixin de conformitat amb el principi de la igualtat de drets i de la lliure determinació dels pobles abans descrit (que es circumscriu als pobles sota el jou del colonialisme) i estiguin, per tant, dotats d’un govern que representi a la totalitat del poble pertanyent al territori, sense distinció per motius de raça, credo o color”.

Per últim, crec que l’articulista té raó quan planteja la celebració d’un referèndum de triple opció incloent-hi, a més de les opcions independentista i continuista, l’opció d’una autonomia més àmplia per a Catalunya sobretot des del punt de vista financer, basada fonamentalment en la refacció de l’actual sistema de finançament de les comunitats autònomes. En definitiva, crec que el que planteja Parris representa potser la darrera oportunitat per a evitar que el nacionalisme essencialista que s’estén per tot Catalunya com una taca d’oli assoleixi el seu objectiu, que no és de salvació com pretenen Junqueras i companya sinó de consumpció. No és en va que el discurs liberal conservador, tan arrelat al Regne Unit, que defensa Parris i que té les seves arrels en la lectura del polític i escriptor irlandès Edmund Burke, defensi les solucions intermèdies que no comportin grans ruptures amb la nostra constitució històrica, en la mesura que correm el risc de perdre herències importants que en bona part expliquen la nostra història tot donant-nos claus per a la interpretació del nostre present així com del nostre futur. En aquest sentit, s’ha de dir que quan els independentistes proposen d’acabar amb el proverbial pactisme català i desespanyolitzar Catalunya mitjançant un trencament abrupte del paraigua jurídic i de l’espai de convivència de què catalans i espanyols no catalans ens hem anat dotant mal que bé al llarg de més de cinc-cents anys el que en definitiva proposen és descatalanitzar Catalunya, en la mesura que Catalunya és part indissociable d’Espanya i viceversa.

Deja un comentario

Archivado bajo La cuestión catalana, Nacional