La otra democracia en América

Ayer fui al cine a ver Los idus de marzo, una buena película que pone al descubierto la parte más sórdida de la democracia estadounidense y de su sistema político. Un sistema sin duda admirable entre otras cosas por su proverbial estabilidad y su singular sistema de pesos y contrapesos que equilibran los poderes del Estado, así como por su concepción de los partidos políticos esencialmente como instrumentos contingentes de servicio público. Esta concepción utilitarista -en las antípodas de nuestra partitocracia, que sitúa a los partidos como valores en sí mismos en el centro del proceso político y que a menudo favorece la confusión entre el interés del partido y el interés del Estado- se concretiza, por ejemplo, en el hecho de que sean los estados, y no los partidos, los que convocan las elecciones primarias de republicanos y demócratas, en algunos casos abiertas incluso a la participación de no afiliados.

Ni que decir tiene que esta extraversión de los partidos contribuye, al igual que otras disposiciones como las listas abiertas, a la elección de los mejores candidatos en pro del interés general, pero cuidado que no es oro todo lo que reluce. Pues el modelo estadounidense tiene también sus defectos, entre los que a mi juicio cabe destacar sobre todo cinco, a saber, por este orden: 1) favorece los personalismos al tiempo que a veces relega a un segundo plano el debate ideológico y programático; 2) debilita la cohesión interna de los partidos, dando lugar a disfunciones intrapartidarias que en última instancia pueden acabar resultando en inestabilidad gubernamental; 3) puede llegar a distorsionar las propuestas del partido de resultas de la participación de outsiders, ya sean independientes o incluso votantes de otro partido; 4) aumenta el riesgo de clientelismo a medida que los resultados se aprietan; y 5) prolonga excesivamente los periodos electorales, con todo lo que ello conlleva frecuentemente en términos de inestabilidad y crispación social.

Algo de ello se apunta en Los idus de marzo, además de una crítica al cinismo de algunos políticos que en público se llenan la boca hablando de valores como la honestidad y la integridad, mientras que en privado se comportan como auténticos perdularios. ¡Ay, si Tocqueville levantara la cabeza…!

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