Archivo mensual: octubre 2012

La suplantación de Cataluña

La perversión del ideal posmoderno del cuestionamiento sistemático del saber establecido en general puede crear un caldo de cultivo inmejorable para el populismo político, en la medida en que favorece el falseamiento impune de la realidad histórica y presente, la confusión entre autoridad y autoritarismo y, lo más importante, el desprecio del Derecho como mecanismo para la resolución de conflictos de intereses. Viene esto a cuento de lo que está ocurriendo últimamente en Cataluña, cuyos máximos dirigentes nos recuerdan cada día la insignificancia de la Constitución de 1978, la proximidad del tricentenario del sometimiento del pueblo catalán al pérfido Estado español y la contraposición entre legalidad y legitimidad, sin olvidar, claro está, las consabidas muletillas del expolio fiscal y la voluntad de aniquilar la lengua y la cultura catalanas.

El jueves pasado, por ejemplo, empecé y acabé el día con la misma monserga: por la mañana escuché la entrevista de Jordi Basté en RAC1 con el portavoz del gobierno catalán, Francesc Homs, y por la noche vi la entrevista que Josep Cuní le hacía en 8TV al presidente de la Generalitat, Artur Mas. Uno y otro disfrutaron de lo lindo con las preguntas de los periodistas sobre la ofensiva del Estado por tierra, mar y aire para sofocar las ansias de libertad del pueblo de Cataluña. Que si el Estado dosifica el pago de la cantidad solicitada por el gobierno catalán al Fondo de Liquidez Autonómica con la única pretensión de demostrar quién manda aquí y revelando así un absoluto desprecio por la suerte de los ciudadanos catalanes; que si los cazas del ejército español sobrevuelan las comarcas catalanas con intenciones intimidatorias manifiestas; y, ahora también, resulta que los catalanes que viven fuera de España están encontrando serias dificultades para poder votar por correo en las elecciones del próximo 25 de noviembre, en contraposición con lo ocurrido en otras comunidades autónomas que han celebrado elecciones recientemente, caso de Galicia y el País Vasco. En palabras del portavoz Homs, que para reforzar su argumento dijo haber hablado con “la gente” de ambas comunidades –¡a saber con quién habrá hablado!-, “en Galicia ha ido todo muy bien, mientras que en el País Vasco no tanto y en Cataluña ya ven…”. Claro, como en Galicia gana el PP los electores gallegos no tienen problemas para votar por correo –a veces incluso votan sin querer-; en el País Vasco, donde se preveía una victoria de un PNV ahora moderado por el radicalismo de Bildu, el Estado ha abierto un poco más la espita que en otras ocasiones; pero en Cataluña, ¡ay, Cataluña!, la premisa es clara: a los catalanes que viven en el extranjero, ¡ni agua!

Mención aparte merece esta última prenda de la supuesta aversión del Estado español hacia los catalanes, pues tan pueril y ridículo argumento sólo se entiende de acuerdo con la dialéctica amigo-enemigo con que los nacionalistas pretenden resolver la cuestión catalana de una vez por todas. El razonamiento es sencillo: el pueblo catalán (amigo) quiere la independencia a toda costa y el Estado español (enemigo) se empeña en poner puertas al campo. Así de fácil. Los nacionalistas no admiten matices: trasueñan una sociedad catalana monolítica a imagen y semejanza del ideal nacionalista, una sociedad enfrentada a un Estado hostil que la aprisiona y la maltrata sistemáticamente. De ahí que la sandez de que los catalanes que viven en el extranjero encuentran más dificultades para votar en unas elecciones autonómicas que los vascos o los gallegos encaje a la perfección en la lógica de los nacionalistas. Poco importan detalles menores como el origen o el número de esas quejas de catalanes del exterior, mientras éstas sirvan a la causa independentista.

Nótese que me refiero únicamente a las elecciones autonómicas, porque imagino que los nacionalistas no dirían lo mismo si se tratara de unas elecciones generales, en las que por cierto el porcentaje de catalanes que ejercen su derecho a voto acostumbra a ser sensiblemente superior al de las autonómicas y cuyos resultados, dicho sea de paso, suelen favorecer en conjunto a los partidos de ámbito estatal y por tanto no independentistas. Así pues, siguiendo la lógica nacionalista, cabe imaginar que de haberse tratado de unas elecciones generales la directriz que el Estado español habría difundido entre su personal consular hubiera sido justo la contraria: a los catalanes que viven en el extranjero, ¡el voto en bandeja de plata! Tal es la inconsistencia de los argumentos a los que buena parte de los medios de comunicación catalanes están prestando oídos, para mayor gloria del nacionalismo.

Es curioso, pero con frecuencia quienes se llenan la boca hablando del derecho a decidir del pueblo catalán son los primeros en no respetar ni la pluralidad interna de Cataluña ni su expresión democrática en los diferentes ámbitos de decisión del pueblo en cuyo nombre dicen hablar y al que ahora dicen querer emancipar (sic), por utilizar la perversa expresión que últimamente viene empleando el presidente Mas.

Lo anterior no hace más que confirmar la notoria voluntad de los nacionalistas de arrogarse en exclusiva la representación de los intereses de Cataluña, voluntad que tanto Mas como Homs y el resto de los líderes nacionalistas ponen de relieve cada vez que empiezan una frase con aquello de “si Cataluña gana el referéndum…” o “si Cataluña pierde el referéndum…”. Es evidente que lo que quieren decir es que si los independentistas ganan el hipotético referéndum harán esto, lo otro y lo de más allá, pero subliminalmente están tratando de neutralizar la oposición interior convenciéndonos a todos, y muy especialmente a quienes se sienten sobre todo catalanes pero no sienten la españolidad como algo ajeno ni mucho menos fatigoso, de que votar en contra de la independencia de Cataluña es votar contra Cataluña, y eso no sólo es falso sino que además es retorcido y moralmente reprobable.

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Petiteses jurídiques

Encara que sembli mentida, cada cop que m’assec a escriure unes línies intento fer-ho sobre qualsevol altra cosa, però no puc: em preocupa massa el futur del meu país com per fer el desentès. I això que de temes n’hi ha a cabassos, però la situació política que vivim a Catalunya i en el conjunt d’Espanya em sembla prou important i, ateses les presses amb què s’han convocat les properes eleccions catalanes, urgent com perquè tots fem l’esforç d’explicar-nos per mirar de redreçar la situació tot evitant una fractura social que ja es comença a albirar i que pot acabar resultant fatal per a la nostra societat.

Fa cosa de sis anys, al 2006, poc abans de l’entrada en vigor del nou Estatut d’Autonomia de Catalunya, vaig estar a Belfast i recordo que em va colpir d’horror la sensació d’estar davant d’una societat dividida que m’assaltà en veure la munió de banderes, unionistes o republicanes en funció del barri, que penjaven dels balcons de moltes de les cases de les barriades més humils de la capital d’Irlanda del Nord. (Dels murals amb motius bèl·lics homenatjant les respectives bandes terroristes –IRA i UVF-, és millor ni parlar-ne). En aquella ocasió vaig pensar que els catalans érem afortunats per haver aconseguit evitar mal que bé la divisió que tenalla societats com la d’Irlanda del Nord o el País Basc, i vaig concloure que allò era gràcies a l’altesa de mires de tots nosaltres, dels catalanistes, dels espanyolistes i de tots aquells que senzillament viuen i treballen a Catalunya, en feliç expressió de l’expresident Pujol d’abans del seu enlluernament independentista.

Però d’un quant temps ençà s’ha capgirat la situació: emergeix amb força una visió exclusivista de la catalanitat que pretén apaivagar qualsevol matís o redreçament que pugui estroncar l’inevitable destí del poble català: convertir-se en un Estat sobirà.

El president Mas diu que vivim moments històrics i immediatament s’afanya a matisar que històric no vol messiànic, però atesa la seva actitud hom no pot sinó pensar que el president no té gens clar el significat ni d’històric ni de messiànic. Assegurar que faràs un referèndum tant sí com no, dintre o fora de la legalitat espanyola, és creure que s’està per sobre del bé i del mal, és a dir, messianisme en estat pur. Encara més peregrí resulta que per salvar l’obstacle de la Constitució espanyola Mas apel·li als tribunals europeus, tret que es vegi amb cor de canviar la dinàmica judicial d’aplicació rigorosa dels tractats constitutius de la Unió Europea (UE). Ben mirat, sí que és probable que Mas s’hi vegi amb cor, atesa la pregunta que va plantejar a La Vanguardia com a futurible de cara al referèndum que pensa fer sí o sí: “Vostè desitja que Catalunya esdevingui un nou Estat de la Unió Europea?”. Tant se val que la Convenció de Viena de 1978 sobre successió d’Estats en matèria de tractats prevegi la seva aplicació en “tot tractat que sigui instrument constitutiu d’una organització internacional, sense perjudici de les normes relatives a l’adquisició de la qualitat de membre…”; i tant és que quant als requisits per entrar a la UE, el criteri sigui clar: s’exigeix la unanimitat dels Estats membres, és a dir, per evitar l’entrada d’un nou membre n’hi ha prou amb que un d’ells s’hi oposi. Bah, petiteses jurídiques!, deu pensar el president que tot ho pot. I això que els moments no són messiànics…

Messiànics no, però sí històrics. I potser sí que té raó el president i efectivament vivim moments històrics, no endebades si, una vegada superades totes les punyetes jurídiques del món, s’arribés a convocar el referèndum amb aquesta pregunta, Mas estaria donant la volta al procés que fins ara havien seguit tots els països per a entrar en la UE. L’accés a la UE només el poden demanar els Estats i no pas una part d’un Estat ni la seva ciutadania en bloc o en part, però els catalans alliberats d’Espanya pel nostre omnipotent president seríem els primers de la història en fer-ho. Una vegada més, això son petiteses, punyetes jurídiques sense importància. Perdoneu, però d’això en català se’n diu voler fer veure la lluna en un cove, i això més que en un nou Estat d’Europa ens pot acabar convertint en la riota d’Europa per obra del president de la Generalitat més irresponsable de la història. Déu el faci bo!

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Catalanitat és hispanitat

Avui he assistit a la concentració amb motiu del dia de la Hispanitat a la barcelonina Plaça de Catalunya. Ho he fet després de molt rumiar-ho: no precisament perquè no compartís l’essència d’allò que avui es reivindicava allí, la permanència de Catalunya a Espanya al capdavall, sinó perquè no estava convençut de l’oportunitat, o més ben dit, de la utilitat de la trobada amb vista a la seva finalitat. I és que ja se sap que una imatge val més que mil paraules, i en aquest cas la comparació amb la multitudinària manifestació de l’Onze de Setembre es donava per descomptada i potser des d’aquest punt de vista la convocatòria d’avui suposava d’antuvi portar en safata als independentistes una victòria simbòlica.

Però no ens enganyéssim: la iniciativa ha estat reeixida. I ho ha estat perquè aconseguir ajuntar milers de persones amb motiu de la festivitat del Dotze d’Octubre a Catalunya és en qualsevol cas un èxit, atès que el Dotze d’Octubre ha de suportar i lluitar contra l’estigma que la visió nacionalista romàntica prevalent a l’esfera política i mediàtica catalana ha aconseguit infligir a tot allò que tingui a veure amb Espanya, per la qual cosa no és casualitat que al nostre país siguin legió els que consideren que aquesta és una celebració inventada per la dictadura franquista i per tant condemnable.

Doncs bé, el dia de la Hispanitat ha estat la festa nacional d’Espanya -així com, val a dir-ho, d’una munió de països llatinoamericans- com a mínim des de 1918, és a dir, des d’abans de l’adveniment de les dues dictadures que hi va haver a Espanya durant el segle XX. El concepte d’hispanitat, endemés, és una idea central de la tradició catalanista, només cal llegir autors com ara Milà i Fontanals, Joan Maragall o fins i tot Prat de la Riba per a adonar-se’n. Però això ja són figues d’un altre paner.  

D’altra banda, també hi ha qui considera que senzillament avui no hi ha res a celebrar perquè el que avui es commemora en realitat no és res més que un “genocidi” perpetrat pels espanyols, com si en aquesta condició no estiguéssim inclosos els catalans per bé o per mal, com si no hi hagués hagut catalans a les expedicions colombines o com si els catalans no haguessin participat al igual de la resta d’espanyols en la colonització  d’Amèrica. Per cert, que aquest argument -el de negar la participació catalana en l’expansió de l’imperi espanyol dellà els mars- va assolir fa pocs dies un dels seus moments més àlgids, per no dir ridículs, quan el líder d’Unió Democràtica de Catalunya, Josep Antoni Duran i Lleida, va comparar sense embuts la situació de la Catalunya d’avui amb la de Cuba just abans de la seva independència al 1898. Què potser Duran no sap que la pèrdua de les últimes colònies s’hauria pogut evitar o, com a mínim, endarrerir de no ser per la contumaç negativa de la burgesia industrial catalana, zelosa de la seva privilegiada situació comercial envers les restes de l’imperi,  a que el govern espanyol –desoint, per cert, els consells d’Antonio Maura- concedís l’autonomia que d’entrada reclamaven els cubans?

Vull recordar amb això que Espanya, i per tant la hispanitat, és una gran obra col·lectiva, amb les seves grandeses i misèries, en què els catalans han tingut una participació decisiva, amb figures tant senyeres com ara el primer governador de Califòrnia Gaspar de Portolà; l’historiador i diputat a les Corts de Cadis Antoni de Capmany; el gran filòsof Jaume Balmes; dos dels tres presidents de la Primera República Espanyola, Estanislau Figueras i Francesc Pi i Margall; el general Prim i tants i tants personatges que al llarg de la història han fet de la catalanitat part indissociable de la hispanitat.  

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La “Ley sobre la claridad” canadiense y su recepción en España (III): las cartas boca arriba

Tras los referéndums sobre la independencia de Quebec de 1980 y 1995 –ambos antes de la promulgación de la “Ley sobre la claridad”-, el foco de atención se desplaza ahora a Cataluña, donde el gobierno autonómico ha dejado claro que convocará con o sin el permiso del gobierno central una consulta o un referéndum -como si la diferencia entre lo uno y lo otro fuera de matiz- para saber si los catalanes quieren seguir formando parte de España o no.

Pues bien, lo primero que hay que dejar claro a este respecto es que la convocatoria de consultas populares por vía de referéndum en cualquiera de sus modalidades es competencia exclusiva del Estado, así que si lo que quiere el gobierno catalán es convocar un referéndum vinculante no tiene más remedio que hacerlo de acuerdo con el gobierno central. Lo contrario supone ni más ni menos que situarse fuera de la legalidad vigente, una actitud desafiante que por desgracia empieza a ser ya habitual entre nuestros gobernantes, que de continuo se empeñan en emplear al pueblo como ariete contra las instituciones democráticas constituidas.[1]

Creo que es precisamente para atajar este tipo de actitudes decisionistas –por decirlo en palabras de Carl Schmitt- por lo que España necesita en estos momentos una ley orgánica al estilo de la “Ley sobre la claridad”, en la medida en que ésta protege tanto el principio democrático como el respeto al Estado de Derecho y la primacía de la ley y el respeto a las minorías. Es más, no creo que, a pesar de sus frecuentes alusiones al caso canadiense, el nacionalismo catalán tenga en el fondo ningún interés en promulgar una ley así. Por el contrario, si bien hasta ahora el gobierno central no se ha mostrado en absoluto partidario de negociar nada, habrá que esperar a ver lo que ocurre en las elecciones catalanas del próximo 25 de noviembre y si de ellas surge un Parlamento claramente independentista. Si es así, difícilmente el gobierno central podrá escurrir el bulto, y se verá obligado a flexibilizar su postura para permitir al menos calibrar la auténtica fuerza del independentismo a la hora de la verdad. Pero ¿por qué digo que al nacionalismo catalán no le interesa una “Ley sobre la claridad”? Pues, en primer lugar, porque se mueve a las mil maravillas en el terreno de la indefinición, y en segundo lugar, porque la “Ley sobre la claridad” se basa fundamentalmente en los siguientes cuatro puntos (adaptados al caso español):

  1. La secesión de una región o comunidad autónoma sólo se podrá llevar a cabo a través de una reforma constitucional. Se trata de un punto esencial de la ley, que en el caso canadiense se deriva del espíritu transaccional y gradualista que caracteriza su proceso de toma de decisiones y que sin duda garantiza que los cambios que se produzcan, por fundamentales que puedan ser, no supongan grandes rupturas sociales en el seno de Quebec y entre Quebec y lo que los nacionalistas quebequeses llaman ROC (Rest of Canada). Expresión que por cierto denota de por sí bastante más respeto y lealtad hacia el todo que el que demuestran los nacionalistas catalanes cuando se refieren a España con eufemismos como “Madrid” o “l’Estat”.
  2. Una pregunta clara y sin ambages. La “Ley sobre la claridad” prevé que, en caso de celebrarse un referéndum sobre la independencia, la pregunta deberá ser clara y precisa, lo que trasladado a nuestro caso sería algo así como: ¿Quiere usted que Cataluña se separe de España y se constituya en un Estado independiente? Por cierto, en el caso catalán a esta exigencia de claridad yo le añadiría por si acaso la de realismo, es decir, nada de preguntar a los catalanes si quieren que Cataluña se convierta en un Estado independiente dentro de la Unión Europea, como se hizo cuando las consultas populares alegales celebradas en Cataluña, pues eso no sería en ningún caso inmediato a la eventual secesión.
  3. Una mayoría suficiente de votantes, así como de votos válidos emitidos. No vale con la mitad más uno de votos a favor para proclamar la independencia, ni con una participación electoral baja como la registrada en el referéndum del Estatut, en el que hubo más de un 50% de abstención. Si bien el Parlamento canadiense no establece ningún porcentaje mínimo, no resulta descabellado pensar que todo lo que no esté por encima del 60 ó 65% de participación y de votos a favor no justifica tan sustancial cambio.
  4. Si España no es indivisible, tampoco lo es Cataluña. Si tras un referéndum se dan las dos circunstancias anteriores en el conjunto del territorio salvo en una circunscripción electoral, por ejemplo Tarragona o Barcelona, ésta tiene derecho a permanecer en España.

Los orígenes fundacionales de Canadá y España son esencialmente distintos –me comprometo a escribir sobre ello en un próximo artículo, pues la historia es importante, sobre todo cuando se esgrime sistemáticamente para justificar posiciones actuales, véanse las peregrinas alusiones a 1714 que los líderes nacionalistas nos regalan de continuo últimamente-, pero el hecho es que ambos países tienen hoy por hoy un problema común: el nacionalismo centrífugo de uno o varios de sus territorios. En Canadá han cogido el toro por los cuernos. En España deberíamos hacer lo mismo si no queremos que nos coja el toro.


[1] A este respecto recomiendo a mis lectores la lectura del artículo Antipolítica y multitud, de José María Lassalle (El País, 01/X/2012), en el que el secretario de Estado de Cultura apunta que “sustituir la institucionalidad deliberativa por el griterío de la población no es democracia, como tampoco lo es defender que la voluntad de un pueblo está por encima de las leyes”. Eso es precisamente lo que está haciendo Mas cuando contrapone la legitimidad del pueblo –según él, reflejada en la masiva manifestación de la Diada- con la legitimidad de la Constitución y de los poderes constituidos que emanan precisamente del pueblo español, único sujeto de soberanía reconocido por la carta magna; o lo que en mayor o menor medida hicieron el tripartito y CiU cuando la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut.

 

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