Archivo mensual: marzo 2013

Cataluña y Escocia: Cada palo que aguante su vela

Últimamente oigo a menudo la idea de que la diferencia entre el Reino Unido y España radica en que allí el Gobierno presidido por David Cameron ha aceptado la celebración del referéndum sobre la independencia de Escocia, mientras que aquí el Gobierno de Rajoy se enroca en una defensa numantina de la Constitución a fin de evitar la consulta. Pero las diferencias no acaban ahí… Aunque, bien mirado, quizá sí acaben ahí, pero sin duda empiezan por una actitud en general mucho más lógica y consecuente -lo cual no quiere decir mejor- de los nacionalistas escoceses a la hora de defender su posición dentro del marco de un Estado democrático de Derecho. Pero cuidado que ello no resulta así precisamente porque los nacionalistas escoceses se hayan caracterizado por su compromiso con el interés general del Reino Unido o hayan jugado un papel importante en la gobernabilidad  del Estado –como, en definitiva, sí hizo CiU hasta el año 2003-, sino por todo lo contrario. Veamos.

El caso español es paradigmático en cuanto a la influencia decisiva de los nacionalismos periféricos en la política estatal, en la medida en que su participación en la conformación del Estado español posfranquista ha sido notable, sobre todo por el papel de CiU como partido bisagra tanto en 1993, con el PSOE, cuanto en 1996, con el PP. La apuesta de CiU por la gobernabilidad y la estabilidad de España le granjeó entonces una indiscutida reputación de formación responsable y con sentido de Estado que permitió a la federación nacionalista, cómodamente instalada en la Generalitat desde las primeras elecciones autonómicas de la democracia -en 1980- hasta el año 2003, incrementar progresivamente el autogobierno de Cataluña, que de hecho no ha dejado de ampliarse desde el advenimiento de la democracia hasta nuestros días, incluso después de la sentencia del Estatut.

Posibilismo, pragmatismo y grandes dosis de ambigüedad fueron hasta el año 2003 las principales divisas de CiU. Sin embargo, esa combinación tan rentable para sus intereses particulares y, a decir verdad, a veces también para los intereses generales pasó a la historia en cuanto CiU perdió el poder a manos del primer tripartito allá por el año 2003. Desde entonces, se ha desatado la polarización de la sociedad catalana en el eje centro-periferia, de la cual la radicalización de CiU es sin duda uno de las principales causas aunque, por supuesto, no la única.

La España de hoy -como la de ayer- es obra y responsabilidad de todos, y por supuesto también de los nacionalistas catalanes otrora moderados, de ahí que resulte tan deshonesta la pretensión de que a Cataluña no le queda otra salida que la independencia debido a la proverbial perversidad del Estado español para con los catalanes. Es por ello por lo que, en mi opinión, lo más coherente y razonable con la historia de Cataluña, e incluso con la propia historia del catalanismo, sería perseverar en la línea de la cooperación y la concordia, es decir, en la solución de la cuestión catalana dentro de España.

Por el contario, el SNP -que entre 1945 y 1966 no fue más que un partido muy minoritario en Escocia e insignificante en el régimen de Westminster- sólo ha logrado ser una alternativa confiable de gobierno en Escocia desde los años noventa, mientras que en Westminster ha sido siempre un partido de oposición permanente, sin ninguna pretensión de favorecer la gobernabilidad del Reino Unido. Así, el SNP se ha caracterizado siempre por su aislacionismo político y por su escasa predisposición a coaligarse con otros partidos en favor de sus propuestas, ni siquiera dentro de Escocia, donde su innegociable independentismo limita ostensiblemente el potencial coalicional del SNP, toda vez que el auténtico partido bisagra escocés, el liberal-demócrata, no simpatiza en absoluto con la causa secesionista.

Lo que quiero decir con ello es que, a mi juicio, la solución del referéndum quizá pueda tener sentido en Escocia, pero en modo alguno puede ser de recibo en el caso de Cataluña, en la medida en que los nacionalistas escoceses jamás han defendido la solución de la cuestión escocesa dentro del Reino Unido, mientras que en su mayoría los nacionalistas catalanes siempre habían preconizado la solución de la cuestión catalana dentro de España. Hasta ahora. Los nacionalistas escoceses no son o, en todo caso, no han querido ser corresponsables de la política del Reino Unido; los nacionalistas catalanes se han caracterizado siempre por su intervencionismo en la política general española. Cada palo que aguante su vela.

Por otra parte, hay que decir también que el acceso de catalanes y escoceses a la autonomía política fue también muy diferente: el proceso autonómico en España empezó en 1978 al abrigo de la transición democrática, mientras que la devolution no llegaría al Reino Unido hasta dos décadas después, en 1997. Es decir, la autonomía de Cataluña, consagrada en la Constitución y el Estatuto de Autonomía de 1979, tiene casi veinte años más que la escocesa, si bien hay que decir que esta última llegó en 1997 tras la celebración de un referéndum vinculante sobre la creación de un Parlamento escocés con poderes legislativos limitados, es decir, sobre la implantación de un régimen de autonomía política para Escocia[1].

La principal diferencia entre los nacionalistas escoceses y los catalanes es que los primeros nunca fueron autonomistas sino que mantuvieron una invariable actitud aislacionista con respecto a la política general del Reino Unido, mientras que los segundos abanderaron el proceso de descentralización en España desde dentro, siendo protagonistas indiscutibles del devenir español desde la restauración de la democracia. Durante todos estos años el autogobierno catalán se ha ido consolidando y ampliando sobre la base del compromiso de todos con la prosperidad del conjunto de España y de todas y cada una de las nacionalidades y regiones que la integran. No en vano el nacionalismo catalán ha estado y sigue estando muy presente en el debate político y mediático cotidiano de Cataluña y ha ejercido, ejerce y seguirá ejerciendo una influencia decisiva en el devenir político de España. Gracias a su inmanente inconformismo, la influencia del nacionalismo puede llegar a ser productiva para el conjunto de la sociedad en la que opera siempre que esté dispuesto a adoptar un discurso realista y auténticamente respetuoso con la pluralidad interna de la nacionalidad cuyos intereses dice representar.


[1] De hecho, la autonomía escocesa podría haber llegado el mismo año que la catalana, pero no fue así pese a que en 1979 la mayoría de los escoceses ya votó en referéndum a favor del establecimiento de un régimen de autonomía para Escocia: el 51,62% votó a favor y el 48,38% en contra. Pero ¿cómo es posible que la victoria del “sí” no derivara entonces en la constitución del Parlamento escocés que planteaba la consulta? Pues sencillamente porque una de las premisas del acuerdo alcanzado en Westminster para la celebración del referéndum era que al menos el 40% del cuerpo electoral debía votar a favor de la autonomía, condición que no se dio ni de lejos porque la participación en el referéndum fue del 63,8%. Es decir, en aquella ocasión no bastó con que algo más de la mitad de los votos emitidos fuera favorable a la autonomía, pues había quedado establecido de entrada que, para la adopción de una decisión tan importante como aquella, no bastaba con la mera aplicación del principio de la mayoría, sino que era imprescindible conducir el proceso con arreglo a una serie de rigurosas normas orientadas a acomodar el principio de la mayoría con la sujeción a la ley y el respeto de los derechos y libertades individuales y colectivos. Una vez más, conviene recordar que democracia no significa tiranía de la mayoría.

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Desmuntant un tòpic

No és la primera vegada, i probablement no serà l’última, que sento atribuir demagògicament a en Josep Pla la idea que el que més s’assembla a un espanyol de dretes és un espanyol d’esquerres, impostura que per a tot bon nacionalista català s’ha convertit darrerament adés en article de fe, adés en arma llancívola contra els espanyols en general. Ahir va ser el perspicu articulista Francesc-Marc Álvaro qui en el seu article a La Vanguardia El primer cap tallat va repetir per enèsima vegada la mentida transmutada en veritat. “El mestre Pla ja ho deia: el que més s’assembla a un espanyol de dretes és un espanyol d’esquerres, com bé està comprovant Pere Navarro mentre tracta de complaure tothom”, deia el senyor Álvaro sense inmutar-se. Ara bé, per trobar l’origen d’aquesta fal·làcia seva i corregir el seu error, només li cal remuntar fins a la pàgina 273 de l’edició de butxaca del Quadern gris (Destino, 2007), en què Pla evoca les paraules que anys enrere li havia dit son pare tot recordant “el gran afer de l’arròs de Pals”: “Pensa que el que s’assembla més a un home  d’esquerra, en aquest país, és un home de dreta. Són iguals, intercanviables, han mamat la mateixa llet”. No fa falta dir que, quan en Josep Pla es refereix a “aquest país”, s’està referint sens dubte a la gent de L’Empordà, i no als espanyols com vostè pretén. De fet, per reblar el clau també és interessant recordar el subtítol de l’obra de Pla El meu país, és a saber, Reflexions sobre L’Empordà. Doncs bé, senyor Álvaro, no fa falta que li recordi que per defensar els arguments propis no sempre és necessari recórrer a l’argument d’autoritat, però si hom es decideix a fer-ho, ho ha de fer amb un mínim de rigor encara que només sigui per no perdre la credibilitat que, tot sigui dit, s’ha guanyat amb la seva dilatada trajectòria.

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El PSC y el eterno retorno de la cuestión catalana

La decisión de los diputados del PSC de romper la disciplina de voto socialista en el Congreso de los Diputados ha dado lugar a interpretaciones diversas e incluso contradictorias. A mí, personalmente, la decisión de los socialistas catalanes, con la honrosa  excepción de Chacón, me pareció de entrada una incongruencia en toda regla, pero no tanto porque supusiera un cambio sustancial con respecto a su posición en la votación de la declaración soberanista aprobada hace poco más de un mes en el Parlamento catalán, sino porque a mi juicio no se trata de dos textos independientes entre sí sino que entre ambos existe una incuestionable conexión. Es más, aunque tampoco la compartiera, podría llegar a entender la decisión del PSC de votar a favor de la propuesta de resolución presentada por CiU, ERC e ICV-EUiA en el Congreso, si y sólo si estas mismas formaciones no hubieran presentado hace sólo un mes la otra propuesta, la de la Cámara catalana. Una y otra forman parte de un mismo sistema de ideas y por tanto no tienen vida propia, sino que sólo adquieren consistencia cuando se asocian en pos de un determinado objetivo político.

En mi opinión, pues, no es coherente votar en contra de la primera resolución y a favor de la segunda, pues ésta no es más que una versión edulcorada de aquella, en el bien entendido de que quien puede lo más puede lo menos. Al fin y al cabo, ¿cómo no van a poder los representantes legítimos de un sujeto político y jurídico soberano, que en última instancia podrían en virtud de su autoproclamada condición incluso declarar unilateralmente la independencia sin más, hacer algo tan sencillo como instar al Gobierno central a iniciar negociaciones con la Generalitat para la celebración de un simple referéndum?

Pero que nadie se llame a engaño: el PSC está pagando ahora las consecuencias de una estrategia cortoplacista e irresponsable que alcanzó uno de sus momentos álgidos en julio de 2010 cuando José Montilla, a la sazón presidente de la Generalitat, encabezó la manifestación contra la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut, un gesto que no podía por menos que reforzar la cantinela que los nacionalistas de CiU y ERC llevaban años entonando de que los intereses catalanes son de por sí inconciliables con los intereses generales españoles. Su antagonismo con el PP, por supuesto recíproco y por desgracia también cotidiano, aunque no por ello menos escandaloso, llevó al PSC a deslegitimar las instituciones del Estado de dos maneras diferentes, coincidiendo con el PP en la primera de ellas, que podríamos llamar ad intra en la medida en que se circunscribe al ámbito de lo político, es decir, de la contienda electoral y sus derivadas, y que alcanzó el paroxismo en el poco edificante espectáculo de las recusaciones cruzadas a diversos magistrados del Tribunal Constitucional que protagonizaron los dos grandes partidos nacionales. La segunda forma de deslegitimar las instituciones en que incurrió el PSC, que podríamos denominar ad extra, pues trasciende del ámbito de lo estrictamente político para trasladarse al ámbito de lo público en la medida en que tiende a moldear la opinión pública y los sentimientos prevalecientes en una determinada sociedad, ésta fue sin duda la que llevó al PSC al despeñadero. El PSC probablemente no pretendía con esta actitud minar la credibilidad del Estado español, sino sólo la del PP, pero tomando la parte por el todo se convirtió en una mera comparsa al dictado de los nacionalistas, infatigables en su empeño de derribar las estructuras del Estado español desde dentro. Estos, claro está, se frotaron entonces las manos y se refocilan hoy en las desavenencias entre el PSC y el PSOE porque constituyen una reproducción a escala de la pretendida oposición entre los intereses de Cataluña y el conjunto de España. Paradójicamente, proyectan en el PSC sus deseos monistas y homogeneizadores: soberanistas, en suma. Para los nacionalistas la zozobra del proyecto conjunto entre PSC y PSOE no sólo representa en sí un éxito en términos electorales, que también, sino que además es fiel trasunto del pretendido fracaso de lo que ellos llaman las relaciones entre Cataluña y España, en un giro retorcido que intenta imponer la idea de que la inexorable singularidad de Cataluña no es con respecto al resto de España, sino lisa y llanamente con relación a España. La incapacidad de los socialistas españoles a la hora de presentar una posición unitaria en torno a la cuestión catalana favorece la idea nacionalista de que las soluciones transaccionales y dialogadas ya no son factibles, que ya no es posible la concordia.

Pues bien, se trata de una idea perversa y reduccionista por demás, que soslaya el hecho de que los intereses catalanes son parte indisociable de los intereses españoles y viceversa, en la medida en que los catalanes compartimos con los españoles no catalanes lazos personales, familiares, culturales, económicos, etc., tanto históricos como presentes, que en modo alguno pueden ser cortados de raíz por cauces dicotómicos como el referéndum de autodeterminación que propugnan CiU y ERC, pues se trata de una solución con pretensiones de perpetuidad y fijeza pero que en el fondo nos aboca a una dinámica de transitoriedad e inestabilidad constantes. Ortega sabía lo que decía cuando dijo aquello de que “el problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar; es un problema perpetuo y lo seguirá siendo mientras España subsista”. ¿Acaso alguien cree que con la independencia se acabaría el problema, sea éste catalán o español?

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