El PSC y el eterno retorno de la cuestión catalana

La decisión de los diputados del PSC de romper la disciplina de voto socialista en el Congreso de los Diputados ha dado lugar a interpretaciones diversas e incluso contradictorias. A mí, personalmente, la decisión de los socialistas catalanes, con la honrosa  excepción de Chacón, me pareció de entrada una incongruencia en toda regla, pero no tanto porque supusiera un cambio sustancial con respecto a su posición en la votación de la declaración soberanista aprobada hace poco más de un mes en el Parlamento catalán, sino porque a mi juicio no se trata de dos textos independientes entre sí sino que entre ambos existe una incuestionable conexión. Es más, aunque tampoco la compartiera, podría llegar a entender la decisión del PSC de votar a favor de la propuesta de resolución presentada por CiU, ERC e ICV-EUiA en el Congreso, si y sólo si estas mismas formaciones no hubieran presentado hace sólo un mes la otra propuesta, la de la Cámara catalana. Una y otra forman parte de un mismo sistema de ideas y por tanto no tienen vida propia, sino que sólo adquieren consistencia cuando se asocian en pos de un determinado objetivo político.

En mi opinión, pues, no es coherente votar en contra de la primera resolución y a favor de la segunda, pues ésta no es más que una versión edulcorada de aquella, en el bien entendido de que quien puede lo más puede lo menos. Al fin y al cabo, ¿cómo no van a poder los representantes legítimos de un sujeto político y jurídico soberano, que en última instancia podrían en virtud de su autoproclamada condición incluso declarar unilateralmente la independencia sin más, hacer algo tan sencillo como instar al Gobierno central a iniciar negociaciones con la Generalitat para la celebración de un simple referéndum?

Pero que nadie se llame a engaño: el PSC está pagando ahora las consecuencias de una estrategia cortoplacista e irresponsable que alcanzó uno de sus momentos álgidos en julio de 2010 cuando José Montilla, a la sazón presidente de la Generalitat, encabezó la manifestación contra la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut, un gesto que no podía por menos que reforzar la cantinela que los nacionalistas de CiU y ERC llevaban años entonando de que los intereses catalanes son de por sí inconciliables con los intereses generales españoles. Su antagonismo con el PP, por supuesto recíproco y por desgracia también cotidiano, aunque no por ello menos escandaloso, llevó al PSC a deslegitimar las instituciones del Estado de dos maneras diferentes, coincidiendo con el PP en la primera de ellas, que podríamos llamar ad intra en la medida en que se circunscribe al ámbito de lo político, es decir, de la contienda electoral y sus derivadas, y que alcanzó el paroxismo en el poco edificante espectáculo de las recusaciones cruzadas a diversos magistrados del Tribunal Constitucional que protagonizaron los dos grandes partidos nacionales. La segunda forma de deslegitimar las instituciones en que incurrió el PSC, que podríamos denominar ad extra, pues trasciende del ámbito de lo estrictamente político para trasladarse al ámbito de lo público en la medida en que tiende a moldear la opinión pública y los sentimientos prevalecientes en una determinada sociedad, ésta fue sin duda la que llevó al PSC al despeñadero. El PSC probablemente no pretendía con esta actitud minar la credibilidad del Estado español, sino sólo la del PP, pero tomando la parte por el todo se convirtió en una mera comparsa al dictado de los nacionalistas, infatigables en su empeño de derribar las estructuras del Estado español desde dentro. Estos, claro está, se frotaron entonces las manos y se refocilan hoy en las desavenencias entre el PSC y el PSOE porque constituyen una reproducción a escala de la pretendida oposición entre los intereses de Cataluña y el conjunto de España. Paradójicamente, proyectan en el PSC sus deseos monistas y homogeneizadores: soberanistas, en suma. Para los nacionalistas la zozobra del proyecto conjunto entre PSC y PSOE no sólo representa en sí un éxito en términos electorales, que también, sino que además es fiel trasunto del pretendido fracaso de lo que ellos llaman las relaciones entre Cataluña y España, en un giro retorcido que intenta imponer la idea de que la inexorable singularidad de Cataluña no es con respecto al resto de España, sino lisa y llanamente con relación a España. La incapacidad de los socialistas españoles a la hora de presentar una posición unitaria en torno a la cuestión catalana favorece la idea nacionalista de que las soluciones transaccionales y dialogadas ya no son factibles, que ya no es posible la concordia.

Pues bien, se trata de una idea perversa y reduccionista por demás, que soslaya el hecho de que los intereses catalanes son parte indisociable de los intereses españoles y viceversa, en la medida en que los catalanes compartimos con los españoles no catalanes lazos personales, familiares, culturales, económicos, etc., tanto históricos como presentes, que en modo alguno pueden ser cortados de raíz por cauces dicotómicos como el referéndum de autodeterminación que propugnan CiU y ERC, pues se trata de una solución con pretensiones de perpetuidad y fijeza pero que en el fondo nos aboca a una dinámica de transitoriedad e inestabilidad constantes. Ortega sabía lo que decía cuando dijo aquello de que “el problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar; es un problema perpetuo y lo seguirá siendo mientras España subsista”. ¿Acaso alguien cree que con la independencia se acabaría el problema, sea éste catalán o español?

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Archivado bajo La cuestión catalana, Nacional

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