Entender el copago

La sanidad es, junto con la educación y las pensiones, uno de los pilares de nuestro estado de bienestar, de ahí que cualquier iniciativa o propuesta orientada a mejorar nuestro actual modelo sanitario deba ser escuchada y tomada en consideración, sobre todo ahora que la crisis pone en duda la sostenibilidad de nuestro modelo. Pues bien, recientemente tuve la oportunidad de asistir a una conferencia de la profesora del IESE Núria Mas, que centró su intervención en presentar algunas conclusiones del proyecto de investigación que ella misma dirige sobre cómo crear valor en el sector sanitario, titulado Los sistemas de copago en Europa, Estados Unidos y Canadá: implicaciones para el caso español. Sus reflexiones me parecieron tan juiciosas como convincentes de cara a apuntalar nuestro sistema sanitario. Veamos.

Mas quiso lanzar de entrada un mensaje de optimismo en medio del pesimismo generalizado que rodea a España, e insistió en la calidad de nuestro sistema sanitario “admirado en todo el mundo”. Ahora bien, apuntó entre otras cosas que el gasto sanitario -que hoy en día representa ya alrededor del 9,5% del PIB- aumenta de manera exponencial, lo que en tiempos de crisis como los actuales resulta de todo punto insostenible. Este crecimiento, unido a otros factores estructurales de la economía española tales como la drástica reducción del número de personas en edad de trabajar en relación con el número de jubilados, hace hoy más necesario que nunca un replanteamiento de nuestro sistema de salud. Mas abogó por un cambio de modelo orientado sobre todo a priorizar las prestaciones ofrecidas, en la línea del NICE (National Institute for Health and Clinical Excellence) del Reino Unido. A este tenor constató que hoy día la mayoría de los problemas de salud de nuestra población son crónicos, y no agudos como cuando se empezó a implementar nuestro actual modelo sanitario en la década de 1980. Tanto es así que, en España, hoy en día las enfermedades crónicas representan entre el 70 y el 80 por ciento del gasto en salud. Así pues, la adecuada atención a pacientes con enfermedades crónicas debe ser desde ahora la prioridad de nuestro sistema sanitario público. En este sentido, Mas defendió la necesidad de promover la integración de todos los actores implicados en el proceso sanitario, no sólo de los médicos sino también de los pacientes y aun de los farmacéuticos. Mas citó varios ejemplos que acreditan los buenos resultados de esa mayor integración entre médicos, farmacéuticos y pacientes. Así, en Escocia los enfermos crónicos tienen la posibilidad de registrase voluntariamente con un farmacéutico que, bajo supervisión médica, controlará la correcta administración del tratamiento prescrito. Esa integración favorecerá, en su opinión, una mayor eficiencia en el gasto en salud.

Por otra parte, Mas abordó también la siempre controvertida cuestión del copago farmacéutico, una práctica extendida con éxito a lo largo y ancho de Europa, pero que en España sigue suscitando excesivas dudas. A tal respecto, ponderó las bondades del copago como una “herramienta más para racionalizar el gasto en sanidad”, toda vez que éste “tiende a reducir la utilización de los servicios sanitarios, pero siempre que se adopten las correspondientes protecciones, e incluso exenciones, a las rentas más bajas no tiene por qué afectar negativamente a la salud de las personas”. Por tanto, el copago no tiene por qué ser visto como una medida recaudatoria sino disuasoria, es decir, como un intento de reducir lo que los economistas llaman el riesgo moral, que en este caso estriba en un sistema sanitario probablemente demasiado garantista que a menudo invita a un consumo excesivo de determinados servicios. Según ella, en los países que han implantado el copago en urgencias –siempre con las consabidas protecciones, por ejemplo, a los pacientes con rentas más bajas y a los pacientes de alto riesgo- no se ha observado que la gente acuda menos a las urgencias hospitalarias.

No cabe duda de que la actual coyuntura económica, unida a nuestra estructura demográfica, obliga a un replanteamiento de nuestro sistema de salud tanto desde el lado de la oferta, con actuaciones como la de aumentar la integración de todos los actores implicados en el proceso sanitario, como desde el punto de vista de la demanda, por ejemplo: el copago. Y es que no basta con lamentarnos de nuestra suerte. Ni siquiera indignarse es suficiente: hay que actuar.

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2 comentarios

Archivado bajo La crisis del Estado de bienestar

2 Respuestas a “Entender el copago

  1. Eduardo

    Nacho, muchas gracias por el post. Un tema muy interesante.
    Hay una parte que creo que no cuadra. Dices: “Por tanto, el copago no tiene por qué ser visto como una medida recaudatoria sino disuasoria, es decir, como un intento de reducir lo que los economistas llaman el riesgo moral, que en este caso estriba en un sistema sanitario probablemente demasiado garantista que a menudo invita a un consumo excesivo de determinados servicios.”
    No puedo estar mas de acuedo: a precio 0, demanda infinita. Hay un gag muy bueno de los Morancos en el que se encuentran ellos dos, haciendo el papel de jubilados, en la consulta del medico y uno le pregunta al otro: “Donde estuviste ayer, no te vi por aqui”, a lo que el otro contesta: “No pude venir, estaba enfermo”.
    Ahora, sigues diciendo: “Según ella, en los países que han implantado el copago en urgencias –siempre con las consabidas protecciones, por ejemplo, a los pacientes con rentas más bajas y a los pacientes de alto riesgo- no se ha observado que la gente acuda menos a las urgencias hospitalarias.”
    En que quedamos? Si es disuasorio, en urgencias parece que no funciona; o, mejor dicho, parece que no es necesario al no haber riesgo moral. Si el animo no es recaudatorio sino disuasorio, y esta probado que en urgencias no hay “riesgo moral”, lo logico seria sostener que el copago no deberia aplicarse a urgencias.

    • Sí, Edu, tienes razón: hay una cierta inconsistencia en lo que digo del copago, pero tiene una explicación. Cuando digo que el copago -siempre, insisto, con las correspondientes protecciones a los colectivos más vulnerables y aplicando rigurosos criterios de progresividad- debe ser visto como una medida disuasoria y no recaudatoria, me refiero a la utilización de “determinados servicios” de la sanidad pública en los servicios en que el paciente tiene capacidad de decisión, excepción hecha de las urgencias, claro está. Me refiero sobre todo a la atención primaria y al consumo de fármacos, dos servicios a los que en general se recurre con demasiada alegría precisamente porque son “gratis”, al menos en el momento de la visita. Por ejemplo, en países como Alemania, Portugal, Finlandia, Noruega y Suecia se aplica el copago en atención primaria, con costes por visita que van desde los 5 euros en Portugal a los 23,5 euros en el caso de Noruega. Es ahí, y en el gasto en fármacos, donde debe incidirse fundamentalmente, pues aplicar un copago con auténtica capacidad disuasoria en urgencias me parece más difícil y potencialmente antisocial. De hecho, en los países en los que el copago está fuertemente arraigado las exenciones, a mi juicio necesarias, en el copago son más comunes en atención primaria y en medicina preventiva, donde las tarifas del copago son de por sí más elevadas, que en urgencias, donde el coste para el paciente suele ser mucho menor o incluso cero.

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