Archivo mensual: marzo 2012

Racionalización independentista

“No tengo nada que ver contigo: soy más trabajador, más avanzado, más culto y, cómo no, más europeo que tú… ¡Vamos, que nos parecemos como un huevo a una castaña! Pero aún así eres tú quien no me quiere, quien no me acepta tal como soy. Yo, que soy moderno, generoso y solidario por definición, me he desvivido por ti, lo he intentado todo para salvar nuestro matrimonio. Sin embargo, tú, carpetovetónico, montaraz y fanático, te empeñas en que lo nuestro no funcione, con tus delirios de grandeza, tu naturaleza primitiva, tu afectación y tu carácter autoritario y antidemocrático. Eres incorregible. Tú sabes tan bien como yo que, a pesar de mis desvelos, no nos queda otro remedio que la separación…”

Pese a que no se trata de una cita textual, me he permitido la licencia de entrecomillar el párrafo anterior porque en el fondo no he hecho más que ensamblar diferentes retazos del discurso con que los principales dirigentes del nacionalismo catalán pretenden justificar ahora sus veleidades separatistas. Cualquiera que se haya tomado la molestia de seguir con atención la actualidad política a través de los medios de comunicación e incluso de asistir a conferencias y coloquios en los que hayan participado líderes como Jordi Pujol, Artur Mas o Francesc Homs, entre otros, se habrá percatado de ello.

Se trata sin duda de un ejercicio de racionalización en el sentido psicoanalítico del término. En psicoanálisis, la racionalización es un mecanismo de autodefensa que se da cuando un sujeto pretende justificar mediante una explicación pretendidamente lógica y aceptable para el resto determinados actos propios que, de otra forma, resultarían difícilmente justificables. Pues bien, así es como los nacionalistas catalanes pretenden convencer, no ya al resto de los españoles, que poco les importa, sino al conjunto de los catalanes, la mayoría de ellos fuertemente vinculados a la idea de España. Pero ¿qué pasa si su razonamiento no se ajusta a la realidad? Pues ¡tanto peor para la realidad!, que diría Hegel.  

 

Anuncios

1 comentario

Archivado bajo La cuestión catalana, Nacional

¡Viva la Pepa!

Hoy 19 de marzo, día de San José, se cumplen doscientos años de uno de los momentos más gloriosos de la historia de España, la promulgación de la Constitución de Cádiz, popularmente conocida como “la Pepa”. La primera Constitución liberal de nuestra historia no sólo situaba a España a la altura de las naciones más avanzadas en materia de derechos civiles y políticos, sino que incluso con disposiciones como la prohibición del comercio de esclavos la puso a la cabeza de Europa, despertando así una intensa y perdurable admiración. A pesar de su corta vigencia, de cinco años repartidos en tres periodos (1812-14, 1820-23 y 1836-37), la Constitución de 1812 tuvo una influencia decisiva en la independencia de las colonias americanas y en sus respectivos procesos constituyentes, así como en las Constituciones de multitud de Estados europeos.

La Constitución del Doce se convirtió en un texto constitucional ineludible a todo lo largo del siglo XIX, hasta el punto de ser considerada por muchos como la quintaesencia de los ideales liberales surgidos de la Revolución Francesa. Tanto es así que, en un artículo publicado en el New York Daily Tribune el 24 de noviembre de 1854, el propio Karl Marx se preguntaba: “¿Cómo explicar el curioso fenómeno de que la Constitución de 1812, anatematizada después por las testas coronadas de Europa reunidas en Verona como la más incendiaria invención del jacobinismo, brotara de la cabeza de la vieja España monástica y absolutista en la época en que ésta parecía consagrada por entero a sostener la guerra santa contra la revolución?”.                    

Se trata, pues, de una obra colectiva de inestimable valor cuyo recuerdo debería hacernos sentir orgullosos de nuestra historia; y de una fecha, el 19 de marzo de 1812, que merece ser recordada por todos los españoles, de la misma manera que los estadounidenses conmemoran el 4 de julio de 1776 o los franceses el 14 de julio de 1789. ¡Viva la Pepa!

1 comentario

Archivado bajo Historia, Nacional

La “Ley sobre la claridad” canadiense y su recepción en España (I)

Tras varias semanas de inactividad, hoy reinauguro mi blog con el objetivo de hacerlo más ameno, y quiero hacerlo dedicándole una serie de entradas a mi buen amigo Edu, con quien he mantenido en los últimos años tantas y tantas conversaciones sobre algunas de las cuestiones que dan vida a este blog. No en vano, fue él quien me envió hace unos días un interesantísimo artículo en torno a la llamada “Ley sobre la claridad” canadiense, cuyo autor sostenía que tarde o temprano nuestro país necesitará también una ley similar al objeto de resolver, o al menos amortiguar, las tensiones territoriales que ponen en jaque la pervivencia de España tal y como la conocemos hoy. Pues bien, no sólo estoy de acuerdo con ello, sino que además considero que una ley así sería perfectamente compatible con nuestra Constitución. Pero cuidado, Edu, que esto no quiere ni mucho menos decir que me hayas convencido sobre la necesidad de reconocer el derecho a la autodeterminación externa –es decir, fuera del Estado existente al que pertenecen- de las Comunidades Autónomas españolas. Todo lo contrario.

Conviene recordar, de entrada, que el principio de la autodeterminación de los pueblos en Derecho internacional sólo afecta a los pueblos sometidos a un imperio colonial, circunstancia que en modo alguno se da en el caso de nuestras CCAA. Al margen de los partidarios convencidos –por supuesto, tan legítimos como sus opositores-, también hay quien opina que reconocer el derecho a la libre determinación de las CCAA redundaría en un fortalecimiento del Estado en la medida en que desproveería a los partidos nacionalistas de su principal caballo de batalla: el espantajo de la secesión con el que de continuo chantajean al Estado central para lograr sus objetivos políticos. Así, el independentismo dejaría de ser un problema de ámbito estatal para convertirse en un problema de ámbito estrictamente autonómico. Sin embargo, yo sigo pensando que reconocer constitucionalmente tal derecho podría tener efectos divisivos potencialmente perversos para la cohesión social, así en el interior de las CCAA como en el conjunto de la sociedad española, pues ello supondría reconocer de facto el derecho a la secesión unilateral del País Vasco, Cataluña, Galicia, etc. De ahí que la “Ley sobre la claridad” canadiense -que prevé un complejo proceso de negociaciones políticas para el caso de que una mayoría clara de los quebequenses votara, siempre en respuesta a una pregunta clara, a favor de la secesión de Quebec- me parezca una solución altamente recomendable para los casos canadiense y español. No en vano, se trata de dos Estados democráticos de Derecho cuyos gobiernos representan al conjunto del pueblo o de los pueblos que los habitan, basándose en los principios de libertad, igualdad y no discriminación. Así pues, de acuerdo con la doctrina del Tribunal Supremo canadiense cabe considerar que los pueblos que conforman los Estados canadiense y español -con independencia del significado que se le dé a la voz “pueblo”- deben alcanzar su autodeterminación en el marco de los Estados existentes a los que pertenecen.

Deja un comentario

Archivado bajo Derecho Público, Nacional