Archivo mensual: abril 2012

Entender el copago

La sanidad es, junto con la educación y las pensiones, uno de los pilares de nuestro estado de bienestar, de ahí que cualquier iniciativa o propuesta orientada a mejorar nuestro actual modelo sanitario deba ser escuchada y tomada en consideración, sobre todo ahora que la crisis pone en duda la sostenibilidad de nuestro modelo. Pues bien, recientemente tuve la oportunidad de asistir a una conferencia de la profesora del IESE Núria Mas, que centró su intervención en presentar algunas conclusiones del proyecto de investigación que ella misma dirige sobre cómo crear valor en el sector sanitario, titulado Los sistemas de copago en Europa, Estados Unidos y Canadá: implicaciones para el caso español. Sus reflexiones me parecieron tan juiciosas como convincentes de cara a apuntalar nuestro sistema sanitario. Veamos.

Mas quiso lanzar de entrada un mensaje de optimismo en medio del pesimismo generalizado que rodea a España, e insistió en la calidad de nuestro sistema sanitario “admirado en todo el mundo”. Ahora bien, apuntó entre otras cosas que el gasto sanitario -que hoy en día representa ya alrededor del 9,5% del PIB- aumenta de manera exponencial, lo que en tiempos de crisis como los actuales resulta de todo punto insostenible. Este crecimiento, unido a otros factores estructurales de la economía española tales como la drástica reducción del número de personas en edad de trabajar en relación con el número de jubilados, hace hoy más necesario que nunca un replanteamiento de nuestro sistema de salud. Mas abogó por un cambio de modelo orientado sobre todo a priorizar las prestaciones ofrecidas, en la línea del NICE (National Institute for Health and Clinical Excellence) del Reino Unido. A este tenor constató que hoy día la mayoría de los problemas de salud de nuestra población son crónicos, y no agudos como cuando se empezó a implementar nuestro actual modelo sanitario en la década de 1980. Tanto es así que, en España, hoy en día las enfermedades crónicas representan entre el 70 y el 80 por ciento del gasto en salud. Así pues, la adecuada atención a pacientes con enfermedades crónicas debe ser desde ahora la prioridad de nuestro sistema sanitario público. En este sentido, Mas defendió la necesidad de promover la integración de todos los actores implicados en el proceso sanitario, no sólo de los médicos sino también de los pacientes y aun de los farmacéuticos. Mas citó varios ejemplos que acreditan los buenos resultados de esa mayor integración entre médicos, farmacéuticos y pacientes. Así, en Escocia los enfermos crónicos tienen la posibilidad de registrase voluntariamente con un farmacéutico que, bajo supervisión médica, controlará la correcta administración del tratamiento prescrito. Esa integración favorecerá, en su opinión, una mayor eficiencia en el gasto en salud.

Por otra parte, Mas abordó también la siempre controvertida cuestión del copago farmacéutico, una práctica extendida con éxito a lo largo y ancho de Europa, pero que en España sigue suscitando excesivas dudas. A tal respecto, ponderó las bondades del copago como una “herramienta más para racionalizar el gasto en sanidad”, toda vez que éste “tiende a reducir la utilización de los servicios sanitarios, pero siempre que se adopten las correspondientes protecciones, e incluso exenciones, a las rentas más bajas no tiene por qué afectar negativamente a la salud de las personas”. Por tanto, el copago no tiene por qué ser visto como una medida recaudatoria sino disuasoria, es decir, como un intento de reducir lo que los economistas llaman el riesgo moral, que en este caso estriba en un sistema sanitario probablemente demasiado garantista que a menudo invita a un consumo excesivo de determinados servicios. Según ella, en los países que han implantado el copago en urgencias –siempre con las consabidas protecciones, por ejemplo, a los pacientes con rentas más bajas y a los pacientes de alto riesgo- no se ha observado que la gente acuda menos a las urgencias hospitalarias.

No cabe duda de que la actual coyuntura económica, unida a nuestra estructura demográfica, obliga a un replanteamiento de nuestro sistema de salud tanto desde el lado de la oferta, con actuaciones como la de aumentar la integración de todos los actores implicados en el proceso sanitario, como desde el punto de vista de la demanda, por ejemplo: el copago. Y es que no basta con lamentarnos de nuestra suerte. Ni siquiera indignarse es suficiente: hay que actuar.

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La otra democracia en América

Ayer fui al cine a ver Los idus de marzo, una buena película que pone al descubierto la parte más sórdida de la democracia estadounidense y de su sistema político. Un sistema sin duda admirable entre otras cosas por su proverbial estabilidad y su singular sistema de pesos y contrapesos que equilibran los poderes del Estado, así como por su concepción de los partidos políticos esencialmente como instrumentos contingentes de servicio público. Esta concepción utilitarista -en las antípodas de nuestra partitocracia, que sitúa a los partidos como valores en sí mismos en el centro del proceso político y que a menudo favorece la confusión entre el interés del partido y el interés del Estado- se concretiza, por ejemplo, en el hecho de que sean los estados, y no los partidos, los que convocan las elecciones primarias de republicanos y demócratas, en algunos casos abiertas incluso a la participación de no afiliados.

Ni que decir tiene que esta extraversión de los partidos contribuye, al igual que otras disposiciones como las listas abiertas, a la elección de los mejores candidatos en pro del interés general, pero cuidado que no es oro todo lo que reluce. Pues el modelo estadounidense tiene también sus defectos, entre los que a mi juicio cabe destacar sobre todo cinco, a saber, por este orden: 1) favorece los personalismos al tiempo que a veces relega a un segundo plano el debate ideológico y programático; 2) debilita la cohesión interna de los partidos, dando lugar a disfunciones intrapartidarias que en última instancia pueden acabar resultando en inestabilidad gubernamental; 3) puede llegar a distorsionar las propuestas del partido de resultas de la participación de outsiders, ya sean independientes o incluso votantes de otro partido; 4) aumenta el riesgo de clientelismo a medida que los resultados se aprietan; y 5) prolonga excesivamente los periodos electorales, con todo lo que ello conlleva frecuentemente en términos de inestabilidad y crispación social.

Algo de ello se apunta en Los idus de marzo, además de una crítica al cinismo de algunos políticos que en público se llenan la boca hablando de valores como la honestidad y la integridad, mientras que en privado se comportan como auténticos perdularios. ¡Ay, si Tocqueville levantara la cabeza…!

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