La diferencia entre Lincoln y un Bárcenas cualquiera

Los casos de corrupción se multiplican por momentos a lo largo y ancho de la geografía española. Tanto es así que gana fuerza entre nuestra opinión pública la idea de que el único fenómeno auténticamente nacional, realmente igualatorio de todos los pueblos de España, es una concepción utilitaria de la política como pasaporte al enriquecimiento ilícito e impune. Ni que decir tiene que la corrupción no es un mal privativo de España, pero por desgracia la corrupción política ha dejado de ser una mera anécdota en nuestro país para convertirse, en el mejor de los casos, en una anécdota bastante categórica. De ahí que se imponga la necesidad perentoria de un gran pacto nacional por la transparencia y contra la corrupción, en la línea de otros grandes acuerdos inclusivos por definición como los Pactos de la Moncloa. La mal llamada clase política de este país necesita urgentemente una catarsis, que debería ir acompañada de un ejercicio generalizado de introspección en el seno de la ciudadanía española acerca de nuestra actitud con respecto a esta lacra, pues hasta ahora la respuesta de nuestra sociedad ha fluctuado mayoritariamente entre dos clases de reacciones alternativas, distintas pero igualmente indeseables para nuestra salud democrática.

Por un lado, están los posibilistas, es decir, quienes piensan que la corrupción se halla tan sólidamente instalada en nuestra clase política que hay que aceptarla como una constante y no ya como una variable del proceso político. Quienes experimentan esta reacción tienden a cerrar filas en torno a su partido predilecto y, lejos de abandonar el proceso político, desdramatizan sus corruptelas tildándolas de deslices aislados, en contraposición con las del resto de los partidos, estructurales fuentes de irreparables daños sociales. Ven la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio; y así, en lugar de ayudar, tienden a favorecer la persistencia del mal.

Por otro lado, están los desafectos, es decir, aquellos que en vista de la putrefacción que contamina nuestra política han perdido definitivamente la confianza en ella como medio para la resolución de conflictos y, en definitiva, para la ordenación de nuestra vida colectiva. Al contrario que los posibilistas, los desafectos toman la parte por el todo y renuncian a participar en el proceso político, de suerte que en lugar de ayudar tienden también a favorecer la persistencia del mal. Olvidan las palabras de Confucio: “Quien comete un error y no lo corrige comete otro aún mayor”.

Pero la corrupción política no es, insisto, un mal privativo de España, sino que se halla en todas partes y en todas las épocas. De lo contrario, no se explicaría entre otras cosas que a mediados del siglo XIX Lord Acton dijera aquello de que “el poder corrompe y el poder absoluto tiende a corromper absolutamente”. Más o menos en la misma época en que Acton formulaba su célebre máxima en Inglaterra, en los Estados Unidos el presidente Lincoln –de actualidad gracias a la película de Steven Spielberg, muy recomendable por cierto-  recurría a la corrupción para convertirse, en palabras de uno de sus más acerbos críticos dentro del Partido Republicano, Thaddeus Stevens, en “artífice y cómplice del acto más grande del siglo XIX”: la abolición de la esclavitud y la reunificación del país tras la Guerra de Secesión. Pues sí, Lincoln luchó por la realización de sus nobles ideales a toda costa, hasta tal punto que no dudó en recurrir a la corrupción y al tráfico de influencias para lograr la aprobación por la Cámara de Representantes de la famosa decimotercera enmienda de la Constitución estadounidense.

La diferencia entre Lincoln y un Bárcenas cualquiera está en que Lincoln reunía las tres cualidades fundamentales que según el filósofo Max Weber debe reunir un político: la pasión, el sentido de la responsabilidad y la mesura. La primera de ellas, la pasión, la entiende Weber en el sentido de “positividad”, de entrega apasionada a una causa -en el caso de Lincoln, la abolición de la esclavitud y la reconstrucción del país-, y no en el sentido de lo que Weber denomina “excitación estéril”, y la contrapone con la vanidad, “un enemigo muy trivial y demasiado humano” que no consiste en otra cosa que en el disfrute hedonista e irresponsable del poder por el poder. De hecho, según Weber, no es la pasión la cualidad psicológica decisiva para el político, sino la mesura porque “la pasión no convierte a un hombre en político si no está al servicio de una ‘causa’ y no hace de la responsabilidad para con esa causa la estrella que oriente la acción”. Todo lo contrario de nuestros políticos corruptos, que adolecen de los dos principales vicios que, según Weber, puede tener un político: la ausencia de finalidades objetivas y la falta de responsabilidad. Basta con repasar someramente y sin partidismo el comportamiento errático de parte de nuestras actuales clases dirigentes para suscribir sin faltar una coma las palabras de Weber.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “La diferencia entre Lincoln y un Bárcenas cualquiera

  1. Emilio

    Apreciado Nacho,
    La clases política (persisto en la denominación) ya ha quedado desacreditada por sus incompetencias sucesivas y, ahora, por los masivos casos de corrupción deliberada. Tal lacra tan solo aporta distanciamiento social respecto a la Política. Y es que se podría decir que la sociedad y el país avanzan a pesar de los políticos.
    Gran artículo que invita a reflexionar y a pasar a la acción.
    Un abrazo.

    Emilio

    • Querido Emilio:

      Gracias por leerme siempre con tanto interés. Tienes razón con respecto a la distancia que crece por momentos entre los políticos y la sociedad, y también en lo que dices de que la sociedad y el país avanzan -y yo añadiría: o retroceden- a pesar de los políticos. Porque, a pesar de que estoy absolutamente convencido de que hay muchos políticos íntegros y fieles cumplidores de su cometido como servidores públicos, la sensación que se extiende es que los políticos se han convertido en una casta extractora de rentas que está donde está porque no tiene méritos para estar en ningún otro sitio. La situación del país en este sentido resulta muy preocupante, la verdad. Me inclino a pensar -y no soy el único- que una de las principales causas de la corrupción en España es la excesiva ortodoxia de nuestros partidos, la partitocracia que se ensancha en exceso, ocupando ámbitos de nuestra realidad que no les corresponden a los partidos sino a la sociedad civil y bloqueando así los necesarios procesos de rendición de cuentas de los propios partidos.

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