La independencia y la cuestión española

Me dispongo a escribir uno de los artículos más difíciles de cuantos he escrito sobre la llamada cuestión catalana, que en el fondo es también una de las grandes cuestiones españolas, por no decir la principal, al menos durante los últimos cien años. Digo que es un artículo difícil porque lo que pretendo es condensar en él mi opinión sobre la cuestión de la forma más honesta posible, es decir, renunciando a emplear paños calientes para disimular aquellos aspectos de mi juicio que intuyo pueden, hasta cierto punto, desnaturalizar a los ojos de los independentistas mi oposición frontal a la secesión de Cataluña.

En primer lugar, quiero constatar la sensación que tengo últimamente de que los catalanes que queremos seguir siendo españoles nos estamos replegando y dejando a menudo en manos de los catalanes que quieren dejar de serlo la representación y la articulación de nuestros intereses colectivos, como si admitiéramos que ellos tienen más derecho a ostentar esa responsabilidad que nosotros por el solo hecho de sentirse solamente catalanes, como si su catalanidad fuera más pura, más legítima por ser excluyente. Nuestra autocontención, nuestra condescendencia ha permitido a los independentistas actuar de continuo como si Cataluña fuera ya virtualmente independiente y les ha dado alas para imponer, entre otras ideas, la creencia de que el referéndum de independencia que propugnan constituye la quintaesencia del principio democrático, cuando a mi juicio representa más bien la negación de dicho principio, así como el fracaso de nuestro proyecto sugestivo de vida en común, que diría Ortega. Nótese que Ortega no empleaba al buen tuntún el adjetivo “sugestivo” sino que lo hacía desde el conocimiento de la complejidad española y desde el convencimiento de que sólo a través de la sugestión y de la voluntad de alcanzar acuerdos se conseguiría la anhelada vertebración de España. Los nacionalistas maximalistas, por el contrario, nunca han creído en las soluciones transaccionales ni en la sugestión mutua, porque ven en la negociación un escollo para implantar sus objetivos monistas. Antes que aceptar el verdadero sentido de la política, el de la negociación constructiva, prefieren alimentar la sensación de agravio entre la sociedad a la que dicen querer emancipar, cuando en realidad no hacen más que encadenarla con su actitud a la más improductiva y mórbida de las melancolías.

Ahora bien, defender la independencia de Cataluña es un objetivo político tan legítimo como defender su permanencia en España. Lo que ya no me parece tan legítimo es justificar tal objetivo sobre la base de mentiras y agravios imaginarios ni plantearlo en términos inaceptables para el Estado central con el manifiesto objetivo de imposibilitar la resolución de la cuestión catalana dentro de España. Y eso es precisamente lo que están haciendo CiU y su socio parlamentario, ERC, al plantear la cuestión no como un objetivo político sino como un derecho inalienable del pueblo catalán, eufemísticamente denominado derecho a decidir. Creo sinceramente que el referéndum de independencia no es de ninguna manera una exigencia ni democrática ni justa, sino en todo caso una válvula de escape al callejón sin salida en el que no nos ha metido el Estado español, sino precisamente los políticos nacionalistas al presentar la independencia como una suerte de piedra filosofal contra la crisis, en un ejercicio de diletantismo político sin parangón que, una vez más, pone de manifiesto su proverbial y nefasta inclinación a dar respuestas fáciles a problemas complejos. Así pues, yo agradezco la intención del gobierno central de preservar la unidad de España como espacio de convivencia intrínsecamente plural, pero creo, como ya he dicho otras veces, que España necesita una ley en la línea de la Clarity Act canadiense, que prevé un complejo proceso de negociaciones políticas para el caso de que una mayoría clara de los ciudadanos de Quebec votara, siempre en respuesta a una pregunta clara, a favor de la secesión de la provincia francófona.

Decía Duran Lleida, en el debate sobre el estado de la nación, que “España no saldrá adelante sin resolver la cuestión catalana”. Pues bien, estoy de acuerdo con Duran, si bien yo añadiría que tampoco Cataluña saldrá adelante sin resolver la cuestión española. Pero cuidado que la cuestión catalana puede resolverse por las buenas, mediante el diálogo y el acuerdo dentro de la legalidad para que Cataluña permanezca en España; o por las malas, mediante la ruptura incluso unilateral como en última instancia plantea el líder de ERC, Oriol Junqueras. Sin embargo, la cuestión española en Cataluña es mucho más difícil de resolver desde fuera de España, porque somos muchos los que en Cataluña nos sentimos catalanes en cuanto españoles y viceversa. Así, si desde el poder político se nos impone la idea de que ambos sentimientos son irreconciliables, nuestra manera de interpretar la realidad cambiará necesariamente y muchas de las cosas que hasta ahora nos parecían plausibles y aun deseables en aras de la convivencia–por ejemplo, la protección de la lengua catalana como patrimonio cultural que reconoce la Constitución española- quizá dejen de parecérnoslo. La principal virtud de nuestro Estado constitucional ha sido y es precisamente su capacidad para integrar su heterogeneidad, el pluralismo interno no sólo del todo sino también de las partes, pues si la nación española –la única nación política, además de cultural, de cuantas conforman España- es intrínsecamente plural por definición, no lo son menos el resto de las naciones culturales españolas, entre ellas por supuesto la catalana.

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1 comentario

Archivado bajo La cuestión catalana, Nacional, Uncategorized

Una respuesta a “La independencia y la cuestión española

  1. Cuicho

    El nacionalismo catalán es dogma de fe, y rebatirlo conlleva la anatemización. ¡Es duro dialogar con aquel que de buenas a primeras te tilda de “facha” o “fascista”! La política naïf independentista tiene estas cosas… ¡crea problemas artificiales! ¿Las palabras del Sr. Duran? Vacias de contenido.

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